La posibilidad de una isla

Escribir sobre nosotras mismas, sobre nuestra escritura, a veces nos hace recordar que «ninguna mujer es una isla», parafraseando a John Donne.

Ilustración Dusteam para Revista Tangente Gecko UArtes
Ilustración de Dusteam para Tangente n.º 6

Una deconstrucción siempre tiene como objetivo revelar la existencia de articulaciones y fragmentaciones ocultas dentro de totalidades aceptadamente monádicas.
Paul de Man

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Llevo meses con la hoja en blanco y haciendo las lecturas mínimas. Leer es un ejercicio de confrontación. Leer algo ‘inadecuado’ en un estado de vulnerabilidad puede ser iluminador o una forma más de descender. He pensado mucho en el viaje, en la exploración, en la literatura, en esa catábasis y anábasis que se suceden; en que leer y escribir pueden presentar esa misma dualidad del pharmakon y la naturaleza vectorial del viaje hacia las costas o al interior de una misma. 

Repasando mis bitácoras he visto que, sobre el papel, una no puede volver sobre las experiencias, pero sí seguir las huellas, remontarse al rastro: ¿autohistoria o ficcionalización de la vida? Ahora mismo, esta escritura es ese proceso de ida y vuelta, arqueología de mí misma. Yo, mujer-andina-escribiéndome-en-el «hervidero del hampa huancavilca» —como dice el Tush—, me asimilo como si fuera una isla: voy a buscarme caminando el río. ¿Qué ha pasado desde el descenso desde los 3078 m s. n. m., en que estaba mi casa, hasta venir a esta «tierra del prado hermoso asentada en la región del Quilca?».

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Cuando me mudé a Guayaquil empecé una bitácora al estilo de las crónicas de Indias y los diarios de viaje de las expediciones científicas. «T. Señora de las altas tierras», se titula. La primera entrada decía:

Me gustan los números. Yo misma me considero un punto cero de referencia. En los 11 810 días que han trascurrido desde el día en que nací hasta que se inicia este documento, cientos de cifras me han acompañado: conjuntos, fechas, distancias, coordenadas, magnitudes… El más reciente número significativo: 3078 —añádase a la cifra la sigla de metros sobre el nivel del mar—. Mis dominios allende los Andes se extendían sobre esa altura.

Han pasado 3528 horas (y contando) desde que Tobi, el ‘adelantado’, partió de Quito para establecer nuestra base en Santiago de Guayaquil. 2° 8’ 12,1’’ Sur; 79° 53’ 29,5’’ Oeste son las coordenadas que mi explorador escogió para establecer la embajada de Tobisburgo y Nueva Teledonia. La locación se ubica a 1,4 km hacia el oeste del río Daule. El sector en que nos ubicamos es conocido como Sauces 7, este será el punto de partida y de retorno para nuestras expediciones durante los próximos cuatro años. Vine a estudiar Literatura. Me gustan los números, sí, pero la palabra me atraviesa.

Nada queda ya de esa voz impostada. Las entradas de la bitácora han ido menguando con el paso del tiempo. Soy, en notas adicionales, una pésima escritora de viajes, más si la intensidad de la vida me abruma tanto que ni siquiera puedo sentarme a escribir al término de los días o los lugares. Hay días en que me debato entre vivir y escribir, como si de alguna manera no fueran para mí la misma cosa. Guayaquil, quizá con la expansión de mi caja torácica en la que ahora cabe más oxígeno, me ha regalado nuevos matices en la voz y el sonido del flujo del agua.

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Soy, a veces voz,
a veces cuerpo
a veces nada.

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Ahora mismo entiendo las identidades como tránsito. Me reconozco como un sujeto sonoro en movimiento, aunque mi musicalidad actual sea una mera contingencia (¡maldigo al zapatero que hizo que el cierre de mis botas favoritas parezca un cascabel!). Pienso en ese verso de Drexler: «No estar en, sino ser el movimiento», que quizá para Deleuze sería: «No definirse, sino haceos rizomas».

Si pienso en esta idea del movimiento, me encuentro con que no solo mi idea de identidad es la que veo como un tránsito, sino que, en efecto, he sido este tránsito identitario y vivencial: cambiando de opinión, posturas críticas, domicilios… Pienso en mi subjetividad, en mi contexto, en mi propio cuerpo como materialización de la transformación del sujeto político. Soy todo el bagaje social, familiar, cultural, mis propias expectativas, aciertos, casos fallidos. Proceso. Esa distancia entre lo que soy y lo que quisiera ser.

La Agrado, de Almodóvar, decía que una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñada de sí misma. Eso: lo que soy, cómo escribo, es un perpetuum mobile que oscila entre lo que empecé siendo en la llakta y el infinito.

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Si ahora mismo escribo sobre mí no es por onanismo. Vine a Guayaquil a estudiar Literatura. Alguna vez estudié Sociología y no se me permitía escribir sino en tercera persona para denotar ‘imparcialidad’ (una mentira que durante muchos años se han creído los cientistas sociales y los periodistas). En los últimos diez años, además, he trabajado como correctora de textos: mi función se centra en que se entienda —sin lugar a dudas— lo que los otros quieren decir. He postergado mi voz. Ahora, me estoy escuchando.

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«No saber de uno mismo; eso es vivir. Saber mal de uno mismo, eso es pensar».
Pessoa, Libro del desasosiego.

Este texto apareció originalmente en la revista Tangente, n.º 6, Gecko (Guayaquil, UArtes: diciembre de 2019).

Mudanzas: cómo mudarme a Guayaquil me devolvió la voz

Aviadoras sin nombre en el Museo Municipal

La literatura y los viajes se parecen: son experiencias
de lo desconocido.
Cees Noteboom

Creo que las mejores cosas de mi vida han pasado viajando: conocer amigos, transitar espacios, enamorarme en el Perú de un hombre que catorce años después sigue preparando mochilas o cajas si decidimos cambiar de aires. Pasajera en trance, de Charly García, es uno de mis temas favoritos de toda la vida y tengo que admitir que quería ser esa mujer de la que habla la canción. Me vuelve loca el olor de una cafetería cerca de una tienda de perfumes, me huele a aeropuerto y esa sensación me hace feliz. Me encanta ese vacío en el estómago que se produce cuando el avión está despegando. Prefiero viajar ligera, con mochila, de preferencia. De niña me soñaba a menudo siendo viajera, no turista, y viviendo de lo que escribiera sobre esa experiencia.

