Clarice Lispector: «Vivir es mi código y es mi enigma»

Collage elaborado por Marcela Ribadeneira (cortesía de la autora)

Pueden ver más de la obra de Marcela haciendo clic sobre su nombre.

Este texto fue publicado originalmente en la edición de marzo 2020 de CartónPiedra.

■ Revelación de lo mínimo

Ser hija de Mania —tal era el nombre de su madre— fue determinante en la escritura de Clarice. Si cambiásemos una tilde en el nombre materno, la escritora habría sido hija de manía. En cualquier caso, Chaya Pinkhasovna, su apelativo original, es, de acuerdo con la mitología, hija de una diosa: Mania era la diosa de la muerte en la mitología etrusca y romana; Manía, en cambio, una de las deidades griegas de la locura. Una tilde de diferencia y hubiera cambiado todo el marco referencial, aunque quizá no su sino.

La madre de Clarice —dice Benjamin Moser— fue violada en la Primera Guerra Mundial y contrajo sífilis[1]. En el este de Europa la creencia popular decía que un embarazo podía sanar a una mujer afectada por esta enfermedad, así que Clarice nació de este afán de salvación, al que le sobrevinieron la frustración y la culpa. La madre murió diez años después de su nacimiento. Tener consciencia de los propósitos para su existencia, marcó su literatura.


«Para llegar a uno mismo hay que pasar por el otro, para ser sujeto hay que ser primero objeto y arte: al menos así ocurre en la mejor literatura», dice en un texto sobre Clarice Lispector Jorge Carrión del New York Times.

Clarice es arte, es lenguaje, es lo que escuece y devenir. Su obra es una incesante reflexión sobre el lenguaje, sus límites y lo que se escamotea en las palabras. La tentación del silencio. Entre sus textos se encuentran lo mismo novelas, cuentos, crónicas, textos inclasificables, que consejos de seducción en revistas de moda —la belleza de la frivolidad—, reflexiones sobre la modernidad y el desarrollo, el concepto de saudade o la imperiosa necesidad de escribir. En ella se conjugan «la mirada, a la vez visionaria e implacable, la consagración del instante y la importancia de lo aparentemente banal»[2]. Su obra es, como el título de uno de sus libros: la Revelación de un mundo; la revelación de lo mínimo.

La autora de Cerca del corazón salvaje no solo es considerada, junto con Guimarães Rosa, la gran escritora brasileña de la segunda mitad del siglo XX, sino que su obra es uno de los objetos de estudio favoritos de la crítica. Aunque gozó de reconocimiento en Brasil mientras vivía, las traducciones e internacionalización de sus obras la consagraron.

Pero hay también en la obra de la brasileña un cierto hermetismo, una pulsión de lo abyecto, lo ominoso, que se articula en lo que Yudit Rosembaum, crítica literaria paulista especializada en la obra clariciana, llama «una potencia revolucionaria de lo que se entiende como el ‘mal’»[3]. Jorge Luis Barrios, en su ensayo El cuerpo disuelto: lo colosal y lo monstruoso, dice que, en el arte de posguerra del siglo XX, pasando por los escritos de Bataille, Gênet, Lispector, Burroughs, hasta las estéticas ciborg, buena parte de la producción profundiza «en lo informe para subvertir los usos ideológicos de lo bello y lo sublime». En los autores mencionados habría una problemática «de la destitución del sentido moderno del sujeto y de los usos sociales, políticos y morales de la burguesía, y las contradicciones y perversiones que anidan en su discurso»[4].

Es así como llegamos a una de las novelas más sobresalientes de Lispector: La pasión según G. H., publicada originalmente en 1964. Con esta obra, la autora pone de manifiesto conflictos de clase que la sociedad brasileña había mantenido ocultos. La obra se desarrolla enteramente en la habitación de la empleada —que ha sido despedida— y nos permite, por un lado, una lectura sobre la clase burguesa aún dependiente del servicio doméstico —ligero vestigio colonial—, a la vez que devela una mirada sobre lo urbano, lo doméstico y lo animal. Pero más allá de esta lectura, podemos abordar la obra desde un punto de vista filosófico que expande las posibilidades de aproximación.

En La pasión según G. H., Lispector comienza una autoexploración que termina siendo una renovación vital que nos introduce en el devenir menor.

G. H., ceramista y personaje central de la novela, se encuentra haciendo la limpieza del cuarto de Janair, la expleada y, a partir del encuentro con una cucaracha en el armario —a la que termina matando y, finalmente, ingiriendo— comienza una autoexploración que termina siendo una renovación vital que nos introduce en uno de los conceptos más interesantes de la filosofía contemporánea: el devenir menor, planteado por Deleuze y Guattari.


Una breve explicación: François Zouravichvili, explicando a Deleuze, nos dice que ‘devenir’, es en primer lugar, cambiar y mudar las relaciones con los elementos habituales de nuestra existencia. Esto a la vez, implica «la inclusión la un afuera: entramos en contacto con algo distinto de nosotros mismos, algo nos pasó». En segundo lugar, implica un encuentro: «uno se convierte a sí mismo en otro que en relación con otra cosa»[5].

En el ensayo «De arañas y cucarachas: Devenir-animal y la potencia de lo abyecto. Un acercamiento a La pasión según G. H. y Aracne»[6] se plantea que este proceso se realiza en dos instancias, primero, la protagonista deviene mujer-sí-misma en cuanto toma consciencia de sí; y, en segundo lugar, deviene animal, cucaracha, por medio de la ingesta, pues halla una zona de indiferenciación: «Tenía yo en la boca la materia de una cucaracha, y por fin había realizado el acto ínfimo. // No el acto máximo […] Por fin mi envoltura se había roto realmente, y yo era ilimitada. Por no ser, yo era»[7]. G. H., en uno de los fragmentos enuncia la fórmula del devenir menor (N-1) propuesta por Deleuze y Guattari en Mil Mesetas: «Cuando me hallaba sola, no se producía un desfondamiento, tenía solamente un grado menos de lo que yo era»[8]

Igual que sucede con Proust o Kafka, la literatura se anticipa al pensamiento de Deleuze y Guattari, pues el libro de Lispector se escribe catorce años antes que la enunciación de la fórmula del devenir. Acontece en la obra de Lispector lo que en dijera en Un soplo de vida: vivir se convierte en un código y un enigma.


[1] Esta es una teoría planteada por Benjamin Moser en Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector (Siruela, 2017); sin embargo, no es un hecho probado.

[2] Elena Losada Soler (2001). «La palabra visionaria», Revista de libros.

[3] Yudit Rosembaum (2006). Metamorfoses do Mal: Uma leitura de Clarice Lispector. São Paulo: Editora da Universidade de São Paulo, 11-12.

[4] Jorge Luis Barrios (2010). El cuerpo disuelto: lo colosal y lo monstruoso. México: Universidad Iberoamericana, 105.

[5] François Zouravichvili (1997). «¿Qué es un devenir para Gilles Deleuze?», Reflexiones Marginales.

[6] Andrea Torres Armas (2019). Linha Mestra, n.º 38, p. 66-72. DOI: https://doi.org/10.34112/1980-9026a2019n38p66-72

[7] Clarice Lispector (2013). La pasión según G. H., 174.

[8] Lispector (2013: 25).

Las lenguas en Ecuador, entre la vitalidad y la vulnerabilidad

La semana pasada, el 21 de febrero, se conmemoró el Día Internacional de la Lengua Materna. La Unesco instauró este recordatorio hace 17 años, en memoria de 2 estudiantes universitarios asesinados a manos de la Policía durante la marcha del Movimiento por la Lengua en Bangladesh (antes llamado Pakistán Oriental), en 1952.

El Movimiento por la Lengua Bengalí surgió por la búsqueda del reconocimiento de este idioma como lengua oficial de Pakistán. Este acto de intolerancia hacia una lengua distinta de la dominante (el urdu) fue tomado como punto de partida para un homenaje que pretende promover la diversidad lingüística y cultural.

“En un sistema que no permite la existencia de otros modos de vida, el ejercicio de las lenguas no hegemónicas se convierte, de un acto de dignidad y autonomía, en un acto político revolucionario”, dice Sol Aréchiga Mantilla, traductora y lingüista mexicana.

Mapamundi caleidoscopio

Lenguas en el mundo

De acuerdo con la vigésima edición de Ethnologue: Languages of the World del Instituto Lingüístico de Verano, actualmente se estima que alrededor del mundo se hablan 7.000 idiomas (a 2016 la publicación listaba 7.099). La mayor riqueza lingüística se concentra en Asia, con el 32 % de las lenguas del mundo; le sigue África con el 30 %; América, 19 %; Oceanía, 15 % y, finalmente, Europa que con 3 % es el continente con menos diversidad. Papúa Nueva Guinea, en Oceanía —con aproximadamente 3,9 millones de habitantes— cuenta con la mayor cantidad de idiomas diferentes: 830.

Se considera que para que una lengua pueda sobrevivir al paso del tiempo necesita una base de, al menos, 100.000 hablantes. En la actualidad solo 600 lenguas cumplen este requisito. De ellas, entre 150 y 200 tienen cerca de un millón de hablantes. De acuerdo con el portal Infobae los idiomas con el mayor número de hablantes nativos son el chino mandarín, lengua materna de más de 1.000 millones de personas; el indostánico, también conocido como hindustaní —que más que un idioma unificado es un conjunto de dialectos que se hablan en la India y parte de Asia (incluye al hindi y el urdu, idiomas oficiales de la India y Pakistán, respectivamente)—, con 570 millones de personas nativas; en tercer lugar se encuentra el español con 330 millones de hablantes nativos; sigue el inglés con 328 millones, y el árabe, lengua materna de 232 millones de personas.

