Davilara, el bombero que le ganó al diablo | Reseña de A ritmo endiablado de bomba

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Serigrafía de A ritmo endiablado de bomba, cortesía de Alice Bossut

Robert LeRoy Johnson nació en 1911 en Hazlehurst, al sur del estado de Mississippi. Fue un cantante, compositor y guitarrista estadounidense de blues conocido como el ‘rey del blues del Delta’.

La leyenda dice que aunque tocaba varios instrumentos era más bien mediocre, hasta que, de la noche a la mañana, empezó a tocar la guitarra con un estilo tan particular que su ejecución fue envidiada por muchos, quienes consideraron que tocar así, de repente, no puede ser otra cosa que fruto de un pacto con el diablo.

El autor de ‘Crossroads’ habría vendido su alma al demonio justamente en el cruce de caminos de la actual autopista 61 con la 49 en Clarksdale (Mississippi-EE.UU.), a cambio de tocar blues mejor que nadie. Esperó en el cruce hasta la medianoche, le entregó su guitarra al diablo y este se la devolvió lista, las manos de Robert solo tenían que deslizarse por el mástil para interpretar el mejor blues de la historia. Poco después, a los 27 años, murió en circunstancias misteriosas (fue uno de los primeros músicos miembros del club). No hubo autopsia.

En Ecuador, en cambio, tuvimos a un músico que tocaba mejor Satanás, era tan bueno que no tuvo que empeñar el alma. Se trata de José David Lara Borja, Davilara, el ‘rey de la bomba’, quien nació en Tumbatú, valle del Chota, a inicios del siglo XX y murió alrededor de 1995.

La historia cuenta que Davilara era todo un personaje, un mito vivo: caminaba descalzo, «pata llucha», y eran tan ásperas las plantas de sus pies que incluso se podía prender fósforos raspándolos contra ellas. Su forma tan particular de interpretar la bomba (instrumento de percusión utilizado típicamente en las bandas mochas y para tocar el ritmo que lleva su mismo nombre) inspiró a varias generaciones de músicos y bailarines afrochoteños. Según cuentan los mayores, «cuesta arriba […] hacia donde ni los animales se aventuran», Davilara venció en un duelo musical de tres días con sus noches al mismísimo Diablo, quien, tras la fiesta de un compadre del músico, fue a buscarlo para saber si eran ciertos los rumores de que era tan buen ejecutante.

Esta historia sobre Davilara proviene de la tradición oral de los negros del Chota (sí, «son negros, no negritos, ni morenos, ni afros; negros, con mucho cariño y mucho respeto, así les gusta que les digan, porque les preguntamos», dice Marco Chamorro, ilustrador) y se recoge en una edición de lujo de la editorial Comoyoko.

Este libro, A ritmo endiablado de bomba, —con un tiraje de cuatrocientos ejemplares numerados— es un objeto precioso. Es un trabajo artesanal de alta calidad que cuida de los mínimos detalles: de encuadernación japonesa, cosido a mano simulando los hilvanes que se pueden ver en la bomba, impreso en serigrafía a dos colores «para representar el cielo y el suelo, los dos lados macho y hembra que debe tener el istrumento» sobre papel Favini Crush Citrus y Enviroment FSC (y no, no es un dato nimio, el papel fue escogido porque es del color del instrumento alrededor del cual gira la historia), forma parte de la colección Cajaronca y fue correalizado por los ilustradores Alice Bossut (Francia) y Marco Chamorro (Ecuador).

La propuesta de Comoyoko nació de la idea de hacer libros ilustrados en los que dialogue el texto con la imagen; de juntar a escritores, poetas, artistas plásticos; de hacer libros «artesanales entre comillas», dice Marco, en serigrafía, cuyo formato no tradicional siempre va a variar de acuerdo con la historia, orientados a generar un lector activo.

La investigación para realizar el libro tomó desde octubre a diciembre del año pasado y tuvo, antes que un referente teórico, un acercamiento «más bien intuitivo» hacia la comunidad. Cuenta Alice: «Llegamos un día a La Caldera, sin intención de hacer un libro, íbamos a bañarnos en el río, unos tres días, llegamos para una fiesta del día de la madre, nos encantó, pasamos muy bien y ahí dijimos “hagamos el segundo libro aquí” —el primero se llama Mama Cotacachi & Taita Imbabura y se basa en la historia del gigante de la laguna, de la tradición imbabureña—». Alice y Marco presentaron su proyecto al Ministerio de Cultura aún sin saber qué historia iban a contar, lo que sí sabían es que querían contar una leyenda del valle del Chota y que buscando la iban a encontrar.