Esta vez, si no hubiese tenido que mover toda la casa hubiera empacado a lo Chejov: un par de botas y unas cuantas libretas de notas, pero la cosa era un poco más compleja. ¡Qué cantidad de cosas puede la gente acumular en una casa! Recuerdos, principalmente. Este abril se cumple un año desde que mi familia humano-perruna y yo nos mudamos a Guayaquil. Fue una decisión adulta y bien pensada, además, con todas las circunstancias confluyendo a nuestro a favor para irnos. Tobi, mi marido, quería salir de Quito y su toxicidad y yo quería volver a la universidad para estudiar literatura —si era gratis, mejor—. Él viajó un mes antes que yo por requerimientos de su nuevo trabajo y para buscar un departamento, yo me quedé en Quito a cargo de la mudanza y haciendo trámites para ver si podía mantener mi trabajo desde allá. Esto segundo no funcionó.

La mudanza en sí misma implicó un rotundo movimiento emocional. Yo, que me pensaba poco materialista, encontré dificilísimo desprenderme de algunas cosas: esos pinceles no porque me los compré en un pulguero en Buenos Aires; tampoco esa figura que traje de México; eso no porque me lo dio mi mamá. Aun así, emocionada por el viaje, empaqué la mar de contenta por semanas, pero no fue sino hasta el jueves en la tarde, en vísperas de que el camión de la mudanza llegara, cuando un comprador se llevó el piano de la sala, que me di cuenta de que estaba dejando el refugio que me había construido a 3.078 m s. n. m. Mientras la puerta del parqueadero se cerraba, todo a mi alrededor se ponía como en fadeout y yo me eché a llorar. Por un momento no quise irme, me anulé. ¿Qué carajos estaba haciendo! En Quito tenía —como decía mi abuela— cama, dama y chocolate. En Guayaquil no tenía nada: ni amigos ni casa ni trabajo. ¿Futuro?

Venir a Guayaquil ha supuesto mucho más que el obvio desplazamiento físico, ha sido el inicio de un remezón emocional e intelectual. Francesco Careri postulaba en su libro Walkscapes el andar como práctica estética. El andar, dice, es un acto creativo y cognitivo capaz de transformar simbólica y físicamente tanto el espacio natural como el antrópico. El desplazamiento-tipo-mudanza, en consecuencia, es no solo un suceso existencial, sino también uno estético porque te permite pasar de un espacio topológico a otro y modificar ese espacio e incluso las poéticas de vida. Bajar al nivel del mar me ha permitido hacer un recorrido de la voz al cuerpo y del cuerpo a mí. Recuperarme.

Por muchos años me dediqué a corregir lo que otros escriben y a redactar textos esporádicamente. Por primera vez en un trabajo académico, medio crónica medio ensayo —una revisión sobre la curaduría de un museo que explora la ausencia de mujeres tanto en las representaciones como en la autoría—, me permití escribir un muy consciente «desde donde me enuncio» y anotar: «Asumo mi sesgo antrópico. Soy una mujer que escribe sobre mujeres que no aparecen, busco para no encontrarlas. Me pregunto lo mismo que Alice Rossi en 1965: ¿por qué tan pocas?». Sí, ya sé que enunciarse no debiera ser una novedad, pero mi antigua formación en sociología me había llenado la cabeza de una búsqueda —pretenciosa y falsa a más no poder— de una supuesta imparcialidad ligada indisolublemente a una escritura en tercera persona, un otro que no soy yo.

Habitar en el puerto me devolvió a mí. Acá soy esta: una deriva de páramo que contempla el río. Dialéctica. Heráclito no se dio cuenta de que no solo cambia el agua; cuando observo al Guayas, la que ha mudado, indefectiblemente, soy yo. Escribo, busco, me pienso en movimiento. Río y soy feliz. La mudanza es una expresión continua de mi existencia.

 

Este texto fue originalmente publicado en la revista digital La Zoila, el 19 de abril de 2018.

Ubicación geográfica de los sucesos

Son tres meses ya desde que Ubicación geográfica de los sucesos vio la luz. Desde entonces ha habido más sucesos, más caminos, más imágenes, vida.

Agradezco a dos maravillosas poetas: Laura Casielles Hernández por su comentario para la contraportada y a Carla Badillo Coronado por sus palabras de presentación; también a mi querido René Martínez por su portada.

PortadaAndreaTorresArmas

Diseño de portada: René Martínez Sáncez

Estas son las palabras de Laura:

Este libro nos recuerda algo que demasiado a menudo olvidamos: que las ciudades no están hechas de asfalto y edificios, sino de lo que sentimos en ellas, de las miradas que arrojamos a sus calles, de la comunidad que construimos con nuestros encuentros. Hay ciudades de nuestras vidas: las ciudades en las que vivimos el amor, las ciudades a las que hicimos viajes iniciáticos. Las fotos nunca son estáticas, precisamente porque nos contienen. Los espacios mutan con nuestro vivirlos. La ciudad somos nosotros: hay que recordarlo para poder seguir creándola cada día, con los pasos y con las palabras.

Este libro, estos sucesos y geografías, son un modo de ayudarnos a ese recuerdo necesario. Y por eso gracias.

Y esta la presentación de Carla:

La poesía será búsqueda o no será; en consecuencia, todo verso una nueva pregunta. Ubicación geográfica de los sucesos es una búsqueda constante a través de las grietas de su autora, quien indaga el lenguaje moviéndose hacia adentro como un uróburos, ese animal mitológico que engulle su propia cola.

Andrea Torres Armas va en busca de la construcción poética. La encuentra. Vuelve una y otra vez sobre ella como vuelve sobre la palabra ciudad, imaginario vivo de sus letras. Las musas de Andrea son palpables y no etéreas, musas que se encuentran en lo táctil, en lo cotidiano: detrás de una cámara de fotos o en medio de una carretera.

