LAS OLAS, DE VIRGINIA WOOLF | reseña sobre un cuerpo que lee

Yo

Leo. Me acuesto bocabajo y noto cómo, de repente, mi cuerpo emula el vaivén de las olas.
Se repliega sobre sí mismo.
Se expande y se contrae: mi pelvis como las palabras.
—Sal.
—Silencio.
—Espuma.

Estoy siendo por fuera del tiempo. Me dilato.
Nadie puede acceder a lo que pienso verdaderamente.

La exteriorización de las palabras puede falsear el mundo, pero el cuerpo no puede falsear el ritmo.

Soy las palabras deslizándose desde mis ojos hasta la entrepierna.

Ella


«I am writing to a rhythm and not to a plot».

Virginia Woolf


El espacio entre las dos

Dice Bernardo: «Nuestras palabras nos funden el uno en el otro. Y entre ambos, formamos una especie de territorio impregnable» (p. 11)*.

Eso somos hoy, Virginia. Palabras formando territorios. El pliegue de las olas sobre sí mismas. Aquel que cree que su cuerpo es rizoma y se extiende al universo. Él pasando a ella que piensa en otro. La multiplicidad.


Pienso en esta obra y no puedo dejar de emparentarla con el Ulyses, de James Joyce; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust y, aunque posterior, La nave de los locos, de Cristina Peri Rossi.

Creo que este texto se podría analizar desde Borriaud y su idea del radicante; desde Deleuze y el rizoma. Pienso en dos elmentos esenciales: la novela como subversión cognitiva y el relato en sí mismo como creador de sentido


¿Cuál es nuestra posición como lectores frente a un texto?

* Referencia bibliográfica: Virginia Woolf, Las olas, trad. de Lenka Franulie (Facultad de Ciencias Sociales-Universidad de Chile, 1996-2000).

La sirena negra: el seductor canto de la muerte | Reseña

Breve reseña de la novela de Emilia Pardo Bazán, publicada en 1908.


Del relato homérico aprendimos las advertencias que le hiciera la soberana Circe a Odiseo para cuando se cruzase con las sirenas:


Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil —que sujeten a éste las amarras—, para que escuches complacido, la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos te sujeten todavía con más cuerdas[1].

Odiseo y las sirenas

¿Hay alguien que nos advierta sobre la seducción que ejercen los cantos de la muerte sobre los hombres? Quizá pudiéramos aventurarnos a decir que lo hace Emilia Pardo Bazán en La sirena negra, publicada en 1908. Difícil de encasillar en un movimiento específico, esta novela juega con los lindes del realismo, del naturalismo y aun con el surrealismo.

Las reflexiones teosóficas y sobre «la Seca» —alegoría de la muerte— son el centro de las cavilaciones y el eje conductor de las acciones de Gaspar de Montenegro, el protagonista de esta obra: un aristócrata potentado desilusionado de la vida. La narración, mayoritariamente en primera persona con diálogos interpolados, se inicia in medias res, mientras Gaspar camina en medio de la noche, presentando así los rasgos de una ciudad cosmopolita. La narración está en presente, aunque recurre a analepsis y prolepsis para darnos a conocer la vida, no solo de Gaspar, sino la de su hermana, Camila; el pequeño Rafaelín, objeto de sus afectos (no es un decir, existe una cosificación del infante), quien será adoptado por Montenegro tras la muerte de Rita Quiñónez para satisfacer el ansia de paternidad del desencantado.

Como un rasgo propio del naturalismo, ecografía de la vida de inicios del siglo XX, la obra abunda en descripciones de situaciones y lugares que nos acercan a la psicología de los personajes. Con un lenguaje refinado y preciosista, la obsesión con la muerte se expresa constantemente. La situación de privilegio del varón aristócrata se manifiesta no solo en los modos de vida, sino también en la asimetría de las relaciones de poder que ejerce sobre su herma, a quien mira como inferior en dotes y carácter, e incluso con Annie, la preceptora del niño, cuyo cuerpo será también objeto de deseo y que terminará violentando solo para dar cuenta de que la violencia y el poder se ejercen sobre los cuerpos vulnerables solo porque se puede.

