Clarice Lispector: «Vivir es mi código y es mi enigma»

Collage elaborado por Marcela Ribadeneira (cortesía de la autora)

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Este texto fue publicado originalmente en la edición de marzo 2020 de CartónPiedra.

■ Revelación de lo mínimo

Ser hija de Mania —tal era el nombre de su madre— fue determinante en la escritura de Clarice. Si cambiásemos una tilde en el nombre materno, la escritora habría sido hija de manía. En cualquier caso, Chaya Pinkhasovna, su apelativo original, es, de acuerdo con la mitología, hija de una diosa: Mania era la diosa de la muerte en la mitología etrusca y romana; Manía, en cambio, una de las deidades griegas de la locura. Una tilde de diferencia y hubiera cambiado todo el marco referencial, aunque quizá no su sino.

La madre de Clarice —dice Benjamin Moser— fue violada en la Primera Guerra Mundial y contrajo sífilis[1]. En el este de Europa la creencia popular decía que un embarazo podía sanar a una mujer afectada por esta enfermedad, así que Clarice nació de este afán de salvación, al que le sobrevinieron la frustración y la culpa. La madre murió diez años después de su nacimiento. Tener consciencia de los propósitos para su existencia, marcó su literatura.


«Para llegar a uno mismo hay que pasar por el otro, para ser sujeto hay que ser primero objeto y arte: al menos así ocurre en la mejor literatura», dice en un texto sobre Clarice Lispector Jorge Carrión del New York Times.

Clarice es arte, es lenguaje, es lo que escuece y devenir. Su obra es una incesante reflexión sobre el lenguaje, sus límites y lo que se escamotea en las palabras. La tentación del silencio. Entre sus textos se encuentran lo mismo novelas, cuentos, crónicas, textos inclasificables, que consejos de seducción en revistas de moda —la belleza de la frivolidad—, reflexiones sobre la modernidad y el desarrollo, el concepto de saudade o la imperiosa necesidad de escribir. En ella se conjugan «la mirada, a la vez visionaria e implacable, la consagración del instante y la importancia de lo aparentemente banal»[2]. Su obra es, como el título de uno de sus libros: la Revelación de un mundo; la revelación de lo mínimo.

La autora de Cerca del corazón salvaje no solo es considerada, junto con Guimarães Rosa, la gran escritora brasileña de la segunda mitad del siglo XX, sino que su obra es uno de los objetos de estudio favoritos de la crítica. Aunque gozó de reconocimiento en Brasil mientras vivía, las traducciones e internacionalización de sus obras la consagraron.

Pero hay también en la obra de la brasileña un cierto hermetismo, una pulsión de lo abyecto, lo ominoso, que se articula en lo que Yudit Rosembaum, crítica literaria paulista especializada en la obra clariciana, llama «una potencia revolucionaria de lo que se entiende como el ‘mal’»[3]. Jorge Luis Barrios, en su ensayo El cuerpo disuelto: lo colosal y lo monstruoso, dice que, en el arte de posguerra del siglo XX, pasando por los escritos de Bataille, Gênet, Lispector, Burroughs, hasta las estéticas ciborg, buena parte de la producción profundiza «en lo informe para subvertir los usos ideológicos de lo bello y lo sublime». En los autores mencionados habría una problemática «de la destitución del sentido moderno del sujeto y de los usos sociales, políticos y morales de la burguesía, y las contradicciones y perversiones que anidan en su discurso»[4].

Es así como llegamos a una de las novelas más sobresalientes de Lispector: La pasión según G. H., publicada originalmente en 1964. Con esta obra, la autora pone de manifiesto conflictos de clase que la sociedad brasileña había mantenido ocultos. La obra se desarrolla enteramente en la habitación de la empleada —que ha sido despedida— y nos permite, por un lado, una lectura sobre la clase burguesa aún dependiente del servicio doméstico —ligero vestigio colonial—, a la vez que devela una mirada sobre lo urbano, lo doméstico y lo animal. Pero más allá de esta lectura, podemos abordar la obra desde un punto de vista filosófico que expande las posibilidades de aproximación.

En La pasión según G. H., Lispector comienza una autoexploración que termina siendo una renovación vital que nos introduce en el devenir menor.