Dividido en tres partes: ‘De sucesos y geografías’, ‘Tomoscopios’ y ‘Relatividad especial’, este poemario fue escrito en diferentes tiempos y mantiene contrastes entre la multitud y el yo. En la primera parte desfilan un abanico de lugares: Quito, Perú, Nueva York, París, mientras que la segunda se trata de un tomoscopio -una variante del caleidoscopio- donde la realidad se fragmenta en un juego de espejos. Y la tercera: ‘Relatividad especial’, es un guiño a Albert Einstein cuando nos dice que la realidad depende del punto de vista del observador. Así, Ubicación geográfica de los sucesos nos invita a recorrer su naturaleza circular, laberíntica, con poemas lúcidos y cotidianos como el que habla de su abuela con alma de profeta.

Es fácil darse cuenta de que las interrogantes de la autora llevan ya largo trecho. Hace algunas semanas le pregunté a Andrea desde cuándo escribía poesía y me dijo que desde niña, quizá desde los 9 años, y que siempre le resultó cercana. Su padre, en gran parte, fue quien encendió la luz, cuando su memoria prodigiosa le permitía recitarle poemas a su hija como si fueran cuentos.

Hoy Andrea Torres Armas, con esta ópera prima, nos demuestra que vive en poesía, y con este libro nos da la llaves para múltiples lecturas. O en palabras de ella misma:

Ya nada es radicalmente verdadero
ni siquiera la penumbra
amortiguada a media vela.
No importa qué tan rápido corra la luz
la oscuridad llega siempre primero.
Y nosotros
medio tontos
medios ciegos
queremos seguir sin darnos cuenta
-del todo-.

Aquí dejo un par de notas que han salido por ahí:

El silencioso motor de nuestro llanto por Diego Cazar Baquero en Revista Rocinante

Quito es una ciudad muy ruidosa a la que le falta música por Luis Fernando Fonseca en El Telégrafo

Las ciudades son sensaciones 

Un recuerdo necesario

Café con letras, Entrevista con Marc Bayes en Click radio online

Sandra Araya, Andrea Torres Armas, Carla Badillo Coronado

Sandra Araya, Andrea Torres Armas, Carla Badillo Coronado

Fotografía de Álvaro Pérez, El Telégrafo

Andrea Torres Armas. Fotografía de Álvaro Pérez, El Telégrafo

Nueva Orleans, el sitio donde el alma canta

 

Violín de Clarence 'Gatemouth' Brown en el U.S. and Mint Museum_Andrea Torres Armas

Violín de Clarence ‘Gatemouth’ Brown. La imaginería popular lo muestra como uno de los músicos legendarios que hizo un pacto con el diablo.

This time I’m walkin’ to New Orleans
I’m walkin’ to New Orleans
I’m going to need two pair of shoes…

Fats Domino, ‘Walking To New Orleans’

Es cierto, uno nunca puede estar seguro de haber estado ahí, pero tiene fe en lo que muestran las fotos. He dicho que Nueva Orleans es el sitio en el que el alma canta, pero debí haber dicho que es el sitio en donde las almas cantan. Si de algo se puede jactar esta ciudad es de tener música en cada esquina y de ser ‘el sitio más embrujado de los Estados Unidos’; está habitada por fantasmas y por el blues. Se dice que en Nueva Orleans hay tres tipos de personas: los músicos, las meseras y los guías turísticos; habría pensado en incluir un cuarto grupo: los bebedores alegres, pero este no excluye a los tres anteriores, entonces, dejémoslo así.

Nueva Orleans, hace diez años, se hizo tristemente famosa (no es que antes no lo fuera, pero la televisión y los desastres se llevan bien) por la devastación causada por el huracán Katrina, considerado el más destructivo y que más víctimas cobró en la temporada de huracanes del Atlántico en 2005. Entre paréntesis quedó la idea que nos remitía a Nueva Orleans como la cuna del jazz, del Mardi Gras, del Zulu King, Louis Armstrong, Lestat, John Kennedy Tool y una interminable lista de etcéteras. Incluso las historias de terror que alguna vez protagonizara Delphine Lalaurie (socialité y asesina en serie) en su mansión en Royal Street, quedaron sepultadas bajo una tumba de agua.

La muerte silba un blues, dice la escritora Gabriela Alemán, y quizá sea cierto, pero por un momento, al adentrarse por las callejas de esta ciudad, la gente local nos recuerda que la vida también silba y que se vale, para hacer su música, de descendientes creoles empuñando saxofones y trompetas y de un montón de gente de todos los colores que ama el rock ’n’ roll. Caminar por Nueva Orleans requiere bastante agua, días más largos, un oído aguzado y, como dice Fats Domino, dos pares de zapatos.

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La historia dice que el French Quarter fue el lugar de Nueva Orleans donde todo comenzó, así que se lo conoce también como Vieux Carré (el barrio antiguo). La ciudad fue fundada en 1718 por Jean-Baptiste Le Moyne —señor de— de Bienville, un hombre que supuestamente fue enviado a buscar un enclave para comerciar con los nativos americanos que se asentaban entre el río Mississippi y el lago Pontchartrain, así que esta planicie en la delta del Mississippi era el lugar adecuado. Se supone también que fundó la que en 1722 sería la capital de la Luisiana francesa, justamente donde había un asentamiento de nativos, porque —claro— estando el sitio entre el río, los pantanos y con la mayoría del territorio por debajo del nivel del mar (-2 m s.n.m.), parecía lógico quedarse donde ya había una base. Si De Bienville hubiese tenido el don de la clarividencia, se habría sentido orgulloso de sí mismo por ese acierto fundacional: fue el French Quarter el sitio que menos daños tuvo luego del paso de Katrina.

