Tomoscopios, rock y poesía

tomoscopios

La historia de la música se construye con pequeños fragmentos: con narraciones, sonidos y silencios que se van ensamblando de a poquito, como si fuesen teselas de un gran mosaico. La música nos permite comprender al universo como si lo viéramos a través de un tomoscopio: nos presenta una infinidad de visiones de la realidad, pero sin desprenderse del entorno; aquello que apreciamos está condicionado por el contexto cultural desde el que lo percibimos. El rock y la poesía, el tema que nos atañe, son dos de aquellos espejos dentro del tomoscopio en que el arte se constituye.

Ciertamente la pregunta: «¿Existe relación entre música y poesía?» ha sido respondida innumerables veces, ¿pero qué hay de la relación rock/poesía? La respuesta pasa por cuestiones como que Robert Allen Zimmerman, el genial Bob Dylan, tomara su nombre del poeta Dylan Thomas; o que cuando escuchamos algunas canciones emblemáticas del rock nos referimos a ellas como «verdaderos poemas»; que Morrissey, el exlíder de los ingleses The Smiths abriera su concierto en Quito con poesía de Anne Sexton, o que incluso Spotify ponga a nuestra disposición The writers playlist (en la que encontramos temas como ‘Walt Whitman’s niece’, ‘The Joy of D. H. Lawrence’ o ‘Dear Seamus Heaney’ entre otras joyas). Esta vez abordamos esa relación música/poesía desde otra perspectiva —usualmente bidireccional— para enfocarnos no en cómo la música se proyecta en la poesía, sino en cómo la poesía ha influido directamente en el rock.

De los inicios, la psicodelia y en inglés

Tomaremos como punto de partida la década de los sesenta, una vez superados los inicios del género, cuando el rock and roll empieza a desligarse de los moldes del country, del blues, del swing y el góspel, para pasar a una etapa más underground, con la radicalización de la escena estadounidense en contra de la guerra de Vietnam, en que los versos se tornan más combativos, con ribetes sociales y de denuncia y empieza a convertirse en un ente autónomo, que va de la mano, por qué no decirlo, de la experimentación con las drogas y las percepciones extrasensoriales.

El blog español El batiscafo rojo cuenta que uno de los pioneros en la adaptación del poema social fue el grupo estadounidense The Byrds, que incluyó en su primer LP (1965) el tema ‘The Bells of Rhymney’ del galés Idris Davies, y más tarde, en su disco Fifth Dimension registra una versión de ‘Wild Mountain Thyme’, una balada folk inspirada en un poema de Robert Tannahill, poeta escocés de finales del XVIII y principios del XIX (yo prefiero la nueva versión de Ed Sheeran). Por otra parte, y también en 1965, Phil Ochs (uno de los folk singers que más incursiones hizo en el rock, junto con Dylan) adaptó el largo poema narrativo ‘The Highway Man’, del británico Alfred Noyes, en su segundo disco, I Ain’t Marching Anymore. Leonard Cohen, a su vez, musicalizó en 1988 al García Lorca más surrealista, al de Poeta en Nueva York, en su ‘Take This Waltz’ (del álbum I’m Your Man) cuya letra es la traducción del ‘Pequeño vals vienés’ del poeta granadino. Lorca será un referente para muchos otros como Tim Buckley, que en 1970 tituló uno de sus LP como Lorca, en honor al poeta. En este disco, Buckley, asistido por grandes músicos y un montón de substancias psicotrópicas, intentó traducir la angustia, el desconcierto y la locura del Lorca vanguardista. A diferencia de Cohen, Buckley, que trabajó sus letras originales, no musicalizó, sino que convirtió a sus canciones en «artefactos poéticos»¹ per se.

En la época de la psicodelia, al final de los sesenta, hay un punto de partida en la experimentación en el rock: los músicos se lanzan a buscar referentes en la literatura. Tal es el caso de uno de los temas más emblemáticos del rock ácido, el ‘White Rabbit’ de Jefferson Airplane, que, si bien no se basa en un poema, echa mano de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. De la misma época podríamos mencionar al líder de los primigenios Pink Floyd, Syd Barrett, figura que con ‘Lucifer Sam’, tema dedicado al gato, en el LP The Piper At The Gates of Dawn alude al poema ‘Le chat’ incluido en Las flores del mal de Baudelaire. Barrett destaca por su gran capacidad de componer rimas absurdas, emparentadas con las nursery rhymes inglesas y las fatrasies francesas en temas como ‘Bike’ o ‘Rats’. Como se mencionó, en esta época se intenta ya adaptar materiales literarios a la música recreando la atmósfera particular de la obra literaria. Un ejemplo singular constituye H. P. Lovecraft, combo psicodélico neoyorquino que toma prestado el nombre del gran creador del cuento materialista de terror y autor del enigmático poema ‘Nathicana’; pero más singular aún es el caso de la banda The Doors, con Jim Morrison a la cabeza, que se constituye en una de las agrupaciones de rock con más conexiones literarias.