Marco es oriundo de El Ángel, provincia del Carchi, y había escuchado de niño, mientras pasaba las vacaciones entre el río y las cosechas de fréjol, varias leyendas. «Juan Olmedo Rojas, un amigo, nos contaba historias, como en todo pueblo». Dar con la historia que iban a contar no les tomó mucho. Julis Arce, un profesor que da clases en San Rafael, les recomendó hablar con Iván Pavón, una persona que conoce mucho sobre su cultura, sobre la historia del pueblo afro, «él da clases en Mascarilla y nos dijo: “hace dos días estuvo un señor, Teodoro Méndez, que contó una historia bien bonita sobre un músico”; nos dio el teléfono de Teodoro y así fuimos a parar a Tumbatú», cuenta Marco. «Volvimos una y otra vez —interviene Alice— y Teodoro, muy generoso, nos contaba anécdotas, con mucha sal, nos reíamos mucho, pero no daban para hacer un libro, hasta que contó esta y ahí supimos que esa era. Luego una amiga nos dio el contacto de Marcelo Acosta, en La Concepción, lo fuimos a ver, y nos dice: “Claro, yo lo conocí cuando era niño y él mismo me contó que se había enfrentado con el diablo”; pero Teodoro también lo había escuchado de la boca de Davilara, porque, claro, son gente de más de sesenta años que lo escucharon del mismo personaje». Las anécdotas que contó Teodoro y casi un mes de convivencia con la gente de la comunidad nutrieron el libro. Algunos amigos incluso se configuraron como personajes. Esta convivencia también permitió que aunque la de los artistas fuera una mirada externa, esta esté despojada de folclorismos y sesgos. Poco después hallaron una investigación del musicólogo Juan Mullo y descubrieron, con las fotos, que la forma en que ellos lo habían ilustrado «era tal cual».

Esta manía de contar, esta urgencia de visibilizar las historias es ahora, «porque si no cuentas, te olvidas», dice Alice. Si no escribimos hoy nuestras leyendas, ¿cómo sabremos que «En la oscuridad el Diablo, más emperrado que nunca, no ve cómo Davilara hace para tocar tan bonito y con tanta fuerza»? ¿Cómo sabremos que «Enrabiado, el Diablo lanza su bomba al suelo y desaparece entre relámpagos»?

Bomba

David Lara cantando. Audio grabado por Juan Mullo Sandoval en 1987

Este texto fue originalmente publicado en No 242 de la Revista Cultural CartóNPiedra

Nueva Orleans, el sitio donde el alma canta

 

Violín de Clarence 'Gatemouth' Brown en el U.S. and Mint Museum_Andrea Torres Armas

Violín de Clarence ‘Gatemouth’ Brown. La imaginería popular lo muestra como uno de los músicos legendarios que hizo un pacto con el diablo.

This time I’m walkin’ to New Orleans
I’m walkin’ to New Orleans
I’m going to need two pair of shoes…

Fats Domino, ‘Walking To New Orleans’

Es cierto, uno nunca puede estar seguro de haber estado ahí, pero tiene fe en lo que muestran las fotos. He dicho que Nueva Orleans es el sitio en el que el alma canta, pero debí haber dicho que es el sitio en donde las almas cantan. Si de algo se puede jactar esta ciudad es de tener música en cada esquina y de ser ‘el sitio más embrujado de los Estados Unidos’; está habitada por fantasmas y por el blues. Se dice que en Nueva Orleans hay tres tipos de personas: los músicos, las meseras y los guías turísticos; habría pensado en incluir un cuarto grupo: los bebedores alegres, pero este no excluye a los tres anteriores, entonces, dejémoslo así.

Nueva Orleans, hace diez años, se hizo tristemente famosa (no es que antes no lo fuera, pero la televisión y los desastres se llevan bien) por la devastación causada por el huracán Katrina, considerado el más destructivo y que más víctimas cobró en la temporada de huracanes del Atlántico en 2005. Entre paréntesis quedó la idea que nos remitía a Nueva Orleans como la cuna del jazz, del Mardi Gras, del Zulu King, Louis Armstrong, Lestat, John Kennedy Tool y una interminable lista de etcéteras. Incluso las historias de terror que alguna vez protagonizara Delphine Lalaurie (socialité y asesina en serie) en su mansión en Royal Street, quedaron sepultadas bajo una tumba de agua.