Tras ser la capital de la Luisiana Francesa, Nueva Orleans pasó a ser un corregimiento español y un importante puerto comercial, hasta que, en 1803, con la escisión del pacto borbónico entre España y Francia, el próspero puerto pasó a formar parte de la naciente república norteamericana con la famosa venta de Luisiana. Desde su fundación, y precisamente por esta ‘superposición’ de culturas (franceses, españoles, criollos americanos, esclavos africanos traídos por sus amos tras la revuelta independentista de Haití), Nueva Orleans se convirtió en un mosaico multicultural que la hacen ser lo que ahora es: una de las pocas ciudades con alma que quedan es Estados Unidos. El Barrio Francés es donde se conjugan todos los elementos de su herencia histórica: el arte, la cocina creole, la arquitectura, la música y los vestigios de varias religiones. Usualmente se identifica al Barrio Francés con la famosa Bourbon Street, la sede del Mardi Gras, el sitio donde cada año la fiesta de la carne cobra nuevas dimensiones cuando las mujeres —entre cócteles como el Hurricane y el Gin fizz— muestran los senos para recolectar el mayor número de collares.

Luego de la devastación del Katrina, la ciudad fue reconstruida, la ayuda humanitaria llegó del planeta entero y, según dicen los locales, incluso algunas de las casas coloniales que pasaron años abandonadas por estar ‘embrujadas’, fueron levantadas nuevamente. Capitales de famosos como Brad Pitt y Angelina Jolie fueron inyectados a la ciudad y el flujo turístico se revitalizó. No fue solamente la infraestructura de la ciudad la que tuvo que reedificarse sino también el imaginario colectivo. Nueva Orleans, diez años después del huracán es el símbolo de la unión y el tesón de la nación norteamericana, es la ciudad que tras la destrucción se erigió como lo que siempre ha sido: el alma de la fiesta.

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El desayuno del Café Beignet en el New Orleans Jazz Music Legends Walk incluye huevos, tocino, pan tostado y la música en vivo de Steamboat Willie. Dixieland1, jazz y ragtime. “La música alimenta el alma y alegra la vida”. Cerca de ahí, en la esquina de Dauphine y Franklin, pasa un hombre con botas, sombrero y un hermoso tutú azul; me mira, sonríe y sigue su camino. Por la noche, en uno de los especiales que las televisoras locales han organizado a propósito del renacimiento de la ciudad tras el huracán, vuelve a aparecer aquel hombre tan peculiar. Tiene nombre: es Jack ‘the tutu man’. Jack mira a la cámara con desparpajo y responde las preguntas sobre su apariencia: “Soy hétero, nacido y criado en Nueva Orleans. He conocido a algunas mujeres a las que incluso les gusta el tutú y me he acostado con ellas. Yo, a diferencia de los turistas que vienen solo al Mardi Gras, puedo emborracharme todos los días”. Jack, ‘The tutu man’, un respetable trabajador social, es el sacerdote del extraño ritual del sacrificio de la sandía que tiene lugar durante el carnaval. Incluso tiene su propia canción: “Meet Jack the Tutu Man./ He is the Tutu Man/ for all of New Orleans,/ and if you see him dance,/ and if you see him shake,/ he is the greatest sight you’ve ever seen./ And everybody knows,/ when Jack is back in town,/ it’s time to party down…” (Conoce a Jack the tutu man./ Él es el hombre del tutú/ para toda Nueva Orleans./ Y si lo ves danzar,/ y si lo ves menearse,/ es la mejor imagen que verás./ Y todo el mundo sabe/ que cuando Jack está de vuelta,/ es hora de irse de fiesta). Es como si los ingleses The Smiths se hubiesen inspirado en él para su tema: It was worthwhile living a laughable life/ just to set my eyes on the/ blistering sight/ of a vicar in a tutu/ he’s not strange/ he just wants to live his life this way” (Valió la pena vivir una vida ridícula/ solo para fijar mis ojos en la/ cálida imagen/ de un vicario en tutú./ Él no es extraño,/ sólo quiere vivir su vida a su manera).

¿Y no es eso lo que queremos todos?

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En The Crescent City (‘la ciudad creciente’, como se conoce a Nueva Orleans) nacieron músicos de jazz como Louis Armstrong, Wynton Marsalis y Fats Domino, el vocalista de heavy metal Phil Anselmo y el rapero Lil Wayne. También es la cuna de los escritores Tennesse Williams, Anne Rice y John Kennedy Toole. William Faulkner vivió por mucho tiempo en la ciudad, en Pirat’s Alley, y la que fuera su casa ha sido convertida en una pequeña pero maravillosa librería. Justo al lado del callejón están la catedral y el Cabildo, ubicados, como en cualquier ciudad de planta española, frente a la plaza de armas: Jackson Square. Frente a Jackson Square hay un pequeño cruce de caminos por donde pasan los tranvías y unas gradas, y tras ese breve trayecto está, como lo describiría Dean Moriarty, el río Mississippi “seco en la bruma veraniega, bajo el agua, con su rancio y poderoso olor que huele como esa América en carne viva a la que lava”2.

Siguiendo el curso del río está el Moon Walk, el camino que conduce al mercado francés y hacia el Old U. S. Mint y Jazz Museum, el único edificio que sirvió como casa de moneda tanto de los Estados Unidos como de los Estados Confederados. Aparte de ser un museo numismático, el Mint está dedicado a guardar los tesoros musicales de algunos de sus ciudadanos más ilustres; lo mismo se encuentra una galería fotográfica sobre ‘Satchmo’ Armstrong que el piano Steinway de Fats Domino que fue restaurado gracias a generosas donaciones de gente alrededor del mundo, incluyendo a sir Paul McCartney.

En el tercer piso del museo hay un teatro para conciertos en vivo y una sala de grabación. Un quinteto (The DotLO) toca con tanto entusiasmo que la gente se queda. Hacen chistes, improvisan, pasan por varios estilos de jazz, blues, bossa nova y le explican al público las diferencias entre uno y otro. Cuando se acaba la función y los músicos dejan sus instrumentos, dos de los cinco intérpretes regresan a sus labores como guardias del museo. El ranger Matt Hampsey (guitarra) baja al primer piso y recuerda a los visitantes que pronto es hora de cerrar.