Narrada con gran maestría, esta novela hace gala de diversos recursos narrativos que nos llevan a presenciar las aspiraciones más nobles y los deseos y actos más concupiscentes del hombre, no del ser humano. Al respecto, nos dice el protagonista en un soliloquio: «El “género humano” es el vocablo más vacío de sentido; no hay humanidad, hay hombres»[2].

La danse macabre

Particular atención merece el capítulo quinto, que se desmarca del resto de la obra para, en un flujo de consciencia, llevarnos por un sueño premonitorio de la muerte que evoca a las Danzas macabras tardomedievales.

La muerte, indefectible e inescrutable, se presentará ante Baltazar, pero no le alcanzará. Los cantos de la Sirena Negra, que acapararan la vida entera de este hombre, serán el augurio de ese montón de huesos humanos putrefactos que se presentan ante cualquiera que no sea Ulises.


[1] Homero, «Canto XII», Odisea (Madrid: Cátedra, 1987), 40.

[2] Emilia Pardo Bazán, La sirena negra (Biblioteca Virtual Universal-Editorial del Cardo, 2006), 2.


Sobre la autora

(La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de mayo de 1921). Condesa de Pardo Bazán, novelista, periodista, feminista, ensayista, crítica literaria, poeta, dramaturga, traductora, editora, catedrática y conferencista española, introductora del naturalismo en España. Aunque se postuló tres veces, nunca llegó a ocupar un lugar de la RAE. Ciertos ‘caballeros’, miembros de la Academia, como Juan Valera, se opusieron a su incorporación aduciendo ‘argumentos’ como que su «su trasero no cabría en uno de los sillones de la RAE».

Peces de ciudad

Relato de ficción que proyecta una catástrofe ambiental dentro de diez años. Quisiera que fuese una distopia futurista y no una predicción que de que «El mar era un cementerio sinuoso».

No podía recordar la última vez que entró a un lugar que no tuviera el aire acondicionado encendido. La idea de una temperatura ambiente agradable se había convertido en algo lejano; hacía tiempo que los termómetros no bajaban de los 35 °C. Cuando el mozo se acercó, pensó —con cierto pudor— que era demasiado temprano para pedir cerveza, pero la sed era más fuerte y aún tenía que hacer tiempo. Minutos después, mientras miraba una gota de agua deslizarse por la superficie del vaso recién salido del refrigerador, imaginó que su frente y espalda debían verse igual, empapadas de sudor.

Antes de salir, escuchó la conversación de la mesa de al lado y recordó que debía volver a untarse el bloqueador solar y ponerse la camiseta de mangas largas para evitar las quemaduras. —Ayer el bebe salió quince minutos y regresó rojito como camarón, ya no se puede andar así nomás.

Ataviada y con la maleta al hombro, se encaminó hacia la playa.

Un destello verdiazulado se reflejaba sobre el mar y se emocionó. Apretó el paso, pero al llegar junto a las fibras pesqueras, la imagen que se había figurado se vio corrompida. Miles de botellas plásticas se balanceaban con la marea confundidas con un montón de cadáveres de peces flotando panza arriba. La basura se extendía en el horizonte y el olor fétido se le instaló en el hipotálamo. Hubiera querido descalzarse, extender una toalla y después zambullirse en el mar, pero ya no había ni arena, sino un sinfín de micropartículas plásticas bajo sus pies. El mar era un cementerio sinuoso.

Hace varios años había escuchado de unas islas flotantes en el Pacífico, en el Índico y el Atlántico. Una especie de ingenuidad juvenil le había hecho querer viajar allí, pero cuando descubrió que las islas eran toneladas de basura y no los Uros oceánicos que se había imaginado, se horrorizó. Ahora sabía que esas islas se habían convertido ya en algo similar a las placas continentales y la contundencia de la estupidez humana le pesó sobre los hombros. Hubiese querido que su abuela estuviera ahí. No, mejor no, se hubiera muerto de nuevo del coraje. Ana había escuchado cien mil veces la misma discusión en las reuniones familiares:

—¡Ahora tanto adefesioso comprando platos desechables! Para no más de comer y luego lavar, andar gastando en tonteras.