Empecemos con el nombre: «Las puertas» (originalmente «Las puertas de la percepción») tomado de un ensayo de Aldous Huxley sobre los efectos de la mescalina, un alcaloide con propiedades alucinógenas, cuyo título se inspira en unos versos de The Marriage of Heaven And Hell del poeta inglés William Blake. Morrison intenta traducir el espíritu del romanticismo; de hecho, el mismo Morrison escribió dos libros de poesía (Los Señores y Notas sobre la visión y las nuevas criaturas) en los que rendía homenaje a sus ídolos: Blake y Rimbaud. Luego se mudó a París donde murió, como es sabido por todos, a los 27 años. Sus restos reposan en Père-Lachaise, rodeado de tumbas de los más afamados poetas franceses.

Otro hito a destacar es la publicación del primer disco-concepto del rock, S. F. Sorrow (grabado entre 1967 y 1968 en Abby Road Studios) de The Pretty Things. Este álbum gira en torno a la vida de Sebastian F. Sorrow, un antihéroe. El álbum evoca a los grandes poemas-libro de las vanguardias del período de entreguerras, en especial a La tierra baldía de T. S. Elliot, con el que comparte ciertos paralelismos, como el conflicto bélico de fondo (la Primera Guerra Mundial), las preocupaciones existenciales y ese latente tono melancólico, presente, por ejemplo en ‘Private Sorrow’. Década de los setenta: se empieza a experimentar con el ruidismo y el avant-garde. El rock progresivo alemán (ligado al movimiento contracultural de las comunas hippies y las casas okupa) rompe con las raíces afroamericanas del rock e inaugura el llamado Krautrock², cuyas raíces se asientan en el ruidismo vanguardista de experimentadores radicales como el pintor y músico futurista Luigi Russolo. Por el lado de España, Esplendor Geométrico experimenta con el más salvaje sonido industrial; su nombre procede de un poema de F. T. Marinetti, futurista italiano. A la vez, en los países de habla inglesa, Metal Machine Music de Lou Reed, exlíder de The Velvet Underground, se convierte en un punto de inflexión en el rock experimental, la crítica emparenta a la obra de Reed con referentes de la poesía Dadá como Tristán Tzara, Hugo Ball o Kurt Schwitters.

Este nihilismo subterráneo allanó el camino para el punk, la última eclosión contracultural del siglo XX. El situacionismo, un movimiento subversivo en cuyo ideario lo poético, en el sentido bretoniano del término, era un elemento central, había aterrizado en Londres procedente de París. A finales de los sesenta, uno de los jóvenes que entró en contacto con este situacionismo fue Malcolm Mclaren, creador de los Sex Pistols. A partir del punk, en el rock se vive un período de renovación paralelo al de las vanguardias poéticas y artísticas del primer tercio del siglo XX, algo que se notaba tanto en el sonido como en la estética. La indumentaria personal, los posters, las portadas de discos y libros hechas de retazos de otras obras, remiten al Dadá y a poetas como Hugo Ball cuando recitaban sus textos el mítico Cabaret Voltaire.

La diversidad estilística del rock se amplía enormemente. De aquellos años hay que destacar además un par de músicos/letristas con estrecha relación con la poesía. En primer lugar está Patti Smith, que aparte de las excepcionales letras de sus canciones (con un guiño a los poetas malditos del XIX en su famosa revisión del clásico ‘Gloria’ de Van Morrison) también fue autora de libros de poesía tan desgarradores como Babel (1978) y que más “recientemente”, en el Festival Palabra y música de 2010, le dedicó su recital al chileno Roberto Bolaño, de cuya obra, 2666, dijo que «es la primera obra maestra del siglo XXI». También está Tom Verlaine, en cuyo apellido artístico se revela la influencia parnasiana.

Por el lado del No Wave solo mencionaremos a Sonic Youth, banda que en 1996 le dedicó un tema de su disco A Thousand Leaves a Allen Gingsberg, el gran poeta beat, con motivo de su fallecimiento.

