La lengua, inventario del mundo

Mapa de lenguas

«Mapa de vitalidad de las lenguas del Ecuador», elaborado por KAL (Karlos Almeida, El Telégrafo, 2017). Fuente: Proyecto Oralidad Modernidad, Ethnologue: Languages of the World y Atlas de las lenguas del mundo en peligro.

«Boto tededo impa boto kewemamo»Esta frase en waotededo —idioma de la nacionalidad Waorani (Ecuador)—, justifica a la perfección la existencia de un día internacional dedicado a las lenguas nativas: «mi lengua es mi vida/mundo».

En 1952, dos estudiantes universitarios de Bangladesh (antiguo Pakistán Oriental), murieron a manos de la Policía durante la marcha del Movimiento por la Lengua Bengalí, que buscaba el reconocimiento de este idioma como lengua oficial de la nación. Este acto de intolerancia hacia una lengua distinta de la dominante (el urdu) fue tomado como punto de partida para un homenaje que pretende promover la diversidad lingüística y cultural. En su honor, hace diecisiete años, la Unesco declaró al 21 de febrero como Día Internacional de la Lengua Materna.

«En un sistema que no permite la existencia de otros modos de vida, el ejercicio de las lenguas no hegemónicas se convierte, de un acto de dignidad y autonomía, en un acto político revolucionario”, dice Sol Aréchiga Mantilla, traductora y lingüista mexicana.

Lenguas en el mundo

De acuerdo con la vigésima edición de Ethnologue: Languages of the World del Instituto Lingüístico de Verano, se estima que alrededor del mundo se hablan 7.000 idiomas (a 2016 la publicación listaba 7.099). La mayor riqueza lingüística se concentra en Asia, con el 32% de las lenguas del mundo; le sigue África con el 30%; América, 19%; Oceanía, 15% y, finalmente, Europa, que con 3% es el continente con menos diversidad. Papúa Nueva Guinea, en Oceanía —con aproximadamente 3,9 millones de habitantes— cuenta con la mayor cantidad de idiomas diferentes: 830.

Se considera que para que una lengua sobreviva al paso del tiempo necesita una base de, al menos, 100.000 hablantes. En la actualidad solo 600 cumplen este requisito. De ellas, entre 150 y 200 tienen cerca de un millón de hablantes. De acuerdo con Infobae los idiomas con el mayor número de hablantes nativos son el chino mandarín, lengua materna de más de mil millones de personas; el indostánico o hindustaní —que más que un idioma unificado es un conjunto de dialectos que se hablan en India y parte de Asia (incluye al hindi y el urdu, idiomas oficiales de la India y Pakistán, respectivamente)—, con 570 millones de personas; en tercer lugar se encuentra el español con 330 millones de hablantes; sigue el inglés con 328 millones, y el árabe, lengua materna de 232 millones de personas.

Patrimonio en riesgo

En el país se encuentran trece nacionalidades y diez pueblos indígenas; cada uno de ellos mantiene su propia lengua y cultura. Desde 2008, la Constitución reconoce al español como idioma oficial, al kichwa y al shuar como lenguas de comunicación intercultural y al resto de las lenguas de las nacionalidades indígenas como de uso oficial en cada una de sus jurisdicciones. Según Marleen Haboud, directora del proyecto Oralidad Modernidad de la PUCE, en el Ecuador —país multiétnico, multilingüe y multicultural— existen al menos diez lenguas indígenas aún vitales; es decir que cuentan con un número representativo de hablantes que las usan en diferentes espacios sociocomunicativos, pero todas enfrentan algún nivel de vulnerabilidad.

En el país están representadas algunas de las familias lingüísticas más importantes de Sudamérica. En la Costa se encuentran el tsa’fiki (de la nacionalidad Tsáchila), el cha’palaa (Chachi) y el awapit (Awá) de la familia lingüística Barbacoa; también está el sia pedee, de los Épera o Embera, pero es una lengua en grave riesgo. En la región andina predomina el uso del kichwa o runa shimi, de la familia macroquechua, que presenta variaciones dependiendo del pueblo en que se habla. En la Amazonía, entre los idiomas de la familia Jivaroana están el shuar chicham, el achuar chicham y el shiwiar chicham, de las nacionalidades Achuar Shuar y Shiwiar, respectivamente. Además están representadas las familias Tucano occidental con el paikoka/baikoka de los Siona-Secoya; la familia Zaparoana con las lenguas zápara y andoa, esta última extinta. Las lenguas a’ingae (nacionalidad A’i Cofán) y waotededo (Waorani) no tienen filiación lingüística reconocida.

«La lengua es, sobre todo, una forma de ver y comprender el mundo”, dice Oswaldo Encalada Vásquez, filólogo y docente. Es a través del dominio de la lengua materna que se adquieren las habilidades básicas de lectura, escritura y aritmética, pero además, los idiomas minoritarios e indígenas transmiten culturas, valores y conocimientos tradicionales únicos y desempeñan un papel importante en la promoción de los futuros sostenibles. La preservación de las lenguas maternas es esencial para garantizar que todas las poblaciones logren un acceso real a una educación de calidad. Es por ello que distintos organismos internacionales buscan concienciar a la población sobre la eliminación de las diferencias lingüísticas que solo generan límites para las poblaciones minorizadas.