Las lenguas como forma de comprender el entorno

En el país se encuentran 13 nacionalidades y 10 pueblos indígenas. Cada uno de ellos mantiene su lengua y cultura propias. Desde 2008, la Constitución reconoce al español como idioma oficial, al kichwa y al shuar como lenguas de comunicación intercultural y al resto de las lenguas de las nacionalidades indígenas como de uso oficial en cada una de sus jurisdicciones. La normativa promueve su uso y respeto.

Según Marleen Haboud, directora del proyecto Oralidad Modernidad de la PUCE, Ecuador es un país multiétnico, multilingüe y multicultural en el que existen al menos 10 lenguas indígenas aún vitales; es decir que cuentan con un número representativo de hablantes que las usan en diferentes espacios sociocomunicativos, pero todas enfrentan algún nivel de vulnerabilidad.

En la Costa se encuentran el tsa’fiki (de la nacionalidad Tsáchila), el cha’palaa (Chachi) y el awapit (Awá) de la familia lingüística Barbacoa; también está el sia pedee, de los Épera o Embera, pero es una lengua en riesgo. En la región andina predomina el uso del kichwa o runa shimi, de la familia macro-Quechua, que presenta variaciones dependiendo del pueblo en que se habla.

En la región amazónica se asientan lenguas de las familias lingüísticas más importantes de América del Sur; así, entre los idiomas de la familia Jivaroana están el shuar chicham, el achuar chicham y el shiwiar chicham, de las nacionalidades Achuar Shuar y Shiwiar, respectivamente. Las 2 primeras son vitales, mientras que el shiwiar tiene menor número de hablantes. Además, están representadas las familias Tucano occidental con el paikoka/baikoka de los Siona-Secoya; la familia Zaparoana con las lenguas zápara y andoa, esta última extinta. Las lenguas a’ingae (nacionalidad A’i Cofán) y waotededo (Waorani) no tienen filiación lingüística reconocida.

Mapa de lenguas indígenas del Ecuador

“La lengua es, sobre todo, una forma de ver y comprender el mundo”, dice Oswaldo Encalada Vásquez, filólogo y docente. Es a través del dominio de la lengua materna que se adquieren las habilidades básicas de lectura, escritura y aritmética, pero además, las  minoritarias e indígenas transmiten culturas, valores y conocimientos tradicionales únicos y desempeñan un papel importante en la promoción de los futuros sostenibles. Por ello es que se busca su inclusión en entornos digitales y el mundo de internet.

La preservación de la lengua materna es esencial para garantizar que todas las poblaciones logren un acceso real a una educación de calidad. Distintos organismos internacionales buscan concienciar a la población sobre la eliminación de las diferencias lingüísticas que solo generan límites para las poblaciones minoritarias.

Jhony Calazacón, tsáchila, dice: “Miranun fi’ki piyapulenan junte jera inojoe miranun, juntechi kiran tsajoe yape in miranunka panshi tu’chun” (La desaparición de una lengua implica una pérdida importantísima e irrecuperable de conocimientos. Cada lengua es un inventario del mundo). “Nukanchik shimi chinkarikpika ñukanchikpish chinkarishunmi”, dice Rosa Guamán, kichwa del Cañar; es decir: “si desaparece la lengua, desaparecemos también nosotros”.

Datos

  • Los 10 idiomas más hablados en el mundo son: el chino mandarín, el indostánico, el español, el inglés, el árabe, el portugués, el bengalí, el ruso, el japonés y el panyabí.
  • En el internet los idiomas más utilizados son el inglés, el chino, el español, el árabe, el portugués, el japonés, el ruso, el alemán, el francés y el malayo.
  • Hay 3 lenguas en el mundo registradas con un solo hablante: el taushiro, de la etnia Pinchi del Perú; el kaixana, del pueblo homónimo del Brasil y el tanema, de la isla Vanikoro en islas Salomón.
  • Para que una lengua se considere vital no solo es necesario que cuente con un gran número de hablantes, sino que esta se utilice en el mayor número de espacios sociocomunicativos.
  • En Ecuador la lengua con más vitalidad es el kichwa que tiene presencia en las 4 regiones.
  • En el mundo se hablan 7.099 idiomas.
  • En el país, el tetete y el andoa están extintos.

Este texto fue publicado originalmente en Diario El Telégrafo. Agradezco los insumos y comentarios de amigas y lingüistas como Sol Aréchiga Mantilla y Ellen Rose Campbell. 

La lengua, inventario del mundo

Mapa de lenguas

«Mapa de vitalidad de las lenguas del Ecuador», elaborado por KAL (Karlos Almeida, El Telégrafo, 2017). Fuente: Proyecto Oralidad Modernidad, Ethnologue: Languages of the World y Atlas de las lenguas del mundo en peligro.

«Boto tededo impa boto kewemamo»Esta frase en waotededo —idioma de la nacionalidad Waorani (Ecuador)—, justifica a la perfección la existencia de un día internacional dedicado a las lenguas nativas: «mi lengua es mi vida/mundo».

En 1952, dos estudiantes universitarios de Bangladesh (antiguo Pakistán Oriental), murieron a manos de la Policía durante la marcha del Movimiento por la Lengua Bengalí, que buscaba el reconocimiento de este idioma como lengua oficial de la nación. Este acto de intolerancia hacia una lengua distinta de la dominante (el urdu) fue tomado como punto de partida para un homenaje que pretende promover la diversidad lingüística y cultural. En su honor, hace diecisiete años, la Unesco declaró al 21 de febrero como Día Internacional de la Lengua Materna.

«En un sistema que no permite la existencia de otros modos de vida, el ejercicio de las lenguas no hegemónicas se convierte, de un acto de dignidad y autonomía, en un acto político revolucionario”, dice Sol Aréchiga Mantilla, traductora y lingüista mexicana.

Lenguas en el mundo

De acuerdo con la vigésima edición de Ethnologue: Languages of the World del Instituto Lingüístico de Verano, se estima que alrededor del mundo se hablan 7.000 idiomas (a 2016 la publicación listaba 7.099). La mayor riqueza lingüística se concentra en Asia, con el 32% de las lenguas del mundo; le sigue África con el 30%; América, 19%; Oceanía, 15% y, finalmente, Europa, que con 3% es el continente con menos diversidad. Papúa Nueva Guinea, en Oceanía —con aproximadamente 3,9 millones de habitantes— cuenta con la mayor cantidad de idiomas diferentes: 830.

Se considera que para que una lengua sobreviva al paso del tiempo necesita una base de, al menos, 100.000 hablantes. En la actualidad solo 600 cumplen este requisito. De ellas, entre 150 y 200 tienen cerca de un millón de hablantes. De acuerdo con Infobae los idiomas con el mayor número de hablantes nativos son el chino mandarín, lengua materna de más de mil millones de personas; el indostánico o hindustaní —que más que un idioma unificado es un conjunto de dialectos que se hablan en India y parte de Asia (incluye al hindi y el urdu, idiomas oficiales de la India y Pakistán, respectivamente)—, con 570 millones de personas; en tercer lugar se encuentra el español con 330 millones de hablantes; sigue el inglés con 328 millones, y el árabe, lengua materna de 232 millones de personas.

Patrimonio en riesgo

En el país se encuentran trece nacionalidades y diez pueblos indígenas; cada uno de ellos mantiene su propia lengua y cultura. Desde 2008, la Constitución reconoce al español como idioma oficial, al kichwa y al shuar como lenguas de comunicación intercultural y al resto de las lenguas de las nacionalidades indígenas como de uso oficial en cada una de sus jurisdicciones. Según Marleen Haboud, directora del proyecto Oralidad Modernidad de la PUCE, en el Ecuador —país multiétnico, multilingüe y multicultural— existen al menos diez lenguas indígenas aún vitales; es decir que cuentan con un número representativo de hablantes que las usan en diferentes espacios sociocomunicativos, pero todas enfrentan algún nivel de vulnerabilidad.

En el país están representadas algunas de las familias lingüísticas más importantes de Sudamérica. En la Costa se encuentran el tsa’fiki (de la nacionalidad Tsáchila), el cha’palaa (Chachi) y el awapit (Awá) de la familia lingüística Barbacoa; también está el sia pedee, de los Épera o Embera, pero es una lengua en grave riesgo. En la región andina predomina el uso del kichwa o runa shimi, de la familia macroquechua, que presenta variaciones dependiendo del pueblo en que se habla. En la Amazonía, entre los idiomas de la familia Jivaroana están el shuar chicham, el achuar chicham y el shiwiar chicham, de las nacionalidades Achuar Shuar y Shiwiar, respectivamente. Además están representadas las familias Tucano occidental con el paikoka/baikoka de los Siona-Secoya; la familia Zaparoana con las lenguas zápara y andoa, esta última extinta. Las lenguas a’ingae (nacionalidad A’i Cofán) y waotededo (Waorani) no tienen filiación lingüística reconocida.