La muerte silba un blues, dice la escritora Gabriela Alemán, y quizá sea cierto, pero por un momento, al adentrarse por las callejas de esta ciudad, la gente local nos recuerda que la vida también silba y que se vale, para hacer su música, de descendientes creoles empuñando saxofones y trompetas y de un montón de gente de todos los colores que ama el rock ’n’ roll. Caminar por Nueva Orleans requiere bastante agua, días más largos, un oído aguzado y, como dice Fats Domino, dos pares de zapatos.

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La historia dice que el French Quarter fue el lugar de Nueva Orleans donde todo comenzó, así que se lo conoce también como Vieux Carré (el barrio antiguo). La ciudad fue fundada en 1718 por Jean-Baptiste Le Moyne —señor de— de Bienville, un hombre que supuestamente fue enviado a buscar un enclave para comerciar con los nativos americanos que se asentaban entre el río Mississippi y el lago Pontchartrain, así que esta planicie en la delta del Mississippi era el lugar adecuado. Se supone también que fundó la que en 1722 sería la capital de la Luisiana francesa, justamente donde había un asentamiento de nativos, porque —claro— estando el sitio entre el río, los pantanos y con la mayoría del territorio por debajo del nivel del mar (-2 m s.n.m.), parecía lógico quedarse donde ya había una base. Si De Bienville hubiese tenido el don de la clarividencia, se habría sentido orgulloso de sí mismo por ese acierto fundacional: fue el French Quarter el sitio que menos daños tuvo luego del paso de Katrina.

Tras ser la capital de la Luisiana Francesa, Nueva Orleans pasó a ser un corregimiento español y un importante puerto comercial, hasta que, en 1803, con la escisión del pacto borbónico entre España y Francia, el próspero puerto pasó a formar parte de la naciente república norteamericana con la famosa venta de Luisiana. Desde su fundación, y precisamente por esta ‘superposición’ de culturas (franceses, españoles, criollos americanos, esclavos africanos traídos por sus amos tras la revuelta independentista de Haití), Nueva Orleans se convirtió en un mosaico multicultural que la hacen ser lo que ahora es: una de las pocas ciudades con alma que quedan es Estados Unidos. El Barrio Francés es donde se conjugan todos los elementos de su herencia histórica: el arte, la cocina creole, la arquitectura, la música y los vestigios de varias religiones. Usualmente se identifica al Barrio Francés con la famosa Bourbon Street, la sede del Mardi Gras, el sitio donde cada año la fiesta de la carne cobra nuevas dimensiones cuando las mujeres —entre cócteles como el Hurricane y el Gin fizz— muestran los senos para recolectar el mayor número de collares.

Luego de la devastación del Katrina, la ciudad fue reconstruida, la ayuda humanitaria llegó del planeta entero y, según dicen los locales, incluso algunas de las casas coloniales que pasaron años abandonadas por estar ‘embrujadas’, fueron levantadas nuevamente. Capitales de famosos como Brad Pitt y Angelina Jolie fueron inyectados a la ciudad y el flujo turístico se revitalizó. No fue solamente la infraestructura de la ciudad la que tuvo que reedificarse sino también el imaginario colectivo. Nueva Orleans, diez años después del huracán es el símbolo de la unión y el tesón de la nación norteamericana, es la ciudad que tras la destrucción se erigió como lo que siempre ha sido: el alma de la fiesta.