A diferencia del punk, el grunge de los noventa no generó una contracultura. Sin embargo, de estos años se destacan un par de discos con claras conexiones poéticas. Uno es el disco Omega (1998) de los granadinos Lagartija Nick, que recurren a su coterráneo, García Lorca, y que a cargo del cantaor Enrique Morente dan una orientación flamenca a su música. Aparece nuevamente Lou Reed, pero esta vez para rendir homenaje a la genial obra de Edgar A. Poe con ‘The Raven’.

De este lado del mar y en español

Yo crecí escuchando música en español, latinoamericana sobre todo, desde la protesta de la época entre dictaduras —que era la música de mis padres—, hasta el rock argentino que me acompañó en mi adolescencia (ahora también, pero de una forma distinta) y creía realmente que muchas de esas letras eran los «verdaderos poemas» de los que hablé al inicio. Pero hubo un quiebre, algo que me llevó a ver las cosas de una forma distinta: en 2007 estuve en un concierto especial de Platero y tú por las fiestas de Vitoria Gasteiz y, de entre el humo y las luces, apareció primero la voz y luego el hombre: «Soy eterno viajero de sueños e ilusiones.
Soy eterno viajero de amores.…». Esa noche me emborraché con una maravillosa banda sonora, entre los temas figuraban ‘Palabras para Julia’ de Goytisolo versionado por Los Suaves y ‘La canción del pirata’ de De Espronceda, que en la versión musical se llama ‘Con diez cañones por banda’ interpretada por Tierra Santa. Volví a mi casa en Quito con los oídos abiertos, ávidos, y empezaron a aparecer cosas desordenadas, pero llenas de una carga emotiva muy fuerte. ‘La canción de Alicia en el país’ se convirtió en la búsqueda de Charly en el país de las alegorías³; ‘Alicia’ de nuevo, pero de Bunbury, se transformó en la disección de ‘La estatua del jardín botánico’ inspirada en La Monadología de Leibniz de Radio Futura y en el «hoy es siempre todavía» de Machado. Poco después, Alturas de Macchu Picchu, de los Jaivas, se volvió, de manera concreta, ese Canto General de Neruda.

Luego, en un bar de ‘la zona’, aparece Lina Toxel y entre tema y tema se lee algún verso de Andrés Parra; en otro concierto, en otro tugurio, La cruel jarana y los adorables mutilados de la Batalla de Pichincha declama el ‘Canto primero de Altazor’ de Huidobro y se me viene la sonrisa que me asegura que voy a dormir bien, porque gracias a no sé qué dios existen rock y poesía.

NOTAS

  1. En los artefactos, el decir poético y el texto mismo se reducen a una unidad en la composición: el fragmento. Un fragmento utilizado como un dispositivo verbal que cuando el lector lo descifra, estalla en su conciencia iluminando múltiples zonas de lo real, atrayendo distintos planos de contenido.
  2. También conocido como Kosmische Musik, es una corriente musical de rock y electrónica surgida en Alemania Occidental a fines de los años sesenta. El término, originalmente despectivo, aludía a Kraut, col en alemán, más precisamente al Sauerkraut (chucrut), y era uno de los apodos que se le dieron a los alemanes durante las guerras mundiales. El término se refiere a un gran número de artistas alemanes que habían sido influidos por géneros como el rock psicodélico, el rock progresivo, la música avant-garde y el jazz, que utilizaban nuevas tecnologías y nuevas formas de usar las tecnologías de grabación, amplificación y mezcla musical, con nuevas estructuras formales.
  3. Mara Favoretto (2014). Buenos Aires: Gourmet Musical.

Este texto fue originalmente publicado en No 248 del suplemento cultural CartóNPiedra.

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Manolillo Chinato y Platero y tú. Vitoria Gasteiz (06/08/2007)

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‘Facebook’. Poema de Andrés Parra, Quito (27/10/2015)

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La cruel jarana y los adorables mutilados de la Batalla del Pichincha, Quito (25/06/2016)

Baires y esos pétalos de sal

Una nunca puede estar segura de haber estado ahí, pero tiene fe en lo que dicen las fotos.