«La lengua es, sobre todo, una forma de ver y comprender el mundo”, dice Oswaldo Encalada Vásquez, filólogo y docente. Es a través del dominio de la lengua materna que se adquieren las habilidades básicas de lectura, escritura y aritmética, pero además, los idiomas minoritarios e indígenas transmiten culturas, valores y conocimientos tradicionales únicos y desempeñan un papel importante en la promoción de los futuros sostenibles. La preservación de las lenguas maternas es esencial para garantizar que todas las poblaciones logren un acceso real a una educación de calidad. Es por ello que distintos organismos internacionales buscan concienciar a la población sobre la eliminación de las diferencias lingüísticas que solo generan límites para las poblaciones minorizadas.

Jhonny Calazacón, hablante nativo de tsa’fiki, dice: «Miranun fi’ki piyapulenan junte jera inojoe miranun, juntechi kiran tsajoe yape in miranunka panshi tu’chun» (La desaparición de una lengua implica una pérdida importantísima e irrecuperable de conocimientos. Cada lengua es un inventario del mundo). Huajarai Penti, de la nacionalidad Shuar agrega: «Ii chichamrí amenkaskarkias, menkakamniaitjí, tura ikia, ii nunken tura chichamen, menkakarminiaití». (Si olvidamos nuestra lengua estaremos perdidos. Nos convertiremos en unos pobres individuos sin tierra y sin voz). «Nukanchik shimi chinkarikpika ñukanchikpish chinkarishunmi», dice Rosa Guamán, kichwa del Cañar; es decir: «si desaparece la lengua, desaparecemos también nosotros». Es nuestra responsabilidad que esto no suceda.

NOTA: Las citas en waotededo, tsa’fiki, shuar chicham y kichwa fueron documentadas por el Proyecto Oralidad Modernidad.

Este texto se publicó originalmente en el n.° 279 del suplemento cultural cartóNPiedra, del 5 de marzo de 2017.

Tomoscopios, rock y poesía

tomoscopios

La historia de la música se construye con pequeños fragmentos: con narraciones, sonidos y silencios que se van ensamblando de a poquito, como si fuesen teselas de un gran mosaico. La música nos permite comprender al universo como si lo viéramos a través de un tomoscopio: nos presenta una infinidad de visiones de la realidad, pero sin desprenderse del entorno; aquello que apreciamos está condicionado por el contexto cultural desde el que lo percibimos. El rock y la poesía, el tema que nos atañe, son dos de aquellos espejos dentro del tomoscopio en que el arte se constituye.

Ciertamente la pregunta: «¿Existe relación entre música y poesía?» ha sido respondida innumerables veces, ¿pero qué hay de la relación rock/poesía? La respuesta pasa por cuestiones como que Robert Allen Zimmerman, el genial Bob Dylan, tomara su nombre del poeta Dylan Thomas; o que cuando escuchamos algunas canciones emblemáticas del rock nos referimos a ellas como «verdaderos poemas»; que Morrissey, el exlíder de los ingleses The Smiths abriera su concierto en Quito con poesía de Anne Sexton, o que incluso Spotify ponga a nuestra disposición The writers playlist (en la que encontramos temas como ‘Walt Whitman’s niece’, ‘The Joy of D. H. Lawrence’ o ‘Dear Seamus Heaney’ entre otras joyas). Esta vez abordamos esa relación música/poesía desde otra perspectiva —usualmente bidireccional— para enfocarnos no en cómo la música se proyecta en la poesía, sino en cómo la poesía ha influido directamente en el rock.

De los inicios, la psicodelia y en inglés

Tomaremos como punto de partida la década de los sesenta, una vez superados los inicios del género, cuando el rock and roll empieza a desligarse de los moldes del country, del blues, del swing y el góspel, para pasar a una etapa más underground, con la radicalización de la escena estadounidense en contra de la guerra de Vietnam, en que los versos se tornan más combativos, con ribetes sociales y de denuncia y empieza a convertirse en un ente autónomo, que va de la mano, por qué no decirlo, de la experimentación con las drogas y las percepciones extrasensoriales.

El blog español El batiscafo rojo cuenta que uno de los pioneros en la adaptación del poema social fue el grupo estadounidense The Byrds, que incluyó en su primer LP (1965) el tema ‘The Bells of Rhymney’ del galés Idris Davies, y más tarde, en su disco Fifth Dimension registra una versión de ‘Wild Mountain Thyme’, una balada folk inspirada en un poema de Robert Tannahill, poeta escocés de finales del XVIII y principios del XIX (yo prefiero la nueva versión de Ed Sheeran). Por otra parte, y también en 1965, Phil Ochs (uno de los folk singers que más incursiones hizo en el rock, junto con Dylan) adaptó el largo poema narrativo ‘The Highway Man’, del británico Alfred Noyes, en su segundo disco, I Ain’t Marching Anymore. Leonard Cohen, a su vez, musicalizó en 1988 al García Lorca más surrealista, al de Poeta en Nueva York, en su ‘Take This Waltz’ (del álbum I’m Your Man) cuya letra es la traducción del ‘Pequeño vals vienés’ del poeta granadino. Lorca será un referente para muchos otros como Tim Buckley, que en 1970 tituló uno de sus LP como Lorca, en honor al poeta. En este disco, Buckley, asistido por grandes músicos y un montón de substancias psicotrópicas, intentó traducir la angustia, el desconcierto y la locura del Lorca vanguardista. A diferencia de Cohen, Buckley, que trabajó sus letras originales, no musicalizó, sino que convirtió a sus canciones en «artefactos poéticos»¹ per se.

En la época de la psicodelia, al final de los sesenta, hay un punto de partida en la experimentación en el rock: los músicos se lanzan a buscar referentes en la literatura. Tal es el caso de uno de los temas más emblemáticos del rock ácido, el ‘White Rabbit’ de Jefferson Airplane, que, si bien no se basa en un poema, echa mano de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. De la misma época podríamos mencionar al líder de los primigenios Pink Floyd, Syd Barrett, figura que con ‘Lucifer Sam’, tema dedicado al gato, en el LP The Piper At The Gates of Dawn alude al poema ‘Le chat’ incluido en Las flores del mal de Baudelaire. Barrett destaca por su gran capacidad de componer rimas absurdas, emparentadas con las nursery rhymes inglesas y las fatrasies francesas en temas como ‘Bike’ o ‘Rats’. Como se mencionó, en esta época se intenta ya adaptar materiales literarios a la música recreando la atmósfera particular de la obra literaria. Un ejemplo singular constituye H. P. Lovecraft, combo psicodélico neoyorquino que toma prestado el nombre del gran creador del cuento materialista de terror y autor del enigmático poema ‘Nathicana’; pero más singular aún es el caso de la banda The Doors, con Jim Morrison a la cabeza, que se constituye en una de las agrupaciones de rock con más conexiones literarias.

Empecemos con el nombre: «Las puertas» (originalmente «Las puertas de la percepción») tomado de un ensayo de Aldous Huxley sobre los efectos de la mescalina, un alcaloide con propiedades alucinógenas, cuyo título se inspira en unos versos de The Marriage of Heaven And Hell del poeta inglés William Blake. Morrison intenta traducir el espíritu del romanticismo; de hecho, el mismo Morrison escribió dos libros de poesía (Los Señores y Notas sobre la visión y las nuevas criaturas) en los que rendía homenaje a sus ídolos: Blake y Rimbaud. Luego se mudó a París donde murió, como es sabido por todos, a los 27 años. Sus restos reposan en Père-Lachaise, rodeado de tumbas de los más afamados poetas franceses.

Otro hito a destacar es la publicación del primer disco-concepto del rock, S. F. Sorrow (grabado entre 1967 y 1968 en Abby Road Studios) de The Pretty Things. Este álbum gira en torno a la vida de Sebastian F. Sorrow, un antihéroe. El álbum evoca a los grandes poemas-libro de las vanguardias del período de entreguerras, en especial a La tierra baldía de T. S. Elliot, con el que comparte ciertos paralelismos, como el conflicto bélico de fondo (la Primera Guerra Mundial), las preocupaciones existenciales y ese latente tono melancólico, presente, por ejemplo en ‘Private Sorrow’. Década de los setenta: se empieza a experimentar con el ruidismo y el avant-garde. El rock progresivo alemán (ligado al movimiento contracultural de las comunas hippies y las casas okupa) rompe con las raíces afroamericanas del rock e inaugura el llamado Krautrock², cuyas raíces se asientan en el ruidismo vanguardista de experimentadores radicales como el pintor y músico futurista Luigi Russolo. Por el lado de España, Esplendor Geométrico experimenta con el más salvaje sonido industrial; su nombre procede de un poema de F. T. Marinetti, futurista italiano. A la vez, en los países de habla inglesa, Metal Machine Music de Lou Reed, exlíder de The Velvet Underground, se convierte en un punto de inflexión en el rock experimental, la crítica emparenta a la obra de Reed con referentes de la poesía Dadá como Tristán Tzara, Hugo Ball o Kurt Schwitters.

Este nihilismo subterráneo allanó el camino para el punk, la última eclosión contracultural del siglo XX. El situacionismo, un movimiento subversivo en cuyo ideario lo poético, en el sentido bretoniano del término, era un elemento central, había aterrizado en Londres procedente de París. A finales de los sesenta, uno de los jóvenes que entró en contacto con este situacionismo fue Malcolm Mclaren, creador de los Sex Pistols. A partir del punk, en el rock se vive un período de renovación paralelo al de las vanguardias poéticas y artísticas del primer tercio del siglo XX, algo que se notaba tanto en el sonido como en la estética. La indumentaria personal, los posters, las portadas de discos y libros hechas de retazos de otras obras, remiten al Dadá y a poetas como Hugo Ball cuando recitaban sus textos el mítico Cabaret Voltaire.