G. H., ceramista y personaje central de la novela, se encuentra haciendo la limpieza del cuarto de Janair, la expleada y, a partir del encuentro con una cucaracha en el armario —a la que termina matando y, finalmente, ingiriendo— comienza una autoexploración que termina siendo una renovación vital que nos introduce en uno de los conceptos más interesantes de la filosofía contemporánea: el devenir menor, planteado por Deleuze y Guattari.


Una breve explicación: François Zouravichvili, explicando a Deleuze, nos dice que ‘devenir’, es en primer lugar, cambiar y mudar las relaciones con los elementos habituales de nuestra existencia. Esto a la vez, implica «la inclusión la un afuera: entramos en contacto con algo distinto de nosotros mismos, algo nos pasó». En segundo lugar, implica un encuentro: «uno se convierte a sí mismo en otro que en relación con otra cosa»[5].

En el ensayo «De arañas y cucarachas: Devenir-animal y la potencia de lo abyecto. Un acercamiento a La pasión según G. H. y Aracne»[6] se plantea que este proceso se realiza en dos instancias, primero, la protagonista deviene mujer-sí-misma en cuanto toma consciencia de sí; y, en segundo lugar, deviene animal, cucaracha, por medio de la ingesta, pues halla una zona de indiferenciación: «Tenía yo en la boca la materia de una cucaracha, y por fin había realizado el acto ínfimo. // No el acto máximo […] Por fin mi envoltura se había roto realmente, y yo era ilimitada. Por no ser, yo era»[7]. G. H., en uno de los fragmentos enuncia la fórmula del devenir menor (N-1) propuesta por Deleuze y Guattari en Mil Mesetas: «Cuando me hallaba sola, no se producía un desfondamiento, tenía solamente un grado menos de lo que yo era»[8]

Igual que sucede con Proust o Kafka, la literatura se anticipa al pensamiento de Deleuze y Guattari, pues el libro de Lispector se escribe catorce años antes que la enunciación de la fórmula del devenir. Acontece en la obra de Lispector lo que en dijera en Un soplo de vida: vivir se convierte en un código y un enigma.


[1] Esta es una teoría planteada por Benjamin Moser en Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector (Siruela, 2017); sin embargo, no es un hecho probado.

[2] Elena Losada Soler (2001). «La palabra visionaria», Revista de libros.

[3] Yudit Rosembaum (2006). Metamorfoses do Mal: Uma leitura de Clarice Lispector. São Paulo: Editora da Universidade de São Paulo, 11-12.

[4] Jorge Luis Barrios (2010). El cuerpo disuelto: lo colosal y lo monstruoso. México: Universidad Iberoamericana, 105.

[5] François Zouravichvili (1997). «¿Qué es un devenir para Gilles Deleuze?», Reflexiones Marginales.

[6] Andrea Torres Armas (2019). Linha Mestra, n.º 38, p. 66-72. DOI: https://doi.org/10.34112/1980-9026a2019n38p66-72

[7] Clarice Lispector (2013). La pasión según G. H., 174.

[8] Lispector (2013: 25).

Ciudad sitiada: ciudad y poética del cuerpo

Fotograma del videoarte Ciudad sitiada, Conjugar, Proyecto Escena
 Bailan Rita Rodríguez y Cristian Zárate
Fotograma de Ciudad sitiada

Ciudad sitiada: ciudad y poéticas del cuerpo

Autor: Andrea Torres Armas
Realización: Turbina helicoidal, laboratorio experimental (Andrea Torres Armas y Tobi Mena) 
Bailarines:
Rita Rodríguez y Cristian Zárate
Música incidental: «GyeCityada», de Tobi Mena
Duración: 12 minutos
Edición: Michelle Ortiz
Año: 2018

Sinopsis: Tomando como base la obra Conjugar, del Proyecto Escena, e inspirada en la novela Ciudad sitiada, de Clarice Lispector, este videoarte es una exploración del encuentro sensible entre las poéticas del cuerpo y la ciudad. El nombre es un guiño al estado de sitio y a una ciudad, como Guayaquil, amurallada. Los tres momentos en que se estructura la obra son, a la manera del Ulises de Joyce, fragmentos de un solo día. Los movimientos y las tensiones cambian, no solo importa hacia dónde vamos, sino qué parte del cuerpo se desplaza primero y con qué ritmo e intensidad.

El texto completo de esta obra se puede leer haciendo clic en este enlace.