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La vida de neón

Todos, invariablemente, llegan al French Quarter y solo esperan la noche para instalarse en Bourbon Street, y si queda tiempo, quizá, llegar hasta Frenchmen Street, pero el recorrido debería ser al revés. En Bourbon St. hay miles de locales con letreros de neón que ofrecen el paraíso, restaurantes de comida ‘al paso’, rock y pop en los bares, músicos callejeros, alcohol al granel (incluyendo cócteles nativos de NOLA —Nueva Orleans-Luisiana— servidos en vasos de todos los colores, formas y tamaños)… en fin, fiesta a morir; pero para quien quieren una noche con gente de Nueva Orleans, es mejor empezar en Frenchmen Street, la calle adonde han migrado el jazz y el blues escapando de la saturada Bourbon. Dibujantes y poetas en la acera, bluegrass y jazz gitano, bandas que han encontrado su nido en la esquina de Chartres y Frenchmen. Diversidad de estilos en distintos bares con shows en vivo, no cover. Es un ambiente movido donde es posible asistir a espectáculos de calidad y ver luego a los músicos pasar el sombrero para que la gente —como diríamos en Ecuador— les dé ‘algún cariñito’.

No hay nada mejor que escuchar unas voces ya aterciopeladas, ya otras desgarradas, que tomándose un French 75 (champaña, gin Hendricks, azúcar y jugo de limón), reír hasta llorar y salir del bar con la música metida en los pies, ir bailando por las calles hasta dar de nuevo con las luces de neón, entrar con tu compañero de baile a un local de esos que suelen ser para caballeros (aunque la verdad es que en las mesas parecen ser las clientas las que más disfrutan) y quedarse con la boca abierta preguntándose si aquella mujer que baila en el tubo tiene huesos —porque está claro que articulaciones tiene demasiadas— y luego pedir un show privado.

—Por solidaridad de género —me dijo ella— exijo que te quites la blusa.

Obedecí. Luego de eso, es imposible pensar en Nueva Orleans sin recordar a Leonardo Favio: “la rubia del cabaret, qué lindo fue, qué lindo fue…”.

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No todo en Nueva Orleans es una fiesta. Si bien la ciudad se ha puesto de pie, las cifras humanas y económicas que arrojó la tragedia del huracán dieron cuenta de una desigualdad enorme y de la incapacidad del Gobierno de responder ante el colapso de los diques que rodean la ciudad y la inundación. Se estima que 250 000 viviendas fueron destruidas, que hubo 1 800 víctimas y unos 300 000 desplazados. “La mayoría de los afectados por el Katrina fueron negros, por razones económicas. Los que tenían dinero y transporte, mayoritariamente blancos, pudieron irse antes”, dijo, en una entrevista con Efe, Ernest Johnson, el presidente de la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) en el estado de Luisiana, donde se ubica Nueva Orleans3. En 2006, un año después de la catástrofe, alrededor de la mitad de la mano de obra para reconstruir la ciudad era latina y el 54% de ellos indocumentados, según un estudio de la Universidad Tulane y la Universidad de California en Berkeley. La población blanca (en esta categoría quedan excluidos únicamente los afroamericanos y los nativos americanos) de Nueva Orleans pasó en los diez años posteriores al Katrina de representar el 26,5% al 31%.

Inmigrantes latinos, muchos de ellos indocumentados, ayudaron en las labores de reconstrucción. “Esta nueva generación de inmigrantes en Nueva Orleans no vino solo a ayudar a esta ciudad con su trabajo, sino también a revitalizarla económica y culturalmente. Sin embargo, aún sigue enfrentando grandes retos como la explotación laboral continua y la discriminación racial por parte de varias agencias gubernamentales”, denunció Fernando López, organizador comunitario con el Congreso de Jornaleros4. Aún es posible encontrar casas en proceso de reconstrucción y calles sin asfalto. En los mismos parques llenos de turistas, cuando cae la noche, se puede ver a varios indigentes durmiendo a la intemperie y a las afueras de la ciudad, debajo de los anillos viales, viviendas ya no improvisadas sino pequeños campamentos que se han construido con desechos y restos de lo que alguna vez fueron casas.

Años atrás, en Valdivia, Chile, me sorprendió ver en distintos sitios de la ciudad varias anclas gigantescas; cuando pregunté qué significaban, una amiga me respondió que las habían puesto ahí para que la ciudad no se fuera nuevamente con el agua o con los terremotos. Eso es algo que le vendría bien a Nueva Orleans: quedar anclada, poner áncoras por la ciudad entera y recordarle a su gente que si bien Katrina (considerada como una tormenta del tipo “una en cada cuatrocientos años”) sirvió para generar una nueva forma de integración social a partir de la reconstrucción, también fue la que puso a todo un país a tocar, al estilo de los funerales del Second Line “When the saints go marching in”.

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¿Qué fue lo que hizo posible la rehabilitación de la ciudad? El experto en estudios urbanos Richard Florida, autor de The rise of the creative class5 dice que en el último decenio cambiaron las condiciones que hacen que una ciudad, zona o país se desarrollen económicamente. Las ciudades que atraen talentos (artistas, intelectuales, científicos) no solo lo hacen porque tengan grandes infraestructuras o numerosas empresas, sino porque son lugares en los que se puede vivir una vida de experiencias reales y donde conviven estilos de vida diversos. Son ciudades abiertas y tolerantes que combinan tecnología (empresas hi-tech), talento (buenas universidades) y tolerancia (aceptación de la diversidad).

Quien es capaz de vivir su creatividad es también capaz de generar nuevas respuestas frente a los requerimientos de la vida práctica. Esta nueva ‘clase creativa’ redefine su tiempo, sus períodos de ocio y trabajo se entremezclan y se crea una nueva relación trabajador-empresa y por lo tanto, en la productividad. Nueva Orleans cuenta con todas estas características: el sector turístico asociado al ocio, la recreación y el turismo gastronómico y cultural es el que mayor capital mueve. Además, es una ciudad con una variada herencia cultural que reúne a grupos con factores de cohesión social que ya no se ven en las grandes ciudades estadounidenses. Latinos, afroamericanos, descendientes de italianos, irlandeses y franceses son algunos de los conglomerados que pueblan la ciudad. Todos tienen rasgos comunes: la forma en que disfrutan de su tiempo libre, sus nexos familiares, son más descomplicados y hasta ruidosos. Se genera eso que Emilio Durkheim definiera como solidaridad orgánica. Para reconstruir la ciudad fue necesaria una sinergia en la que todos dependen de todos.