La diversidad estilística del rock se amplía enormemente. De aquellos años hay que destacar además un par de músicos/letristas con estrecha relación con la poesía. En primer lugar está Patti Smith, que aparte de las excepcionales letras de sus canciones (con un guiño a los poetas malditos del XIX en su famosa revisión del clásico ‘Gloria’ de Van Morrison) también fue autora de libros de poesía tan desgarradores como Babel (1978) y que más “recientemente”, en el Festival Palabra y música de 2010, le dedicó su recital al chileno Roberto Bolaño, de cuya obra, 2666, dijo que «es la primera obra maestra del siglo XXI». También está Tom Verlaine, en cuyo apellido artístico se revela la influencia parnasiana.

Por el lado del No Wave solo mencionaremos a Sonic Youth, banda que en 1996 le dedicó un tema de su disco A Thousand Leaves a Allen Gingsberg, el gran poeta beat, con motivo de su fallecimiento.

A diferencia del punk, el grunge de los noventa no generó una contracultura. Sin embargo, de estos años se destacan un par de discos con claras conexiones poéticas. Uno es el disco Omega (1998) de los granadinos Lagartija Nick, que recurren a su coterráneo, García Lorca, y que a cargo del cantaor Enrique Morente dan una orientación flamenca a su música. Aparece nuevamente Lou Reed, pero esta vez para rendir homenaje a la genial obra de Edgar A. Poe con ‘The Raven’.

De este lado del mar y en español

Yo crecí escuchando música en español, latinoamericana sobre todo, desde la protesta de la época entre dictaduras —que era la música de mis padres—, hasta el rock argentino que me acompañó en mi adolescencia (ahora también, pero de una forma distinta) y creía realmente que muchas de esas letras eran los «verdaderos poemas» de los que hablé al inicio. Pero hubo un quiebre, algo que me llevó a ver las cosas de una forma distinta: en 2007 estuve en un concierto especial de Platero y tú por las fiestas de Vitoria Gasteiz y, de entre el humo y las luces, apareció primero la voz y luego el hombre: «Soy eterno viajero de sueños e ilusiones.
Soy eterno viajero de amores.…». Esa noche me emborraché con una maravillosa banda sonora, entre los temas figuraban ‘Palabras para Julia’ de Goytisolo versionado por Los Suaves y ‘La canción del pirata’ de De Espronceda, que en la versión musical se llama ‘Con diez cañones por banda’ interpretada por Tierra Santa. Volví a mi casa en Quito con los oídos abiertos, ávidos, y empezaron a aparecer cosas desordenadas, pero llenas de una carga emotiva muy fuerte. ‘La canción de Alicia en el país’ se convirtió en la búsqueda de Charly en el país de las alegorías³; ‘Alicia’ de nuevo, pero de Bunbury, se transformó en la disección de ‘La estatua del jardín botánico’ inspirada en La Monadología de Leibniz de Radio Futura y en el «hoy es siempre todavía» de Machado. Poco después, Alturas de Macchu Picchu, de los Jaivas, se volvió, de manera concreta, ese Canto General de Neruda.

Luego, en un bar de ‘la zona’, aparece Lina Toxel y entre tema y tema se lee algún verso de Andrés Parra; en otro concierto, en otro tugurio, La cruel jarana y los adorables mutilados de la Batalla de Pichincha declama el ‘Canto primero de Altazor’ de Huidobro y se me viene la sonrisa que me asegura que voy a dormir bien, porque gracias a no sé qué dios existen rock y poesía.

NOTAS

  1. En los artefactos, el decir poético y el texto mismo se reducen a una unidad en la composición: el fragmento. Un fragmento utilizado como un dispositivo verbal que cuando el lector lo descifra, estalla en su conciencia iluminando múltiples zonas de lo real, atrayendo distintos planos de contenido.
  2. También conocido como Kosmische Musik, es una corriente musical de rock y electrónica surgida en Alemania Occidental a fines de los años sesenta. El término, originalmente despectivo, aludía a Kraut, col en alemán, más precisamente al Sauerkraut (chucrut), y era uno de los apodos que se le dieron a los alemanes durante las guerras mundiales. El término se refiere a un gran número de artistas alemanes que habían sido influidos por géneros como el rock psicodélico, el rock progresivo, la música avant-garde y el jazz, que utilizaban nuevas tecnologías y nuevas formas de usar las tecnologías de grabación, amplificación y mezcla musical, con nuevas estructuras formales.
  3. Mara Favoretto (2014). Buenos Aires: Gourmet Musical.

Este texto fue originalmente publicado en No 248 del suplemento cultural CartóNPiedra.

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Manolillo Chinato y Platero y tú. Vitoria Gasteiz (06/08/2007)

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‘Facebook’. Poema de Andrés Parra, Quito (27/10/2015)

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La cruel jarana y los adorables mutilados de la Batalla del Pichincha, Quito (25/06/2016)

The Next Rembrandt

The next Rembrandt

Retrato del proyecto The Next Rembrandt generado por una computadora, impreso en 3D

En este enlace se puede observar el video oficial del proyecto.

La primera vez que vi uno de sus cuadros yo tenía 22 años. Había invertido todos mis ahorros en un viaje de mochilera por Europa y Alemania era mi destino principal. Janna, mi hermana ‘hamburguesa’, que había vivido en casa de mis padres durante un intercambio estudiantil, sería mi anfitriona. Ella estudiaba Arte en Kassel y ese año trabajaría como guía en la documenta 12, una de las exposiciones de arte contemporáneo más grandes del mundo. El evento, que se realiza cada cinco años, dura cien días y se toma todos los espacios de la ciudad. Una de las paradas obligatorias del recorrido es el parque Wilhelmshöhe, un complejo barroco en la cima de una colina que cuenta, entre otras maravillas, con un palacio octogonal, el monumento de Hércules, un sistema hidroneumático que transporta agua hasta la cima que luego desciende por una cascada de 350 metros de caída, y un palacio neoclásico construido a fines del siglo XVIII. Este último, el palacio Wilhelmshöhe, alberga, en la Galería de los Viejos Maestros, una de las colecciones de Rembrandt más importantes, la tercera más grande del mundo.

Este que me impresionó era un cuadro pequeñito, un autorretrato. Había, en los efectos de las luces y las sombras, algo parecido a la timidez: la cabeza y el busto aparecían bien definidos aunque el rostro no podía verse por completo, solo la mejilla y un trozo de oreja estaban claramente iluminados. La luz entraba por la izquierda e iluminaba la zona derecha de la cabeza desde el cabello al cuello, el resto estaba oscuro; los ojos se escondían en la penumbra lateral. La textura de las pinceladas podía distinguirse, como si el pintor hubiese querido que uno reparara en ellas. Algo que aprendí luego, sacando cuentas, es que en la pintura, datada hacia 1628, él tenía, igual que yo, 22 años. Supongo que esa rara belleza me impresionó —Rembrandt no era particularmente guapo y me pareció que tampoco se había esforzado mucho en parecerlo—; en ese entonces, quizá, lo vi hermoso porque mis ojos eran más honestos.

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Rembrandt van Rijn, el pintor barroco más importante de los Países Bajos, nació en 1606; perteneció a una generación posterior a Rubens y fue siete años más joven que Van Dyck y Velásquez. Dice Ernst Gombrich [1] que aunque no anotó sus observaciones, nos parece que conociéramos a este mucho más de cerca que a otros maestros porque dejó un asombroso registro de su vida, desde que se mudó a Ámsterdam a probar la fama, hasta que murió arruinado.

Cultivó tanto el autorretrato como el retrato colectivo, el paisajismo y las escenas bíblicas. Experimentó con el claroscuro y utilizó técnicas como el óleo, el dibujo y el grabado en aguafuerte.

En 2004, tras analizar decenas de obras, la doctora Margaret Livingstone [2] y su equipo concluyeron que la mayoría de autorretratos, pintados durante cuarenta años, muestran un ojo mirando directamente al observador y otro desviándose hacia un lado. En los retratos de otras personas Rembrandt pintó ambos ojos bien alineados. La conclusión: Rembrandt sufría estrabismo divergente en el ojo izquierdo, lo que le permitía percibir la realidad como una imagen plana y le facilitaba la tarea al trasladarla al cuadro. En esta condición, uno de los ojos hace foco en su entorno, mientras que el otro se desvía hacia uno de los lados; para evitar la doble visión, los niños aprenden a suprimir las imágenes del ojo estrábico. El efecto es similar al que produce cerrar un ojo.

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Rembrandt murió hace ya casi 350 años, y, digamos, una nueva obra ‘suya’ nos sorprendió hace poco. ING, Microsoft, la Universidad Tecnológica de Delft y los museos Mauritshuis (La Haya) y Museo Casa de Rembrandt (Ámsterdam) desarrollaron un proyecto por el cual un software de aprendizaje y una impresora 3D ‘pintaron’ un Rembrandt. El estudio tomó dieciocho meses y se basó en 168.263 fragmentos de 346 pinturas del autor de ‘El cegamiento de Sansón’ y ‘La ronda de noche’.

«Usamos muchos datos para mejorar los negocios, pero no hemos podido usar los datos de manera que toquen el alma humana», asegura Ron Augustus, ejecutivo de Microsoft. «Usamos la tecnología y los datos de la misma manera que Rembrandt usó sus pinturas y pinceles para crear algo nuevo».