Cúmulo de imágenes más que desordenadas de lo que nos trajimos del sur. Hay capturas, claro, que no caben en ninguna cámara y otras, que por lo fijas que están, no requieren otro soporte que el que se carga sobre los hombros. Que la cámara se quede sin batería juega también un papel importante…

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Lollapalooza 2014

Lollapalooza

Lollapalooza 2014 Hipódromo San Isidro

Bandoneon

Buenos Aires, Camininito

Casa Rosada

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Andrea Torres Armas, San Telmo

Tango  Quilmes_sushi  nosotros que nos queremos tanto

Mafalda en San Telmo

Ateneo

Librería Ateneo Gran Splendid

Bibliofilia

Bibliofilia, street art

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Tobi Mena, afueras del Teatro Colón

Luz     cuerdas  La fe  Caminito

Spinetta

Illya Kuryaki and the Valderramas, homenaje Luis Alberto Spinetta

Savages

Savages

Pixies

Black Francis, Pixies

Illya Kuryaki and the Valderramas

Vampire weekend

Vampire Weekend

Red Hot Chilli Pepers

Red Hot Chilli Pepers

Lollapalooza 2014

Lollapalooza 2014

TOLKIEN ¿INSPIRADOR METALERO?

Dice mi amigo el gato que los blogs son para presumir de amigos y, con amigos como los que tenemos, la tarea queda muy fácil.  Sea esta la oportunidad para presentar a uno de los míos: Antonio Gonzáles Arteaga,el Doctor Metal, un hombre que dice cosas muy interesantes y –dicho sea de paso–, lo dice con una de las mejores voces que haya escuchado.
Heavy metal, orcos, lenguas nuevas, Tierra Media, spikes, geeks… ¿Qué hay en común entre todas cosas en apariencia tan disímiles? Pues lean lo que Antonio dice.

 

J.R.R. TOLKIEN ¿INSPIRADOR METALERO?

de Antonio Gonzalez Arteaga, el jueves, 02 de junio de 2011 a las 16:32

“El mundo se divide entre aquellos que han leído El Hobbit y El Señor de los Anillos y aquellos que están a punto de leerlos”; aventurada afirmación del Sunday Times, que tal vez sería más cierta si en el mundo se contaran más aficionados a la lectura. Sin embargo, y en buena medida gracias a las adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos, es imposible negar la relevancia e influencia de la obra de J.R.R. Tolkien.

Un universo completo, desde la creación del mismo por su deidad ficticia Eru Ilúvatar, hasta el árbol genealógico del último de sus personajes, por mencionar un par de ejemplos, constituyen en buena medida el legado de Tolkien, mas no termina ahí; historia, geografía e idiomas enteros, complejos y provistos de su propia gramática, escritura, fonética, etc. etc. etc., forman parte de esta vasta mitología engendrada no por una civilización, sino por un hombre.

Es tal vez esta afición casi patológica por el detalle, lo que atrae a muchos y posiblemente ahuyenta a muchos más, o tal vez es el hecho de tomar el más “simple” de los conceptos, el bien contra el mal, polarizarlo de manera surrealista y de alguna forma crear una fantasía que se siente posible, casi tangible, real.

Pero me desvío del tema que me convoca… El metal. Los seguidores incondicionales de la obra de Tolkien, caen por tradición en uno de los estereotipos favoritos de nuestra era, los nerds, o geeks, o como quieran decirles, o decirnos. Lentes gruesos y brazos delgados, y fantasías de heroísmo y nobleza en un ambiente de magia medieval. Mas existe algo que pocos conocen. Cabellos largos, chaquetas de cuero negro con púas metálicas y camisetas de semidioses modernos como Ozzy Osbourne y Judas Priest, parecen ser frecuentes en las filas de los ejércitos de la Tierra Media (el continente ficticio donde se desarrollan las historias de Tolkien).

Desde menciones breves, como el título de la canción Symblemÿne (una flor de la Tierra Media) de la banda de metal gótico Tristania, hasta discos conceptuales enteros, como Nightfall in Middle Earth de los power metaleros Blind Guardian, pasando por las bandas que toman su nombre de algún lugar, objeto o personaje del mundo de Tokien, su influencia sobre el metal underground es casi tan extensa como su obra misma. La banda pionera de este matrimonio de hobbits, elfos y guitarras eléctricas fue tal vez Led Zeppelin (como si no hubiese sido pionera ya de suficientes cosas), con canciones como The Battle of Evermore, de 1971.

Pero en realidad, para aquel que esté familiarizado con la estridente música “joven” de las últimas 4 décadas, y que por supuesto sabe que aborda mucho más que sexo, drogas y satanismo, esta fusión puede no ser tan sorprendente, especialmente si se pone en consideración uno de los muchos subgéneros del metal, el power metal. Mientras el thrash suele centrarse en la política y la crítica social, el death en la muerte y la violencia, y el heavy… en el heavy (y muchas otras cosas importantes como filosofía, historia, motocicletas y chicas), el power metal es tal vez el más geek de los metales. Guerreros, espadas, hechiceros, princesas, y todo lo que se puede poner en un tablero de Calabozos y Dragones (excepto los dados) son elementos recurrentes en este subgénero, sobre todo en su encarnación europea. Dicho sea de paso, es también este subgénero el más alegre y positivo (algunos dirán cursi) de todos los que se gritan, moshean y headbangean. Sorprende entonces menos aún la mentada fusión, ya que a pesar de los muchos sentimientos explorados por Tolkien en sus relatos, la atmósfera de los mismos es en general más esperanzadora que devastadora, y siempre del lado del bien.