Después del huracán, el Mardi Gras de 2006 estuvo en duda. En la ciudad había personas que no estaban de acuerdo con celebrar tan poco tiempo después de la tragedia. Pero el Mardi Gras ocurrió, y en agosto, el trompetista Wynton Marsalis promovía una ‘celebración cultural’ por el primer aniversario de Katrina. En una entrevista para la revista Where, le preguntaron por qué celebrar algo que causó tanta destrucción y angustia, y él contestó que “en Nueva Orleans, lamentarse es una forma de celebración. […] En nuestros funerales nos lamentamos, luego celebramos. Muchas veces cuando eres despojado de todo, tienes la oportunidad de ver quién eres en realidad. Y en los momentos más dolorosos, es cuando debes celebrar, porque te afirmas a ti mismo y te levantas aún más fuerte”6.

Nueva Orleans debe seguir celebrando.

Fragmento de 'Bellongins Immortelle' de Krista Jurisich

Fragmento de ‘Bellongins Immortelle’ de Krista Jurisich (2005). CAC Nueva Orleans.

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 205 de la revista CartóNPiedra

Notas

1. Dixieland es un tipo de jazz temprano típico del sur de EE.UU. Una teoría sobre su etimología dice que el término proviene de la palabra francesa dix (diez) impresa en los billetes de diez dólares. Luisiana, el estado al que pertenece la ciudad se convirtió en la tierra (land) de dix.

2. Kerouac, Jack (1989). En el camino. Barcelona: Anagrama, p. 26.

3. Fernández, Cristina (2010, 29 de agosto). Las cicatrices de Nueva Orleans. El Confidencial (Crónicas del Imperio). Recuperado de http://blogs.elconfidencial.com/mundo/cronicas-del-imperio/2010-08-29/las-cicatrices-de-nueva-orleans_437911/.

4. García Casado, Cristina (2015, 28 de agosto). Una Nueva Orleans más hispana tras el Katrina. El Día.es. Recuperado de http://eldia.es/agencias/8272388-KATRINA-ANIVERSARIO-Cronica-Nueva-Orleans-hispana-Katrina.

5. Florida, Richard (2002, mayo). The Rise of the Creative Class. Why cities without gays and rock bands are losing the economic development race. Washington Monthly. Recuperado de http://www.washingtonmonthly.com/features/2001/0205.florida.html.

6. Marsalis, Wynton en Douglas Brantley (2015, 21 de septiembre). New Orleans, Hurricane Katrina and the Rise of Voluntourism. Recuperado de http://www.wheretraveler.com/.

El pan de cada día

He visto a gente en los locales de ‘fas fú’ comiendo sin hambre, con la cabeza gacha y los ojos perdidos. Los he visto, te lo juro, masticando como si ingerir los alimentos fuera parte de un proceso intermedio entre escoger el pan, los vegetales, pasar la tarjeta y cagar antes de volver a sus diminutas estaciones de trabajo en la oficina.
Hay quienes se sientan frente a las ventanas a ver el mundo pasar, contemplando a la gente en bicicleta con un poco de nostalgia, como diciendo “yo también estaría ahí si no hubiese olvidado ponerme el bloqueador solar…”.
mujer

La calle siempre fue la mejor cancha

Me siento, hablando de fútbol, como la intelectual que no quiere salir del clóset. El fútbol no me gusta, ¡me encanta! Sin embargo, durante los cuatro años que tarda en llegar el Mundial puedo disimular muy bien que sé qué es un hat-trick frente a mis amigos ―fervorosos lectores de Borges (aquel que decía que el fútbol es universal porque la estupidez es universal)―; puedo esgrimir también ―y con consciencia― todos los argumentos en contra que me enseñó el haber estudiado sociología: la violencia innecesaria, el racismo, los sueldos desmedidos de los jugadores, el chovinismo, los golazos que nos meten con la ley de aguas mientras hay partido y demás. Pero lo que no puedo, ni por un segundo, es dejar de decir que tiemblo cuando se cobra un penal en algún partido; pero más que eso, cuando pienso en fútbol, pienso en mi papá contándome cuando jugaba en la calle en la ciudadela México y había una frase, que para un niño, lo resumía todo en el mundo: “si ponchas el ‘bleris’, me respondes”.

Hace algunos años llegó a mí La Cofradía de los Celestinos de Stefano Benni (Siruela, 1994), una irreverente crítica a nuestra sociedad en la que un grupo de niños huye de un orfanato para participar en el Campeonato Mundial de Baloncalle, desencadenando una furiosa persecución por parte de los poderes fácticos de Gladonia. El Gran Bastardo, enigmático e invisible inventor del anhelado y muy secreto torneo, ha elegido a Memorino, Alí y Diostecríe Luciano, alias ‘Lucifer’, del orfanato de Santa Celestina, como uno de los equipos que se debatirán el primer lugar jugando bajo el nombre de La Cofradía de los Celestinos. Los niños van en busca de los míticos hermanos Finezza, glorias del baloncalle, y en su periplo nos enseñan un universo lleno de la tenacidad perpetua e inocente de las causas infantiles y la ilusión de bienestar en un mundo sobreexplotado y triste. Yo pensaba que algo así debía existir y que sería maravilloso y me dormía pensando en que ojalá los niños no tuvieran que comer nunca más la col que les daban los padres Zopilotes en el orfanato.

Mientras se desarrolla la Copa de la FIFA con toda su cara oscura, en Brasil, del 1 al 12 de julio tomará lugar el Mundial de Fútbol Callejero. A él irán siete jóvenes que conforman la selección ecuatoriana (4 varones y 3 mujeres). Este otro Mundial reunirá a 300 jóvenes en situaciones de riesgo provenientes de 26 países de todo el mundo. El evento es organizado por el Movimiento de Fútbol Callejero, una red que se expresa como una fuerza política en defensa de los derechos humanos, de la paz y de la diversidad. Los equipos están conformados por jóvenes que se han destacado en sus comunidades y, mediante el juego, han adquirido herramientas para afrontar la vida.