—Ay, mamá, ¿quién va a estar lavando todo esto? Así es más fácil.

Su abuela sabía. Ana no entendía cómo, en cambio, alguien como su mamá pensaba que era fácil extraer petróleo, procesarlo, convertirlo en plato, distribuirlo en su supermercado de confianza para ser usado por menos de media hora y que luego este regrese a la tierra de la que, inicialmente, nunca debió haber salido.

Escuchó su nombre y se volteó. El resto del equipo de biólogos acababa de llegar. Debían empezar la recolección de muestras. Desde que los plásticos inundaban el mar, los peces que no habían muerto habían tenido que adaptarse. Eran como esos barquitos que vendían dentro de botellas de cristal: diminutos, rígidos y como embalsamados. Peces dentro de escaparates. Peces de ciudad. Ana tendría que averiguar si el consumo de esta mutación tendría efectos dañinos o si era una opción viable, ahora que ya no había nada más.

Este texto fue publicado originalmente por Diario EL TELÉGRAFO (31/12/2019) bajo la siguiente dirección: 
https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/10/plasticos-playas

De epitafios y marionetas / Reseña de Toque de queda

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 152 de la revista CartóNPiedra

Sobre Toque de Queda (La Bestia Equilátera, 2014) de Jesse Ball
Por Andrea Torres Armas.

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“La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción
en el cual vivimos es la regla. Debemos adherir a un concepto de
historia que se corresponda con este hecho”.
Walter Benjamin

Está bien, lo admito, hasta que descubrí los libros de Neil Gaiman me saltaba los prólogos —aunque eso es otra historia—. Si uno va a leer un libro no necesita saber qué piensa otro sobre él. Corremos siempre el riesgo de que los prólogos busquen emparentar escrituras, comparen autores, creen herederos innecesariamente, anuncien fábulas y paratextos… Sin embargo, cuando abrí Toque de Queda, el prólogo de Luis Chitarroni (Editor del Año de la Fundación El Libro) me atrapó —tengo una debilidad por los textos que inician con epígrafes de temas de Radiohead—, pero lo fundamental es que allí se plantea si luego de monstruos de la literatura vale la pena seguir escribiendo.

En la contratapa se nombra a Kafka, Murakami y Miyazaki. Como si cuando uno se enfrenta a un autor nuevo tiene que sí o sí meterlo en alguno de los cajones preexistentes, no importa si nos gustan o no.

La distopía: una niña muda, inteligente e intrépida. Un padre exviolinista que trabaja redactando epitafios de esos que uno quisiera tener en su lápida al morir. Una vida de pequeñas alegrías y grandes privaciones. Una madre desaparecida. Un gobierno totalitario, un asesino difuso que todo lo alcanza. Una pareja de ancianos titiriteros. Un disimulado teatro de marionetas en el que termina de cobrar forma la historia que el narrador no quiere contar.

“Uno recordaba que el mundo había sido distinto, y hasta hacía poco tiempo. ¿Pero en qué? Esta era la pregunta que carcomía a los que no podían evitar hacerse preguntas”.

Estos pocos elementos le bastan a Jesse Ball, narrador, poeta e ilustrador (Nueva York, 1978) para ofrecernos una novela profundamente conmovedora (la tercera a su haber, primera en ser traducida al español).
Esta es una obra engañosa, se lee con facilidad pero a ratos es hermética, casi como un voto de silencio que guarda todo el dolor y la extrañeza y la perplejidad que conlleva estar vivos.

Gracias a una serie de ardides tipográficos, diálogos y pausas, Ball logra presentarnos, muy a su manera —con una prosa sobria y exacta—, una especie de teatro aleatorio en cada página en el que bien podríamos ser los lectores sus marionetas y plantear con su obra, no si vale la pena seguir escribiendo, sino una nueva forma de leer, de experimentar la lectura.
Quid rides?, mutato nomine de te fabula narratur (Vos, ¿de qué te ríes, si cambiaras el nombre sería tu historia?) —dice una cita de Horacio.

Es cierto y Jesse Ball nos lo recuerda.

En este enlace de la editorial pueden leer el primer capítulo de la novela.