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El desayuno del Café Beignet en el New Orleans Jazz Music Legends Walk incluye huevos, tocino, pan tostado y la música en vivo de Steamboat Willie. Dixieland1, jazz y ragtime. “La música alimenta el alma y alegra la vida”. Cerca de ahí, en la esquina de Dauphine y Franklin, pasa un hombre con botas, sombrero y un hermoso tutú azul; me mira, sonríe y sigue su camino. Por la noche, en uno de los especiales que las televisoras locales han organizado a propósito del renacimiento de la ciudad tras el huracán, vuelve a aparecer aquel hombre tan peculiar. Tiene nombre: es Jack ‘the tutu man’. Jack mira a la cámara con desparpajo y responde las preguntas sobre su apariencia: “Soy hétero, nacido y criado en Nueva Orleans. He conocido a algunas mujeres a las que incluso les gusta el tutú y me he acostado con ellas. Yo, a diferencia de los turistas que vienen solo al Mardi Gras, puedo emborracharme todos los días”. Jack, ‘The tutu man’, un respetable trabajador social, es el sacerdote del extraño ritual del sacrificio de la sandía que tiene lugar durante el carnaval. Incluso tiene su propia canción: “Meet Jack the Tutu Man./ He is the Tutu Man/ for all of New Orleans,/ and if you see him dance,/ and if you see him shake,/ he is the greatest sight you’ve ever seen./ And everybody knows,/ when Jack is back in town,/ it’s time to party down…” (Conoce a Jack the tutu man./ Él es el hombre del tutú/ para toda Nueva Orleans./ Y si lo ves danzar,/ y si lo ves menearse,/ es la mejor imagen que verás./ Y todo el mundo sabe/ que cuando Jack está de vuelta,/ es hora de irse de fiesta). Es como si los ingleses The Smiths se hubiesen inspirado en él para su tema: It was worthwhile living a laughable life/ just to set my eyes on the/ blistering sight/ of a vicar in a tutu/ he’s not strange/ he just wants to live his life this way” (Valió la pena vivir una vida ridícula/ solo para fijar mis ojos en la/ cálida imagen/ de un vicario en tutú./ Él no es extraño,/ sólo quiere vivir su vida a su manera).

¿Y no es eso lo que queremos todos?

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En The Crescent City (‘la ciudad creciente’, como se conoce a Nueva Orleans) nacieron músicos de jazz como Louis Armstrong, Wynton Marsalis y Fats Domino, el vocalista de heavy metal Phil Anselmo y el rapero Lil Wayne. También es la cuna de los escritores Tennesse Williams, Anne Rice y John Kennedy Toole. William Faulkner vivió por mucho tiempo en la ciudad, en Pirat’s Alley, y la que fuera su casa ha sido convertida en una pequeña pero maravillosa librería. Justo al lado del callejón están la catedral y el Cabildo, ubicados, como en cualquier ciudad de planta española, frente a la plaza de armas: Jackson Square. Frente a Jackson Square hay un pequeño cruce de caminos por donde pasan los tranvías y unas gradas, y tras ese breve trayecto está, como lo describiría Dean Moriarty, el río Mississippi “seco en la bruma veraniega, bajo el agua, con su rancio y poderoso olor que huele como esa América en carne viva a la que lava”2.

Siguiendo el curso del río está el Moon Walk, el camino que conduce al mercado francés y hacia el Old U. S. Mint y Jazz Museum, el único edificio que sirvió como casa de moneda tanto de los Estados Unidos como de los Estados Confederados. Aparte de ser un museo numismático, el Mint está dedicado a guardar los tesoros musicales de algunos de sus ciudadanos más ilustres; lo mismo se encuentra una galería fotográfica sobre ‘Satchmo’ Armstrong que el piano Steinway de Fats Domino que fue restaurado gracias a generosas donaciones de gente alrededor del mundo, incluyendo a sir Paul McCartney.

En el tercer piso del museo hay un teatro para conciertos en vivo y una sala de grabación. Un quinteto (The DotLO) toca con tanto entusiasmo que la gente se queda. Hacen chistes, improvisan, pasan por varios estilos de jazz, blues, bossa nova y le explican al público las diferencias entre uno y otro. Cuando se acaba la función y los músicos dejan sus instrumentos, dos de los cinco intérpretes regresan a sus labores como guardias del museo. El ranger Matt Hampsey (guitarra) baja al primer piso y recuerda a los visitantes que pronto es hora de cerrar.