Las reglas, como en cualquier partido de la calle, se concilian entre los 2 equipos. (Como cuando decías: “es falta si el otro se lastima o llora”; o si ya es muy tarde: “mete gol, gana”; “el partido se acaba si al dueño del balón le llama la mamá…”). Aquí no hay árbitros sino mediadores que facilitan las etapas del juego y el diálogo entre los participantes. De esta manera, el mismo juego que a ratos nos da sarna y nos indigna, se torna una herramienta poderosa para la mediación de conflictos, formación de liderazgos, desarrollo de grupos y organizaciones comunitarias. Se mantienen la alegría y la ilusión. Uno puede salir cantando como esos niños que menciona Galeano en Fútbol a sol y sombra: “ganamos, perdimos pero igual nos divertimos…”.

El 12 de julio se jugará la final en un estadio montado en una de las avenidas principales de la ciudad de Sao Paulo, la av. Ipiranga. Me habría encantado que mi papá-niño y los Celestinos pudieran ir a jugar.

 

Esta columna fue escrita para una revista local, pero en vista de los últimos acontecimientos, mejor que viva en el blog.

Guaya-kill city nos va a reventar…

“La entrada es gratis, la salida vemos…” dice un tema de Charly Gracía. Así se resume lo que nos pasa con Guayaquil: llegamos, nos trata bien, nos da de comer y beber, ¡hasta bailamos!, siempre pensando que algo malo va a pasar pero nunca pasa —hasta el final—. El momento en que tenemos que irnos, nos da la patada.

El saldo que tiene Guayaquil con nosotros incluye una nariz fisurada, $ 2.500 en equipos de música perdidos por robo, dos pérdidas de vuelo en un mismo día, y claro, la joya de la última visita. No sé por qué insistimos en volver.

El viaje de vuelta a Quito desde Guayaquil empezó el domingo a las 13:30 cuando salimos del hotel camino al terminal de Transportes Ecuador.

Domingo Día de la Madre: A las 14:00 partió la unidad en medio del típico calor sofocante al que no hay neuronas que puedan sobrevivir.

Las primeras horas de viaje fueron comunes y sin mayores sobresaltos: se proyectaron las clásicas películas de violencia innecesaria que todos amamos, las señoras se quejaron porque el baño no estaba abierto y había que llamar cada vez al oficial ―un guambra medio mal genio al que parecía molestarle hacer su trabajo―; se dieron las paradas respectivas en Babahoyo, Quevedo y a las 20:00 en Santo Domingo para comer, la mayor parte del camino ya había sido recorrida.

Hora y media después, el bus se detuvo en en medio de la nada y el chofer pasó donde los pasajeros. “Señores, tengo que informarles que no podemos pasar porque ha habido un ‘derrumbo’ más adelante, por Tandapi, por el aguacero y está cerrado el paso; por Los Bancos tampoco podemos ir porque por ahí se ha ido la mesa de la carretera, vamos a tener no más que esperar aquí”, y dicho esto, el bus estalló en reclamos y en llamadas telefónicas para intentar avisar que nos habíamos quedado. No faltó quien increpara al conductor por no haber previsto el percance del que seguro debían haberle avisado temprano, hubo quien propuso que “en lugar de estar perdiendo el tiempo aquí mejor vamos por Riobamba”. Se hicieron miles de preguntas sobre las posibilidades, otras tantas quejas porque “¿cómo es posible que no haya maquinaria con estos aguaceros?” y alguien respondió: “porque resulta que hasta los maquinistas tienen mamá”. Todos opinaron y se llegó a un consenso, habría que esperar lo que autorizara la central desde Quito, si permitían el uso de una ruta alterna habría que apoyar con dinero para el diesel. Por ahí alguien gritó “bueno jefe, pero mientras, ponga una peliculita…” y el bus en pleno estalló de nuevo, pero en carcajadas.

Mientras se esperaban noticias, el chofer de otro bus de la cooperativa Macuchi haría de avanzado en una camioneta para ver si se podía pasar. Conforme pasaban los minutos la fila iba haciéndose más larga y solo se escuchaban los ecos de la radio haciendo los últimos reportes del estado de la vías y unos cuantos borborigmos. Al final, lo que se decidió fue que todos los buses debían volver al paradero en santo Domingo y esperar hasta las 6:00 a que llegue la maquinaria. Y así se hizo.

La noche pasó entre juegos de cartas y cafés. Dieron las 6:00 y todavía no había paso, para entonces la policía ya regulaba la llegada de nuevos vehículos. Cerca de las 8:00 los buses empezaron a salir para ganar puesto en la fila de salida. Cerca de las 11:00 aún no llegábamos al mismo punto donde el bus se tuvo la noche anterior cerca de Alluriquín. A las 11:40 los buses empezaron a encender motores y avanzar despacito. A las 13:43 el bus llegaba a la terminal de la Juan León Mera, cerca de 24 horas después de haber empezado el periplo.

El viaje no hubiera sido tan malo si a algunos de los que pararon a comer, la merienda no les hubiese dado —como se dice vulgarmente—­ ‘churreta voladora’. Yo incluida…

¿No me cree, pinche aquí para que vea?  Las desgracias de la gente son noticia.

Baires y esos pétalos de sal

Una nunca puede estar segura de haber estado ahí, pero tiene fe en lo que dicen las fotos.