Dado que un gran porcentaje de sus cuadros fueron retratos, la estadística determinó que la obra debía ser la efigie de un hombre blanco entre treinta y cuarenta años, con barba, con ropa oscura, de camisa blanca con cuello escarolado, sombrero y con el rostro mirando hacia la derecha. La verosimilitud se logró con una impresión de 149 millones de píxeles. Los investigadores tuvieron que hacer un estudio tridimensional con el que estimaron la altura —en milímetros— de los brochazos, algo así como una topografía del lienzo; el software analizó las características específicas de cerca de sesenta puntos en cada pintura y las proporciones faciales. Una tinta especial para impresión 3D, aplicada en varias capas para crear la textura, hizo el resto.

Pero ¿qué opinan los expertos de que la Inteligencia Artificial se aproxime, a base de algoritmos, a la genialidad humana, al más puro estilo de Ex Machina? Peter Schjeldahl, crítico de The New Yorker, ha llegado a decir que «el ‘nuevo Rembrandt’ falla tras una segunda mirada y choca tras una tercera». Según él, el personaje «carece completamente de la personalidad que nunca eludió Rembrandt».

«¿Qué será lo siguiente?», se pregunta la voz en off del vídeo que presenta la obra. Y aquí nos preguntamos lo mismo.

Este texto fue originalmente publicado en el N° 246 del suplemento cultural CartóNPiedra.

Notas

1. Gombrich, E. H. (2007). La Historia del Arte (16° ed.). Nueva York: Phaidon.

2. Profesora de Neurobiología en Harvard, especialista en problemas de visión. New England Journal of Medicine (septiembre de 2004).

Davilara, el bombero que le ganó al diablo | Reseña de A ritmo endiablado de bomba

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Serigrafía de A ritmo endiablado de bomba, cortesía de Alice Bossut

Robert LeRoy Johnson nació en 1911 en Hazlehurst, al sur del estado de Mississippi. Fue un cantante, compositor y guitarrista estadounidense de blues conocido como el ‘rey del blues del Delta’.

La leyenda dice que aunque tocaba varios instrumentos era más bien mediocre, hasta que, de la noche a la mañana, empezó a tocar la guitarra con un estilo tan particular que su ejecución fue envidiada por muchos, quienes consideraron que tocar así, de repente, no puede ser otra cosa que fruto de un pacto con el diablo.

El autor de ‘Crossroads’ habría vendido su alma al demonio justamente en el cruce de caminos de la actual autopista 61 con la 49 en Clarksdale (Mississippi-EE.UU.), a cambio de tocar blues mejor que nadie. Esperó en el cruce hasta la medianoche, le entregó su guitarra al diablo y este se la devolvió lista, las manos de Robert solo tenían que deslizarse por el mástil para interpretar el mejor blues de la historia. Poco después, a los 27 años, murió en circunstancias misteriosas (fue uno de los primeros músicos miembros del club). No hubo autopsia.

En Ecuador, en cambio, tuvimos a un músico que tocaba mejor Satanás, era tan bueno que no tuvo que empeñar el alma. Se trata de José David Lara Borja, Davilara, el ‘rey de la bomba’, quien nació en Tumbatú, valle del Chota, a inicios del siglo XX y murió alrededor de 1995.

La historia cuenta que Davilara era todo un personaje, un mito vivo: caminaba descalzo, «pata llucha», y eran tan ásperas las plantas de sus pies que incluso se podía prender fósforos raspándolos contra ellas. Su forma tan particular de interpretar la bomba (instrumento de percusión utilizado típicamente en las bandas mochas y para tocar el ritmo que lleva su mismo nombre) inspiró a varias generaciones de músicos y bailarines afrochoteños. Según cuentan los mayores, «cuesta arriba […] hacia donde ni los animales se aventuran», Davilara venció en un duelo musical de tres días con sus noches al mismísimo Diablo, quien, tras la fiesta de un compadre del músico, fue a buscarlo para saber si eran ciertos los rumores de que era tan buen ejecutante.

Esta historia sobre Davilara proviene de la tradición oral de los negros del Chota (sí, «son negros, no negritos, ni morenos, ni afros; negros, con mucho cariño y mucho respeto, así les gusta que les digan, porque les preguntamos», dice Marco Chamorro, ilustrador) y se recoge en una edición de lujo de la editorial Comoyoko.

Este libro, A ritmo endiablado de bomba, —con un tiraje de cuatrocientos ejemplares numerados— es un objeto precioso. Es un trabajo artesanal de alta calidad que cuida de los mínimos detalles: de encuadernación japonesa, cosido a mano simulando los hilvanes que se pueden ver en la bomba, impreso en serigrafía a dos colores «para representar el cielo y el suelo, los dos lados macho y hembra que debe tener el istrumento» sobre papel Favini Crush Citrus y Enviroment FSC (y no, no es un dato nimio, el papel fue escogido porque es del color del instrumento alrededor del cual gira la historia), forma parte de la colección Cajaronca y fue correalizado por los ilustradores Alice Bossut (Francia) y Marco Chamorro (Ecuador).

La propuesta de Comoyoko nació de la idea de hacer libros ilustrados en los que dialogue el texto con la imagen; de juntar a escritores, poetas, artistas plásticos; de hacer libros «artesanales entre comillas», dice Marco, en serigrafía, cuyo formato no tradicional siempre va a variar de acuerdo con la historia, orientados a generar un lector activo.

La investigación para realizar el libro tomó desde octubre a diciembre del año pasado y tuvo, antes que un referente teórico, un acercamiento «más bien intuitivo» hacia la comunidad. Cuenta Alice: «Llegamos un día a La Caldera, sin intención de hacer un libro, íbamos a bañarnos en el río, unos tres días, llegamos para una fiesta del día de la madre, nos encantó, pasamos muy bien y ahí dijimos “hagamos el segundo libro aquí” —el primero se llama Mama Cotacachi & Taita Imbabura y se basa en la historia del gigante de la laguna, de la tradición imbabureña—». Alice y Marco presentaron su proyecto al Ministerio de Cultura aún sin saber qué historia iban a contar, lo que sí sabían es que querían contar una leyenda del valle del Chota y que buscando la iban a encontrar.

Marco es oriundo de El Ángel, provincia del Carchi, y había escuchado de niño, mientras pasaba las vacaciones entre el río y las cosechas de fréjol, varias leyendas. «Juan Olmedo Rojas, un amigo, nos contaba historias, como en todo pueblo». Dar con la historia que iban a contar no les tomó mucho. Julis Arce, un profesor que da clases en San Rafael, les recomendó hablar con Iván Pavón, una persona que conoce mucho sobre su cultura, sobre la historia del pueblo afro, «él da clases en Mascarilla y nos dijo: “hace dos días estuvo un señor, Teodoro Méndez, que contó una historia bien bonita sobre un músico”; nos dio el teléfono de Teodoro y así fuimos a parar a Tumbatú», cuenta Marco. «Volvimos una y otra vez —interviene Alice— y Teodoro, muy generoso, nos contaba anécdotas, con mucha sal, nos reíamos mucho, pero no daban para hacer un libro, hasta que contó esta y ahí supimos que esa era. Luego una amiga nos dio el contacto de Marcelo Acosta, en La Concepción, lo fuimos a ver, y nos dice: “Claro, yo lo conocí cuando era niño y él mismo me contó que se había enfrentado con el diablo”; pero Teodoro también lo había escuchado de la boca de Davilara, porque, claro, son gente de más de sesenta años que lo escucharon del mismo personaje». Las anécdotas que contó Teodoro y casi un mes de convivencia con la gente de la comunidad nutrieron el libro. Algunos amigos incluso se configuraron como personajes. Esta convivencia también permitió que aunque la de los artistas fuera una mirada externa, esta esté despojada de folclorismos y sesgos. Poco después hallaron una investigación del musicólogo Juan Mullo y descubrieron, con las fotos, que la forma en que ellos lo habían ilustrado «era tal cual».

Esta manía de contar, esta urgencia de visibilizar las historias es ahora, «porque si no cuentas, te olvidas», dice Alice. Si no escribimos hoy nuestras leyendas, ¿cómo sabremos que «En la oscuridad el Diablo, más emperrado que nunca, no ve cómo Davilara hace para tocar tan bonito y con tanta fuerza»? ¿Cómo sabremos que «Enrabiado, el Diablo lanza su bomba al suelo y desaparece entre relámpagos»?

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David Lara cantando. Audio grabado por Juan Mullo Sandoval en 1987

Este texto fue originalmente publicado en No 242 de la Revista Cultural CartóNPiedra

Cervantes 400 La mutación de don Quixote

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 234 de la revista CartóNPiedra

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avier Marías dijo hace poco, en una entrevista con Antonio Lucas1, que “el Quijote es un libro sobre el fracaso, el olvido y la soledad del héroe en un mundo infame”, y que tal vez por eso el mejor homenaje a Cervantes es no hacer nada a propósito de los 400 años de su muerte. Quizá tenga razón don Javier Marías, quizá no. En cierto sentido, justamente porque el Quijote es un libro sobre el fracaso, es también un libro sobre la continuidad, la nuestra, la de los ‘vencidos’, los que hemos asegurado la cambiante permanencia del idioma.

¿Se habrá imaginado Miguel de Cervantes que su ingenioso hidalgo, don Quijote de la Mancha, se convertiría en una figura panhispánica? ¿Habrá pensado que este derrotero de invenciones marcaría el futuro de quienes cultivamos la ‘lengua cervantina’?