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La vida de neón

Todos, invariablemente, llegan al French Quarter y solo esperan la noche para instalarse en Bourbon Street, y si queda tiempo, quizá, llegar hasta Frenchmen Street, pero el recorrido debería ser al revés. En Bourbon St. hay miles de locales con letreros de neón que ofrecen el paraíso, restaurantes de comida ‘al paso’, rock y pop en los bares, músicos callejeros, alcohol al granel (incluyendo cócteles nativos de NOLA —Nueva Orleans-Luisiana— servidos en vasos de todos los colores, formas y tamaños)… en fin, fiesta a morir; pero para quien quieren una noche con gente de Nueva Orleans, es mejor empezar en Frenchmen Street, la calle adonde han migrado el jazz y el blues escapando de la saturada Bourbon. Dibujantes y poetas en la acera, bluegrass y jazz gitano, bandas que han encontrado su nido en la esquina de Chartres y Frenchmen. Diversidad de estilos en distintos bares con shows en vivo, no cover. Es un ambiente movido donde es posible asistir a espectáculos de calidad y ver luego a los músicos pasar el sombrero para que la gente —como diríamos en Ecuador— les dé ‘algún cariñito’.

No hay nada mejor que escuchar unas voces ya aterciopeladas, ya otras desgarradas, que tomándose un French 75 (champaña, gin Hendricks, azúcar y jugo de limón), reír hasta llorar y salir del bar con la música metida en los pies, ir bailando por las calles hasta dar de nuevo con las luces de neón, entrar con tu compañero de baile a un local de esos que suelen ser para caballeros (aunque la verdad es que en las mesas parecen ser las clientas las que más disfrutan) y quedarse con la boca abierta preguntándose si aquella mujer que baila en el tubo tiene huesos —porque está claro que articulaciones tiene demasiadas— y luego pedir un show privado.

—Por solidaridad de género —me dijo ella— exijo que te quites la blusa.

Obedecí. Luego de eso, es imposible pensar en Nueva Orleans sin recordar a Leonardo Favio: “la rubia del cabaret, qué lindo fue, qué lindo fue…”.

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No todo en Nueva Orleans es una fiesta. Si bien la ciudad se ha puesto de pie, las cifras humanas y económicas que arrojó la tragedia del huracán dieron cuenta de una desigualdad enorme y de la incapacidad del Gobierno de responder ante el colapso de los diques que rodean la ciudad y la inundación. Se estima que 250 000 viviendas fueron destruidas, que hubo 1 800 víctimas y unos 300 000 desplazados. “La mayoría de los afectados por el Katrina fueron negros, por razones económicas. Los que tenían dinero y transporte, mayoritariamente blancos, pudieron irse antes”, dijo, en una entrevista con Efe, Ernest Johnson, el presidente de la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) en el estado de Luisiana, donde se ubica Nueva Orleans3. En 2006, un año después de la catástrofe, alrededor de la mitad de la mano de obra para reconstruir la ciudad era latina y el 54% de ellos indocumentados, según un estudio de la Universidad Tulane y la Universidad de California en Berkeley. La población blanca (en esta categoría quedan excluidos únicamente los afroamericanos y los nativos americanos) de Nueva Orleans pasó en los diez años posteriores al Katrina de representar el 26,5% al 31%.

Inmigrantes latinos, muchos de ellos indocumentados, ayudaron en las labores de reconstrucción. “Esta nueva generación de inmigrantes en Nueva Orleans no vino solo a ayudar a esta ciudad con su trabajo, sino también a revitalizarla económica y culturalmente. Sin embargo, aún sigue enfrentando grandes retos como la explotación laboral continua y la discriminación racial por parte de varias agencias gubernamentales”, denunció Fernando López, organizador comunitario con el Congreso de Jornaleros4. Aún es posible encontrar casas en proceso de reconstrucción y calles sin asfalto. En los mismos parques llenos de turistas, cuando cae la noche, se puede ver a varios indigentes durmiendo a la intemperie y a las afueras de la ciudad, debajo de los anillos viales, viviendas ya no improvisadas sino pequeños campamentos que se han construido con desechos y restos de lo que alguna vez fueron casas.

Años atrás, en Valdivia, Chile, me sorprendió ver en distintos sitios de la ciudad varias anclas gigantescas; cuando pregunté qué significaban, una amiga me respondió que las habían puesto ahí para que la ciudad no se fuera nuevamente con el agua o con los terremotos. Eso es algo que le vendría bien a Nueva Orleans: quedar anclada, poner áncoras por la ciudad entera y recordarle a su gente que si bien Katrina (considerada como una tormenta del tipo “una en cada cuatrocientos años”) sirvió para generar una nueva forma de integración social a partir de la reconstrucción, también fue la que puso a todo un país a tocar, al estilo de los funerales del Second Line “When the saints go marching in”.