Cúmulo de imágenes más que desordenadas de lo que nos trajimos del sur. Hay capturas, claro, que no caben en ninguna cámara y otras, que por lo fijas que están, no requieren otro soporte que el que se carga sobre los hombros. Que la cámara se quede sin batería juega también un papel importante…

Lollapalooza_entradas

Lollapalooza 2014

Lollapalooza

Lollapalooza 2014 Hipódromo San Isidro

Bandoneon

Buenos Aires, Camininito

Casa Rosada

AndyT_smile

Andrea Torres Armas, San Telmo

Tango  Quilmes_sushi  nosotros que nos queremos tanto

Mafalda en San Telmo

Ateneo

Librería Ateneo Gran Splendid

Bibliofilia

Bibliofilia, street art

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Tobi Mena, afueras del Teatro Colón

Luz     cuerdas  La fe  Caminito

Spinetta

Illya Kuryaki and the Valderramas, homenaje Luis Alberto Spinetta

Savages

Savages

Pixies

Black Francis, Pixies

Illya Kuryaki and the Valderramas

Vampire weekend

Vampire Weekend

Red Hot Chilli Pepers

Red Hot Chilli Pepers

Lollapalooza 2014

Lollapalooza 2014

Soñando en Vindravan y otras historias de ellas

Y bueno, resulta que un día encontré en mi bandeja de entrada un mensaje que decía: “Soñando en Vindravan ya es una realidad”. Tras años de abulia escritoril y bloguera, la noticia de la publicación de uno de mis relatos ‘Inferno, estación penthouse’ en el libro Soñando en Vindravan y otras historias de ellas, me sacó del letargo.

Mi relato fue escogido como uno de los finalistas del Premio Internacional de Narrativa Femenina Bovarismos 2014, organizado por La Pereza Ediciones.

¿Qué van a encontrar aquí? La contraportada responde:

El lector encontrará en sus páginas ficciones escritas por mujeres, sí, mas no literatura feminista, ni siquiera literatura femenina, sino simple y llanamente, Literatura, así, con mayúscula.
Las historias transitan del amor al desamor, de la cercanía a la distancia, del placer más puro al más insondable dolor. Pasan, eso sí, todas pasan, por la voz de una mujer, pero no de una mujer cualquiera, sino del tipo de esas que tienen mucho que decir.

Y ya, si se les antoja leer esas historias pueden adquirir el libro en este enlace de Amazon.

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Saludos, señoras y señores. Luego de esta noticia, me voy cantando y bailando…

 

el globo o las demás visiones sobre la fe

-Relatos en diferido-

 

Veía hoy, sábado gris, unas cuantas visiones sobre la fe: la historia de Antes de que anochezca, la vida de Reynaldo Arenas; los días en que ser escritor, loco, anticastrista u homosexual estaba prohibido.  Con un poco de decepción y con asombro veo que las cosas del todo no han cambiado.

Resulta tan imposible construírse un globo para fugarse del mundo, como embarcarse en un barco de papel para intentar cruzar el mar de los Sargazos.

Ya no se si busco una quimera: una casa pobre con una cama limpia donde pasar la noche, un pedazo de cielo sobre la cabeza que pueda robar para llamar mío.  Una noche de viernes abrazada a un hombre sin temor a que se abra la puerta y tener que huir por la ventana.

¡Me han cerrado la vía por reparaciones! suspiro un poco y sueño, espero a que me descubra el alba entre sus brazos y llegue un susurro, un simple -buenos días amor, no te cubras, estamos en casa-. 

Andrea Torres Armas

de vuelta en casa

A tres días de llegada al maravilloso mundo real, empiezo a  procesar información que entraba y hasta ahora está teniendo válvula de escape. Fue un viaje fantástico: me dejó miles de recuerdos, buenos ratos con gente que se extraña, gente nueva que se ha de extrañar, dudas aclaradas, miedos cayéndose por los sifones o tirados a la basura junto con un vaso de ron robado de no se qué bar en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…

Faltó tiempo para conocer, siempre va a faltar cuando todo es nuevo; sin embargo, he de admitir que sobraron ciudades estando sola.

Es maravilloso descubrir que mucho más lejos de lo que habría imaginado, en una isla a las 10:30 de la noche, un ocaso me acercaría a casa, él tiene el brillo del sol.

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El lugar donde se juntan los polos

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Quito, 21 de junio de 2007.

El lugar donde se juntan los polos
(comunicado público)

Escribo con asombro e ilusión, los mismos sentimientos que tuve un lunes de hace tres años cuando iniciaba mi diario de viaje, un cuaderno cualquiera titulado “Bitácora de paranoias”.  En la primera página había un reloj, media mariposa, y una inscripción latina rezando –quid rides? mutato nomine, de te fabula narratur- (y vos, ¿de qué te ríes? Si cambiaras el nombre sería tu historia).

Nada sería igual –ya lo dijo el Duende- y vaya que si yo se de eso.  Un sin número de puertas se abrieron, tuve reencuentros anhelados, cabos que se ataron y desataron para cambiarme la vida, episodios paranoides, encontrones con la realidad, magia, mucha magia y varios hallazgos inesperados que hicieron, y aún hacen, que el mundo sea diferente.

Más feliz.

Iba con la idea de dejar de fumar, de escalar montañas, de desenamorarme y acatar las reglas que me fueran entregadas; nunca consideré que me entregarían un folleto con la portada impresa y las reglas en blanco, que cuando las conocí, las rompería todas (hasta la 11, y eso que era difícil); que fumaría más, que pararía en un hospital paupérrimo una madrugada, que encontraría a la Cofradía de Baco y la Comunidad del Tornillo, que sería parte de la Comisión Internacional de estandarización y normativas del 40, que la Ruta Inka sería en realidad la Ruta de la Inkacola y el Seco de chivo; que sufriría los estragos de la oxitoxina, que le escribiría un ensayo breve a esta sustancia, y que a estas horas, aquí, estaría enamorada del mismo tipo con el rompí un pacto, que ahora sería más yo, y casi un ejemplo de píxel.

Mientras escribo esto tengo miles de destellos mentales, recuerdos de abrazos, miradas, silencios, sonrisas, lágrimas, rostros y nombres –por cautela- innombrables.  No se si sirva de algo decir que tengo nostalgia, que por varios de esos innombrables me tomaré un café y un cigarrillo frente a mi ventana.  Que he esperado mucho para dar señales de vida que quizás no importan, que tengo hoy más que nunca clara la idea de que el Ecuador, no es una línea imaginaria es el lugar donde se juntan los polos, o que es al menos, el punto de partida.

¡Salud por el solsticio de verano!

Andrea Torres Armas.