Hace unos años, Mempo Giardinelli2 se refirió al interminable debate de si esto que hablamos, en lo que el Quijote está escrito, es español o castellano. Citando a Andrés Bello, explica: “Se llama lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se habla en Castilla y que con las armas y las leyes pasó a América, y es hoy el idioma común de los Estados hispanoamericanos”. Y comenta Giardinelli que si bien es este castellano la lengua de Cervantes, es también la lengua de Sor Juana, de Borges, de Neruda, de Cortázar, y añadimos acá que es la de Mistral; Adoum, de ese Jorgenrique que se tomaba con ella libertades; la de Granizo, de él exacta cifra; de Jara Idrovo y su estructura infinita3; la del señor chofer del bus o el ‘chulío’ en Cuenca, que te piden que les “des descambiando el dólar”, la de la señora del mercado “venga-mi-vida-venga-mi-guapa-mi-reina” o la del guayaco sabido que sin darte cuenta “te hace un toque y te canta la plena, ñaño”, porque, claro, la lengua nos pertenece a todos, la culta y la popular, la que usamos para escribir correctamente y la que usamos en conversaciones informales con los panas.

Este castellano americano, mestizado, no es, de ninguna manera, un todo monolítico, este que hemos hablado por generaciones ha recogido tradiciones y fortalecido identidades en nuestra América. Esa lengua, de raíz castiza, se ha visto enriquecida con extranjerismos —huelga decir que incluso se considera así a las interferencias de las innúmeras lenguas indígenas vivas, difuntas y agonizantes con las que se ha mezclado—, dialectos, cocoliches y creó finalmente una cultura que se desarrolló y definió con un idioma común. Este castellano americano en todas sus variantes se configura como un sistema dinámico, vivo, susceptible de sumas y restas.

Hace poco, en un artículo publicado en este mismo espacio, Diana Abad4 citaba una misiva de Carlos Manuel Espinosa (fechada el 8 de abril de 1933) dirigida a Alejandro Carrión, en la que lo invitaba a “conservar allá (Quito) tan pura como aquí (Loja) la dicción castellana. Y también la escritura castellana. Es lo que más molesta en los escritores y poetas, ese apego peculiarísimo a la manera de hablar del pueblo quiteño. Con sus modismos y sus giros chocantes”. Este reclamo realizado en 1933 no es distinto del que hacemos ahora quienes trabajamos a diario con la lengua (hablo del caso específico de los correctores de textos, unos más puristas que otros) ni de la preocupación que expresan los académicos cuando aparecen neologismos o cuando adoptamos palabras extranjeras de manera ¿innecesaria? (teníamos antes un delicioso pernil hasta que alguien le escuchó decir a un francés que quería jambon, y sale de ahí el jamón que le ponemos hoy a los sánduches, y pasó lo mismo con el aceite que antes era óleo y salió del árabe azzáyt).

“Dentro de las consecuencias del cataclismo cultural que representó la conquista española ocupa un lugar principal la creación de un nuevo orden de relaciones lingüísticas y comunicativas”, dice José Luis Rivarola5 en un texto sobre bilingüismo; y es que, desde que el castellano llegó a América definitivamente ha atravesado por varias mutaciones, incluso desde su periodización en el paso del castellano medieval al moderno, lo que incluye cambios fonético-fonológicos, morfológicos, hasta sintácticos y léxico-semánticos. Algunas de las variaciones más evidentes para los no lingüistas se pueden ver reflejadas en el reemplazo de algunas letras, por ejemplo, de la x por la j (Quixote, Loxa); de la f por la h (facer, fanegas); e incluso para los hablantes de la variedad andina, del cambio de fórmula de la construcción gramatical de la oración —es decir, la disposición de las palabras—. Desde el punto de vista tipológico, el castellano es una lengua flexiva y el quechua (que así se llama la familia lingüística a la que nuestro kichwa pertenece) es una lengua aglutinante; mientras que el castellano coloca el objeto de manera predominante después del verbo (S V O): Sancho lleva la adarga, el kichwa lo coloca antes (S O V): Sancho la adarga lleva.

Para ilustrar estos cambios, y como un homenaje a Cervantes y su Quijote, en cuya introducción, en la dedicatoria al Conde de Lemos, el mismo don Miguel lo señala como el libro indicado para la enseñanza del castellano, hemos escogido un fragmento que ha sido ‘traducido’ a diferentes variaciones que demuestran su vigencia y potencialidades. Desde el castellano antiguo, hasta el spanglish que se escucha en Estados Unidos.

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Capitulo Primero

Que trata de la condición y exercicio del famoso hidalgo don Quixote de la Mancha

En vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viuia vn hidalgo de los de lança en astillero, adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor. Vna olla de algo mas vaca que carnero, salpicon las mas noches, duelos y quebrantos los sabados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hazienda. El resto della concluian sayo de velarte, calças de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los dias de entre semana se honraua con su vellori de lo mas fino.

Tenia en su casa vna ama que passaua de los quarenta, y vna sobrina que no llegaua a los veynte, y vn moço de campo y plaça, que assi ensillaua el rozin como tomaua la podadera. Frisaua la edad de nuestro hidalgo con los cinquenta años. Era de complexion rezia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caça. Quieren dezir que tenia el sobrenombre de Quixada, o Quesada, que en esto ay alguna diferencia en los autores que deste caso escriuen, aunque por conjeturas verosimiles se dexa entender que se llamaua Quexana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración del no se salga vn punto de la verdad.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaua ocioso, que eran los mas del año, se daua a leer libros de cauallerias, con tanta aficion y gusto, que oluidó casi de todo punto el exercicio de la caça, y aun la administracion de su hazienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendio muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de cauallerias en que leer, y assi lleuó a su casa todos quantos pudo auer dellos, y, de todos, ningunos le parecian tambien como los que compuso el famoso Feliciano de Silua; porque la claridad de su prosa, y aquellas entricadas razones suyas le parecian de perlas; y mas quando llegaua a leer aquellos requiebros y cartas de desafios, donde en muchas partes hallaua escrito: La razon de la sinrazon que a mi razon se haze, de tal manera mi razon enflaqueze, que con razon me quexo de la vuestra fermosura. Y tambien quando leia: Los altos cielos que de vuestra diuinidad diuinamente con las estrellas os fortifican, y os hazen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdia el pobre cauallero el juyzio, y desuelauase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristoteles, si resucitara para solo ello…

No estaua muy bien con las heridas que don Belianis daua y recebia, porque se imaginaua que, por grandes maestros que le huuiessen curado, no dexaria de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alabaua en su autor aquel acabar su libro con la promessa de aquella inacabable auentura, y muchas vezes le vino desseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como alli se promete; y sin duda alguna lo hiziera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estoruaran.

Tuuo muchas vezes competencia con el cura de su lugar, que era hombre docto, graduado en Ciguença, sobre quál auia sido mejor cauallero, Palmerin de Ingalaterra o Amadis de Gaula; mas Maese Nicolas, barbero mesmo pueblo, dezia que ninguno llegaua al Cauallero del Febo, y que si alguno se le podia comparar, era don Galaor, hermano de Amadis de Gaula, porque tenia muy acomodada condición para todo; que no era cauallero melindroso, ni tan lloron como su hermano, y que en lo de la valentia no le yua en çaga.

En resolucion, el se enfrascó tanto en su letura, que se le passauan las noches leyendo de claro en claro, y los dias de turbio en turbio; y, assi, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juyzio. Llenosele la fantasia de todo aquello que leia en los libros, assi de encantamentos como de pendencias, batallas, desafios, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates impossibles. Y assentosele de tal modo en la imaginacion que era verdad toda aquella maquina de aquellas sonadas soñadas inuenciones que leia, que para el no auia otra historia mas cierta en el mundo.

Rodolfo Schevill (ed.) (1928) Madrid: Gráficas reunidas.

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Castellano moderno

Capítulo Uno

Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo Don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entre semana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada» o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana; pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año— se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…».

Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Ed. Conmemorativa (2016). Madrid: RAE-Alfaguara.

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Spanglish First Parte

Chapter Uno

In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para el chase. A cazuela with más beef than mutón, carne choppeada para la dinner, un omelet pa’ los Sábados, lentil pa’ los Viernes, y algún pigeon como delicacy especial pa’ los Domingos, consumían tres cuarers de su income. El resto lo employaba en una coat de broadcloth y en soketes de velvetín pa’ los holidays, with sus slippers pa’ combinar, while los otros días de la semana él cut a figura de los más finos cloths. Livin with él eran una housekeeper en sus forties, una sobrina not yet twenty y un ladino del field y la marketa que le saddleaba el caballo al gentleman y wieldeaba un hookete pa’ podear. El gentleman andaba por allí por los fifty. Era de complexión robusta pero un poco fresco en los bones y una cara leaneada y gaunteada. La gente sabía that él era un early riser y que gustaba mucho huntear. La gente say que su apellido was Quijada or Quesada-hay diferencia de opinión entre aquellos que han escrito sobre el sujeto-but acordando with las muchas conjecturas se entiende que era really Quejada. But all this no tiene mucha importancia pa’ nuestro cuento, providiendo que al cuentarlo no nos separemos pa’ nada de las verdá.