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¿Qué fue lo que hizo posible la rehabilitación de la ciudad? El experto en estudios urbanos Richard Florida, autor de The rise of the creative class5 dice que en el último decenio cambiaron las condiciones que hacen que una ciudad, zona o país se desarrollen económicamente. Las ciudades que atraen talentos (artistas, intelectuales, científicos) no solo lo hacen porque tengan grandes infraestructuras o numerosas empresas, sino porque son lugares en los que se puede vivir una vida de experiencias reales y donde conviven estilos de vida diversos. Son ciudades abiertas y tolerantes que combinan tecnología (empresas hi-tech), talento (buenas universidades) y tolerancia (aceptación de la diversidad).

Quien es capaz de vivir su creatividad es también capaz de generar nuevas respuestas frente a los requerimientos de la vida práctica. Esta nueva ‘clase creativa’ redefine su tiempo, sus períodos de ocio y trabajo se entremezclan y se crea una nueva relación trabajador-empresa y por lo tanto, en la productividad. Nueva Orleans cuenta con todas estas características: el sector turístico asociado al ocio, la recreación y el turismo gastronómico y cultural es el que mayor capital mueve. Además, es una ciudad con una variada herencia cultural que reúne a grupos con factores de cohesión social que ya no se ven en las grandes ciudades estadounidenses. Latinos, afroamericanos, descendientes de italianos, irlandeses y franceses son algunos de los conglomerados que pueblan la ciudad. Todos tienen rasgos comunes: la forma en que disfrutan de su tiempo libre, sus nexos familiares, son más descomplicados y hasta ruidosos. Se genera eso que Emilio Durkheim definiera como solidaridad orgánica. Para reconstruir la ciudad fue necesaria una sinergia en la que todos dependen de todos.

Después del huracán, el Mardi Gras de 2006 estuvo en duda. En la ciudad había personas que no estaban de acuerdo con celebrar tan poco tiempo después de la tragedia. Pero el Mardi Gras ocurrió, y en agosto, el trompetista Wynton Marsalis promovía una ‘celebración cultural’ por el primer aniversario de Katrina. En una entrevista para la revista Where, le preguntaron por qué celebrar algo que causó tanta destrucción y angustia, y él contestó que “en Nueva Orleans, lamentarse es una forma de celebración. […] En nuestros funerales nos lamentamos, luego celebramos. Muchas veces cuando eres despojado de todo, tienes la oportunidad de ver quién eres en realidad. Y en los momentos más dolorosos, es cuando debes celebrar, porque te afirmas a ti mismo y te levantas aún más fuerte”6.

Nueva Orleans debe seguir celebrando.

Fragmento de 'Bellongins Immortelle' de Krista Jurisich

Fragmento de ‘Bellongins Immortelle’ de Krista Jurisich (2005). CAC Nueva Orleans.

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 205 de la revista CartóNPiedra

Notas

1. Dixieland es un tipo de jazz temprano típico del sur de EE.UU. Una teoría sobre su etimología dice que el término proviene de la palabra francesa dix (diez) impresa en los billetes de diez dólares. Luisiana, el estado al que pertenece la ciudad se convirtió en la tierra (land) de dix.

2. Kerouac, Jack (1989). En el camino. Barcelona: Anagrama, p. 26.

3. Fernández, Cristina (2010, 29 de agosto). Las cicatrices de Nueva Orleans. El Confidencial (Crónicas del Imperio). Recuperado de http://blogs.elconfidencial.com/mundo/cronicas-del-imperio/2010-08-29/las-cicatrices-de-nueva-orleans_437911/.

4. García Casado, Cristina (2015, 28 de agosto). Una Nueva Orleans más hispana tras el Katrina. El Día.es. Recuperado de http://eldia.es/agencias/8272388-KATRINA-ANIVERSARIO-Cronica-Nueva-Orleans-hispana-Katrina.

5. Florida, Richard (2002, mayo). The Rise of the Creative Class. Why cities without gays and rock bands are losing the economic development race. Washington Monthly. Recuperado de http://www.washingtonmonthly.com/features/2001/0205.florida.html.

6. Marsalis, Wynton en Douglas Brantley (2015, 21 de septiembre). New Orleans, Hurricane Katrina and the Rise of Voluntourism. Recuperado de http://www.wheretraveler.com/.