Jhonny Calazacón, hablante nativo de tsa’fiki, dice: «Miranun fi’ki piyapulenan junte jera inojoe miranun, juntechi kiran tsajoe yape in miranunka panshi tu’chun» (La desaparición de una lengua implica una pérdida importantísima e irrecuperable de conocimientos. Cada lengua es un inventario del mundo). Huajarai Penti, de la nacionalidad Shuar agrega: «Ii chichamrí amenkaskarkias, menkakamniaitjí, tura ikia, ii nunken tura chichamen, menkakarminiaití». (Si olvidamos nuestra lengua estaremos perdidos. Nos convertiremos en unos pobres individuos sin tierra y sin voz). «Nukanchik shimi chinkarikpika ñukanchikpish chinkarishunmi», dice Rosa Guamán, kichwa del Cañar; es decir: «si desaparece la lengua, desaparecemos también nosotros». Es nuestra responsabilidad que esto no suceda.

NOTA: Las citas en waotededo, tsa’fiki, shuar chicham y kichwa fueron documentadas por el Proyecto Oralidad Modernidad.

Este texto se publicó originalmente en el n.° 279 del suplemento cultural cartóNPiedra, del 5 de marzo de 2017.

Inicia el censo de Correctores de Textos en Ecuador

La Asociación de Correctores de Textos del Ecuador (Acorte) publica la encuesta que servirá para realizar el diagnóstico de la profesión en el país. El censo se hace con miras al proceso de profesionalización. Las preguntas servirán para conocer cuántos correctores hay en el país y qué tipo de instrucción tienen, así como la experiencia con la que cuentan en esa área y las condiciones en que se desarrolla su trabajo.

Previamente la Acorte realizó gestiones ante el Consejo de Regulación y Desarrollo de la Información y Comunicación (Cordicom) para que, al igual que a los fotógrafos, se los incluya en el proceso de profesionalización, para que así obtengan su acreditación, ya que en el Ecuador no existe la carrera.

La Acorte hace un llamado a los correctores de textos tanto independientes como en relación de dependencia para que se inscriban y se unan a esta iniciativa. Los interesados deben llenar una encuesta disponible hasta el 30 de junio en el enlace: https://es.surveymonkey.com/s/correctoresecuador_censo

Para más información contactarse a los teléfonos: 099 565 4117, 097 997 9098, 099 409 7739 o al correo acorte.ec@gmail.com.

La ortografía callejera

Los defensores del idioma exponen los errores frecuentes de los ecuatorianos al hablar o escribir
Nota publicada en el diario Expreso de Guayaquil, en febrero de 2013.
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A tres cuadras del Policentro funcionan cinco restaurantes donde se venden almuerzos a tres dólares. Hay sillas plásticas, parasoles y en una pizarra los dueños escriben con marcador negro el menú del día. En vísperas del Día de San Valentín, alguien puso: “Hoy yapingachos, huevo frito y arros con jugo de carne”.

Cerca de ahí, un hombre de brazos cubiertos de una gruesa capa de vellos habla por teléfono. “Es que tú no vinistes. Te esperé aunque la calor estaba fuerte”.

Frente al centro comercial, un estudiante universitario escribe en el Whatsapp de su Blackberry un mensaje a su amigo: “X k no vienes?”

En la urbe, la gente camina presurosa. Habla por celular. Escribe en papeles. Teclea en la computadora. En las esquinas, cerca de los semáforos, hombres y mujeres gritan los titulares de los periódicos.

Muestran las portadas con letras grandes y negras. También anuncian los títulos de los libros que hablan del amor, de cómo conseguir felicidad en la vida, de la historia erótica de una joven que se enamora de un principesco empresario. Son las novelas del momento.

En la cotidianidad de la ciudad, las palabras brotan, fluyen. A diario, millones de caracteres se escriben cada segundo. Millones de palabras se pronuncian. Todo en español, el idioma de mestizos, blancos, indios y montubios que confluyen en la metrópoli.

Pero las palabras que se imprimen en papel son leídas por agudos correctores, quienes a diario revisan los textos escritos por periodistas, escritores, poetas, académicos, abogados, estudiantes… Los correctores estudian el idioma, se apasionan por él y tachan cualquier error que pretenda atentar contra la amalgama de vocales, consonantes, signos de puntuación y significados. Hacen maestrías, participan en encuentros internacionales para hablar del idioma y escriben textos impecables.

Andrea Torres Armas, María del Pilar Cobo y Mauricio Montenegro colaboran con periódicos, revistas, entidades públicas y casas editoriales de linaje nacional e internacional que publican trabajos de las mentes brillantes. Gonzalo Gutiérrez y José Pacheco laboran en empresas periodísticas. Ellos tienen el listado de los errores que cometemos los ecuatorianos cuando hablamos y escribimos.