It is known, pues, que el aformencionado gentleman, cuando se la pasaba bien, which era casi todo el año, tenía el hábito de leer libros de chivaldría with tanta pleasura y devoción as to leadearlo casi por completo a forgetear su vida de hunter y la administración de su estate. Tan great era su curiosidad e infatuación en este regarde que él even vendió muchos acres de tierra sembrable pa’ comprar y leer los libros que amaba y carreaba a su casa as many as él podía obtuvir. Of todos los que devoreó, ninguno le plaseó más que los compuestos por el famoso Feliciano de Silva, who tenía una estylo lúcido y plotes intrincados that were tan preciados para él as pearlas; especialmente cuando readeaba esos cuentos de amor y challenges amorosos that se foundean por muchos placetes, por example un passage como this one: La rasón de mi unrasón que aflicta mi rasón, en such a manera weakenea mi rasón que yo with rasón lamento tu beauty. Y se sintió similarmente aflicteado cuando sus ojos cayeron en líneas como these ones: … el high Heaven de tu divinidad te fortifiquea with las estrellas y te rendea worthy de ese deserveo que tu greatness deserva.

El pobre felo se la paseaba awakeado en las noches en un eforte de desentrañar el meanin y make sense de pasajes como these ones, aunque Aristotle himself, even if él had been resurrecteado pa’l propósito, no los understeaba tampoco. El gentleman no estaba tranquilo en su mente por las wounds que dio y recebió Don Belianís; porque in spite de how great los doctores que lo trataron, el pobre felo must have been dejado with su face y su cuerpo entero coverteados de marcas y escars. Pero daba thanks al autor por concluir el libro with la promisa de una interminable adventura to come. Many times pensaba seizear la pluma y literalmente finishear el cuento como had been prometeado, y undoubtedly él would have done it, y would have succedeado muy bien si sus pensamientos no would have been ocupados with estorbos. El felo habló d’esto muchas veces with el cura, who era un hombre educado, graduado de Sigüenza. Sostenía largas discusiones as to quién tenía el mejor caballero, Palmerín of England o Amadís of Gaul; pero Master Nicholas, el barbero del same pueblo, tenía el hábito de decir que nadie could come close ni cerca to the Caballero of Phoebus, y que si alguien could compararse with él, it had to be Don Galaor, bró de Amadís of Gaul, for Galaor estaba redy pa’ todo y no era uno d’esos caballeros second-rate, y en su valor él no lagueaba demasiado atrás.

En short, nuestro gentleman quedó tan inmerso en su readin that él pasó largas noches-del sondáu y sonóp-, y largos días-del daun al dosk-husmeando en sus libros. Finalmente, de tan pocquito sleep y tanto readin, su brain se draidió y quedó fuera de su mente. Había llenado su imaginación con everythin que había readieado, with enchantamientos, encounters de caballero, battles, desafíos, wounds, with cuentos de amor y de tormentos, y with all sorts of impossible things, that as a result se convenció que todos los happenins ficcionales que imagineaba eran trú y that eran más reales pa’ él que anithin else en el mundo.

Transladado al Spanglish por Ilán Stavans

NOTAS

1. Lucas, Antonio (2016, abril, 01). ‘Marías y Pérez-Reverte: A Cervantes lo consideraban un viejo idiota’. Zenda.

2. Giardinelli, Mempo (7 de octubre de 2011). ‘La lengua que hablamos’. Página 12.

3. Carla Badillo Coronado dixit.

4. Abad, Diana (10 de abril de 2016). Lo público y lo privado en el epistolario de Carlos Manuel Espinosa. Revista CartóNPiedra, N° 132 (edición impresa).

5. Rivarola, José Luis (1986).Bilingüismo histórico y español andino. Recuperado de http://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/09/aih_09_1_014.pdf.

Esta noticia ha sido publicada originalmente por Diario EL TELÉGRAFO bajo la siguiente dirección: http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/carton-piedra/34/cervantes-400-la-mutacion-de-don-quixote

La batalla perdida: Svetlana Alexiévich

Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2015

(Traducción de Andrea Torres Armas)
Retrato Alexiévich
Retrato de Svetlana Alexiévich realizado por Niklas Elmehed Tomado de Nobelprize.org

Yo no estoy sola en este podio… Hay voces a mi alrededor, cientos de voces. Ellas siempre han estado conmigo, desde la infancia. Me crié en el campo. De niños, nos encantaba jugar al aire libre, pero al caer la noche, las voces cansadas de las mujeres de los pueblos que se reunían en los bancos cerca de sus casas nos atraían como imanes. Ninguna de ellas tenía esposos, padres o hermanos. No recuerdo a los hombres en nuestra aldea después de la Segunda Guerra Mundial: durante la guerra, uno de cada cuatro bielorrusos pereció, ya sea luchando en el frente o con los partisanos. Después de la guerra, nosotros, los niños, vivíamos en un mundo de mujeres. Lo que más recuerdo es que las mujeres hablaban sobre el amor, no la muerte.

Contaban historias acerca de despedir a los hombres que amaban el día antes de ir a la guerra, hablaban sobre que esperarían por ellos, y la forma en que todavía estaban esperando. Los años pasaron, pero la espera continuaba: “No me importa si él perdió sus brazos y piernas, yo lo llevaría”. Sin brazos… ni piernas… Creo que he sabido qué es el amor desde la infancia…

Aquí están algunas melodías tristes del coro que escucho…

Primera voz

¿Por qué quieres saber sobre esto? Es tan triste. Conocí a mi esposo durante la guerra. Yo era parte del personal de un tanque que avanzaba hacia Berlín. Recuerdo, estábamos parados cerca del Reichstag —aún no era mi esposo— y me dijo: “Casémonos. Te amo”. Estaba tan confundida, habíamos estado viviendo entre mugre, suciedad y sangre toda la guerra, no habíamos escuchado sino obscenidades.

Respondí: “Primero, haz de mí una mujer: regálame flores, susúrrame tonterías dulces. Cuando esté desmovilizada, me haré un vestido”. Estaba tan trastornada que quería golpearlo. Él sentía todo eso. Una de sus mejillas estaba gravemente quemada, tenía cicatrices, vi lágrimas corriendo a través de ellas. “Está bien, me casaré contigo” —dije— así como así… No podía creer que lo dijera… Todo a nuestro alrededor eran cenizas y ladrillos aplastados, en resumen: guerra.

Segunda voz

Vivíamos cerca de la planta nuclear de Chernóbil. Yo estaba trabajando en una panadería haciendo pasteles. Mi esposo era bombero. Acabábamos de casarnos y solíamos tomarnos de la mano incluso cuando íbamos a la tienda. El día en que el reactor explotó, mi esposo estaba de guardia en la estación de bomberos. Él respondió al llamado usando una camisa, en su ropa normal. Hubo una explosión en la planta nuclear y no les entregaron trajes especiales. Esa era la forma en que vivíamos…  Ya sabes.

Trabajaron toda la noche sofocando el fuego, y recibieron dosis letales de radiación. A la mañana siguiente, fueron trasladados directamente hacia Moscú. Si eres severamente afectado por la radiación, no vives más allá de un par de semanas… Mi esposo era fuerte, un atleta, y fue el último en morir.

Cuando llegué a Moscú me dijeron que estaba en un cuarto de aislamiento especial y que no se permitía entrar. “Pero yo lo amo”, supliqué. “Los soldados están haciéndose cargo de él. ¿A dónde crees que vas?”. “Yo lo amo…”.

Intentaron convencerme: “Este ya no es el hombre que amabas, es un objeto que necesita descontaminarse. ¿Entiendes?”. Seguía diciéndome lo mismo una y otra vez: “Lo amo, lo amo…”. En la noche, subiría por la escalera de emergencia para ver si lograba verlo, o sobornaría a la guardia nocturna, pagaría para que me dejaran entrar… No lo abandonaría, estaría con él hasta el final…

Unos meses después de su muerte, di a luz a una niña, pero solo vivió unos días. Ella… Estábamos tan emocionados con ella, y yo la maté… Ella me salvó, absorbió toda la radiación. Eran tan tan pequeñita… Y yo los amaba a los dos. ¿Cómo puede el amor ser sacrificado? ¿Por qué son el amor y la muerte tan cercanos? Siempre vienen juntos. ¿Quién puede explicar eso? En la tumba, solo me arrodillé.

Tercera voz

La primera vez que maté a un alemán yo tenía diez años y los rebeldes ya me llevaban a las misiones. Este alemán yacía en el suelo, herido. Me dijeron que tomara su pistola. Corrí. Entonces, él empuñó el arma con las dos manos y apuntó hacia mi rostro. No logró disparar, entonces, lo hice… No me asustó asesinar a alguien… Y nunca pensé en él durante la guerra. Muchas personas eran asesinadas, vivíamos entre la muerte. Me sorprendí cuando, de repente, soñé con aquel alemán, varios años después.

Vino de la nada… constantemente soñaba lo mismo, una y otra vez… volaba y no me dejaba ir.  Me levantaba y volábamos. Me atrapaba y yo caía junto con él en una especie de pozo. Quería pararme, ponerme de pie… pero él no me dejaría. A causa suya, no pude alzar el vuelo. Ese sueño me acechó por décadas.

No podía hablarle a mi hijo sobre ese sueño. Era joven, no pude. Le leía cuentos de hadas. Mi hijo ha crecido y aún no puedo…

***

Flaubert se llamaba a sí mismo la pluma humana; yo diría que soy un oído humano.