Dicho esto, analicemos un fenómeno más peculiar. En craso contraste con su jovial pariente arriba mencionado, otro subgénero del metal transita caminos mucho más obscuros, en teoría, y en reducidas ocasiones también en la práctica (sobre todo en Noruega). El black metal, se precia de ser verdaderamente maligno. Cruces invertidas, pentagramas y la imagen tradicional del “diablo” con cuernos, tridente y patas de cabra, derivada de dioses de otras religiones antiguas, son tan frecuentes en las portadas de sus discos, como la pornografía en las de los discos piratas de música bailable. La vestimenta característica negra y con púas, y maquillaje blanco y negro para emular la muerte (aunque terminen pareciendo miembros de Kiss, pero al glam no lo analizaré aquí), son también íconos del black, al igual desde luego que las letras y la música que acompañan dicha imagen. Diré también que existen bandas en este subgénero, que más que centrarse en el mal per se, lo hacen en la concepción filosófica de la rebeldía contra la dominación político-religiosa de los sistemas vigentes, y se esté o no de acuerdo con su tajante crítica a la burguesía cristiana, son mucho más profundas líricamente de lo que puede parecer en principio, para lo cual con frecuencia toman como referentes o inspiración los trabajos de autores “apropiados”, como Aleister Crowley, Anton LaVey, Nietzsche, y en ocasiones la Biblia misma. Sin embargo, parece haber otra lectura obligatoria si uno quiere hacer black metal, ¿lo adivinas? Pues sí, Tolkien.

Habiendo sido un católico casi ejemplar, (y digo casi, porque si bien muchos miembros de la comunidad católica han elogiado su obra, otros tantos la han criticado duramente a causa de los elementos mágicos y sobrenaturales presentes en ella) es difícil imaginar la reacción que hubiese tenido el buen Tolkien al ver una horda de bandas como arriba se describen, haciendo extenso uso de nombres y hechos por él concebidos.

Recientemente liberado de la cárcel, el noruego Varg Vikernes de la banda de black metal Burzum, es también conocido como “Count Grishnak” siendo Grishnak el nombre de un general orco (raza malévola de la Tierra Media) en El Señor de los Anillos. Igualmente encarcelado en algún momento, el también noruego vocalista conocido como Gaahl (hay más de un patrón aquí) fue miembro prominente de la banda de black Gorgoroth (un devastado y estéril campo en Mordor, el imperio maligno de la Tierra Media).Y los nombres y las referencias continúan por montones:Morgoth, Minas Morgul, Sauron, Angrenost, Nazgul y Balrog, son tan sólo algunas de las bandas cuyo nombre deriva de El Señor de los Anillos, El Hobbit o El Silmarillon. Claro que dichos nombres en el caso del black metal parecen siempre provenir de las regiones más obscuras y siniestras de la Tierra Media, o en otras palabras, de la mente de Tolkien. Por supuesto, sería verdaderamente extraño encontrar una banda de black que se llame “Frodo Bolsón”.

Si bien es en el power y el black donde con más frecuencia se ve la influencia que pongo de manifiesto, los otros “metales” no están exentos de la misma. Ejemplos están en la banda española de folk metal Saurom Lamderth, en los góticos eslovacos Galadriel, en los heavy metaleros épicos Cirith Ungol, en los progresivos italianos Ephel Duath, e inclusive los más prominentes representantes del death metal vikingo, los suecos Amon Amarth toman su nombre de la “mitología tolkieniana”.

Y así podría seguir sin terminar jamás, ya que esta corriente parece no morir, como tampoco muere el metal, a pesar de su diezmado éxito comercial en contraste con otras décadas.

Lo haya querido o no, Tolkien ha tocado con su universo imaginario a infinidad de personas, incluyendo artistas de todas las ramas, y esta influencia ha llegado también a un género musical tan amado por unos e incomprendido por otros, como su obra misma.

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Pueden conocer a Antonio en Planeta Letra en Prohibido Prohibir los días lunes y miércoles a las 10 pm por Radio Pública. Ahora los invito a un viaje musical a través de la Tierra Media.