Los ojos de Andrea leen a diario miles de caracteres escritos por autores de todo el país. Dice que hay una total confusión del uso de las palabras: Ahí, ¡Ay! y Hay. Y explica el porqué: Ahí, es un adverbio de lugar. ¡Ay! Es una interjección y Hay viene del verbo ‘haber’.

Otro problema es el uso indiscriminado de las tildes. “Hay que enseñarle a la gente que todas las palabras se acentúan y que la tilde es el acento gráfico. No es lo mismo ‘número’ que ‘numero’ y ‘numeró’. “Los signos de puntuación no se usan. Al parecer, la mayoría no sabe que los signos marcan finales, pausas, tonos de pregunta o admiración, etcétera”.

En lugares públicos, ella escucha atenta lo que la gente comenta. Tras largas horas de analizar cómo se habla en diferentes lugares del país, tiene un veredicto: en la Sierra se suele cambiar la ‘u’ por la ‘o’. En las provincias donde la temperatura sube, la gente suprime la ‘s’ al final de las palabras. Es decir, en vez de ‘los ojos’, dicen ‘lo ojo’. Tampoco pueden mencionar ‘Pepsi’ sino ‘Pecsi’. Los cuencanos separan algunas sílabas: en lugar de ‘de-sa-rro-llo’ dicen ‘des-a-rro-llo’.

Cuando revisa un texto, María del Pilar lee las páginas con detenimiento. Analiza párrafo por párrafo. Punto por punto. Coma por coma. No pasan ni cinco minutos para que empiece a precisar lo que está mal escrito. En su ranking, el primer error es colocar tildes en palabras como dio, vio, fe y ti. “Hay que tener en cuenta que son poquísimos los monosílabos que llevan tilde”. El segundo -añade- es que muchos están convencidos de que cuando escriben con mayúsculas no deben poner tildes. “Existe el mito de que las mayúsculas no deben tildarse y, de hecho, hay gente que tiende a escribir todo de esa forma para evitar cumplir con las normas ortográficas. En realidad, el hecho de que las mayúsculas sean letras más grandes no quiere decir que estén exentas de cumplir las reglas de acentuación”.

Mauricio revisa las publicaciones de la Fiscalía General del Estado y tiene junto a otros amigos la irreverente página web de crónicas www.milmachetes.ec Está convencido de que una de las mayores equivocaciones es confiar en el corrector del programa de computadora Microsoft Word. “La mayoría considera que el corrector de Word es más que suficiente para dejar un texto pulido. Es falso. El corrector de Word no es más que un apoyo, el deber de escribir bien es solamente nuestro”.

¿Cuál es el error histórico que ha visto Mauricio en su trayectoria? El titular del reciente libro del expresidente Gustavo Noboa. La publicación se titula Porqué fui Presidente. El por qué debe ir separado.

José tiene otro ranking de equivocaciones: ‘Haya’ por ‘halla’, ‘haber por ‘a ver’ (y viceversa), ‘la carta donde dijo que’ (…), en vez de la carta en la que dijo que (…). “Hay que tomar en cuenta que la carta no es un lugar y por tanto no se debe usar el adverbio de lugar”.

También se escribe: ‘ella sale ha caminar todos los días’, en vez de ‘ella sale a caminar todos los días’, ‘el guión de la película en vez del guion de la película. La palabra guion no lleva tilde, ‘las miles de personas que asistieron’ cuando lo correcto es ‘los miles de personas que asistieron’.

“En el lenguaje cotidiano, escucho que dicen ‘hubieron’ y ‘haigan’. Lo acertado es ‘hubo’ y ‘haya’. Son errores comunes”.

Los correctores registran cada error en sus computadoras. La información de lo que leen y corrigen se debate en conferencias y simposios para buscar alternativas que eviten la degeneración del idioma. Gonzalo es corrector de Granasa. Opina que quizá la gente no usa las tildes ni los signos de puntuación porque no lee. “Lamentablemente no se da importancia a la lectura de libros. La mayoría revisa como máximo los titulares de los diarios”.

María del Pilar comenta que la culpa está en la educación tradicional que generó que la ortografía sea vista como algo aburrido.

“Tengo la percepción de que la ortografía y la buena expresión son para los ‘cerebritos’ y que una manera de demostrar que eres chévere es rebelarte contra las reglas, pero no es así, en primer lugar, para rebelarnos tenemos que conocer y dominar las reglas. No podemos hacer una revolución si no conocemos al derecho y al revés eso contra lo que nos estamos rebelando. Yo creo que si nos esforzáramos más por conocer nuestro idioma, terminaríamos amándolo, porque nos daríamos cuenta de la lógica que guarda, de la riqueza que tiene y de lo vivo que es”.

Ella creó hace poco la Asociación de Correctores del Ecuador. Tiene 17 miembros de Quito y Guayaquil. Una de sus metas es cuidar el español. No por una gramática puritana sino porque el idioma es herencia del mestizaje y a diario se comparte en los centros comerciales, en los restaurantes, en la casa, en la oficina. Porque el lenguaje somos nosotros mismos. Porque hablar mal o escribir mal es irrespetar nuestra identidad, es decir, irrespetar nuestra esencia y nuestras raíces.

Autor: Gabriela Muñoz para EXPRESO -Guayaquil