Cuando camino por la calle ‘atrapo’ palabras, frases y exclamaciones, siempre pienso “¡cuántas novelas desaparecen sin dejar rastro!”. Desaparecen en la oscuridad. No hemos sido capaces de capturar el lado conversacional de la vida humana para la literatura. No lo apreciamos, no nos sorprende ni nos encanta. Pero me fascina y me ha hecho su prisionera. Me encanta cómo hablan los seres humanos… me encanta la voz humana solitaria. Es mi más grande amor y mi pasión.

El camino hasta este podio ha sido largo: casi cuarenta años yendo de persona en persona, de voz en voz. No puedo decir que siempre he estado recorriendo este camino. Muchas veces he estado conmocionada y asustada de los seres humanos. He experimentado el placer y repugnancia. A veces he querido olvidar lo que he escuchado para volver al momento en que vivía en la ignorancia. Más de una vez, sin embargo, he visto lo sublime en la gente, y he querido llorar.

Viví en un país donde se nos enseñó a morir desde la infancia. Nos enseñaron la muerte. Nos dijeron que los seres humanos existen con el fin de dar todo lo que tienen, de agotarse, de sacrificarse. Nos enseñaron a amar a la gente con armas. Yo había crecido en un país diferente, y no podría haber recorrido este camino. El mal es cruel, tienes que vacunarte contra él. Crecimos entre verdugos y víctimas. Incluso si nuestros padres vivían en el miedo y no nos decían todo —y más a menudo no nos dijeron nada— el aire de nuestra vida fue envenenado. El mal mantuvo un ojo vigilante sobre nosotros.

He escrito cinco libros, pero siento que todos son uno solo, un libro sobre la historia de una utopía… Varlam Shalámov una vez escribió: “Yo participé en la colosal batalla, una batalla que se perdió, para la auténtica renovación de la humanidad”. Reconstruyo la historia de esa batalla, sus victorias y sus derrotas. La historia de la gente que quiso construir el Reino de los Cielos en la tierra. ¡El Paraíso! ¡La Ciudad del Sol!

Al final, lo único que quedó fue un mar de sangre, millones de vidas humanas en ruinas. Hubo un tiempo, sin embargo, cuando no había idea política del siglo XX comparable con el comunismo (o la Revolución de Octubre como su símbolo), un tiempo en que nada atraía más poderosa o emocionalmente a los intelectuales de Occidente y gente de todo el mundo.

Raymond Aron llamó a la Revolución Rusa “el opio de los intelectuales”. Pero la idea del comunismo tiene al menos dos mil años de antigüedad. Podemos encontrarla en las enseñanzas de Platón acerca de un Estado ideal; en los sueños de Aristófanes sobre una época en que “todo va a pertenecer a todo el mundo”. En Tomás Moro y Tommaso Campanella… Luego, en [Claude-Henri de] Saint-Simon, Fourier y Robert Owen. Hay algo en el espíritu ruso que obliga a tratar de convertir esos sueños en realidad.

Hace veinte años nos despedimos del ‘Imperio Rojo’ de los soviéticos con maldiciones y lágrimas. Ahora podemos ver ese pasado con más calma, como un experimento histórico. Esto es importante, porque los argumentos sobre el socialismo no se han venido abajo. Una nueva generación ha crecido con una imagen diferente del mundo, pero muchos jóvenes están leyendo a Marx y Lenin de nuevo. En las ciudades rusas hay nuevos museos dedicados a Stalin, y nuevos monumentos han sido erigidos para él. El ‘Imperio Rojo’ se ha ido, pero el ‘hombre rojo’, el homus soviéticus, se mantiene. Perdura.

Mi padre murió recientemente. Él creyó en el comunismo hasta el final. Mantuvo su tarjeta de afiliación al partido. Yo no me atrevo a usar la palabra sovok, un epíteto despectivo para la mentalidad soviética, porque entonces tendría que aplicarlo a mi padre y a otras personas cercanas a mí, mis amigos. Todos ellos vienen del mismo lugar: el socialismo. Hay muchos idealistas entre ellos. Románticos. Hoy en día, a veces son llamados esclavos románticos. Esclavos de la utopía.

Creo que todos ellos podrían haber vivido diferentes vidas, pero vivieron vidas soviéticas. ¿Por qué? He buscado la respuesta a esa pregunta durante mucho tiempo. He viajado por todo el vasto país una vez llamado URSS, y grabé miles de cintas. Era el socialismo, y fue simplemente nuestra vida. He recogido la historia del socialismo ‘doméstico’, ‘puertas adentro’, poco a poco; la historia de su desarrollo en el alma humana. Me siento atraída por ese pequeño espacio llamado ‘ser humano’, un simple individuo. En realidad, es ahí donde todo sucede.

Justo después de la guerra, Theodor Adorno escribió, en estado de shock: “Escribir poesía después de Auschwitz es bárbaro”. Mi maestro, Alés Adamóvich, cuyo nombre menciono hoy con gratitud, sintió que la escritura en prosa acerca de las atrocidades del siglo XX era sacrílega. Nada puede ser inventado. Debes presentar la verdad tal como es. Se requiere una ‘superliteratura’. El testigo debe hablar. Las palabras de Nietzsche me vienen a la mente: “Ningún artista puede vivir sobre la realidad. Él no puede elevarla”.

Siempre me preocupó que la verdad no cupiera en un solo corazón, en una sola mente; que la verdad estuviera astillada de alguna manera. Hay mucho de eso, es variado, y está sembrado sobre el mundo. Dostoievski creía que la humanidad sabe mucho, mucho más sobre sí misma de lo que ha registrado en la literatura. Entonces, ¿qué es lo que tengo que hacer? Registro la vida cotidiana de los sentimientos, pensamientos y palabras. Registro la vida de mi tiempo. Estoy interesada en la historia del alma. La vida cotidiana del alma, las cosas que el panorama general de la historia usualmente omite o desdeña. Yo trabajo con la historia que falta.

A menudo me han dicho, incluso ahora, que lo que escribo no es literatura, que es un documento. ¿Qué es la literatura hoy en día? ¿Quién puede responder a esa pregunta? Vivimos más rápido que nunca. El contenido se forma de rupturas. Se quiebra y se transforma. Todo se desborda: música, pintura —incluso las palabras en los documentos escapan a los límites del documento—. No hay fronteras entre la realidad y la ficción, una desemboca en la otra. Los testigos no son imparciales. Al contar una historia, los humanos crean, lidian con el tiempo como lo hace un escultor con el mármol. Son actores y creadores.

Estoy interesada en la gente pequeña. La pequeña gran gente —es como yo lo pondría—, porque el sufrimiento engrandece a las personas. En mis libros, estas personas cuentan sus propias pequeñas historias y la gran Historia se cuenta en el camino. No hemos tenido tiempo para comprender lo que aún nos está pasando, solo tenemos que decirlo. Para empezar, debemos, al menos, articular lo que pasó. Tenemos miedo de hacer eso, no estamos listos para hacer frente a nuestro pasado.

En Los demonios, de Dostoievski, Shatov le dice a Stavrogin al comienzo de la conversación: “Somos dos criaturas que se han reunido en el infinito… por última vez en el mundo. ¡Así que deje ese tono y hable como un ser humano. Al menos por una vez, hable con una voz humana!”. Así es más o menos como empiezan las conversaciones con mis protagonistas. La gente habla de su propio tiempo, por supuesto, no pueden hablar de un vacío. Pero es difícil dar con el alma humana, el camino está plagado por la televisión y los periódicos y las supersticiones del siglo, sus prejuicios, sus engaños.

Me gustaría leer unas pocas páginas de mis diarios para mostrar cómo se movió el tiempo…  cómo murió la idea…  cómo he seguido su camino:

1980-1985

Estoy escribiendo un libro sobre la guerra. ¿Por qué sobre la guerra? Porque hay gente de guerra; siempre hemos estado en guerra o preparándonos para ella. Si nos fijamos, siempre hemos hablado en términos bélicos… en la casa, en la calle. Es por eso que la vida humana está tan depreciada en este país. Siempre es tiempo de guerra.

Empecé con dudas. Otro libro sobre la Segunda Guerra Mundial, ¿para qué?

En un viaje conocí a una mujer que había sido médico durante la guerra. Me contó una historia: mientras cruzaban el lago Ladoga, durante el invierno, los enemigos descubrieron el movimiento y abrieron fuego. Caballos y personas cayeron bajo el hielo. Todo pasó durante la noche. Ella tomó a alguien porque pensó que estaba herido y empezó a llevarlo hacia la orilla. “Lo arrastré, estaba húmedo y desnudo. Yo pensé que sus ropas habían sido arrancadas” —me dijo—. Una vez en la orilla, descubrió que había estado arrastrando un enorme esturión herido. Entonces lanzó un montón de improperios: hay gente sufriendo, pero los animales, las aves, los peces, ¿qué han hecho ellos?

En otro viaje escuché la historia de una médico de un escuadrón de caballería. Durante una batalla, empujó a un soldado herido hacia una trinchera, y solo entonces se dio cuenta de que era un alemán. Su pierna estaba rota y estaba sangrando. ¡Él era el enemigo! ¿Qué hacer? Su propia gente estaba muriendo ahí arriba. Pero ella vendó al alemán y reptó hacia afuera nuevamente.

Arrastró a un soldado ruso que había perdido el conocimiento. Cuando este volvió en sí, quería matar al alemán, y cuando el alemán recobró el sentido, agarró una ametralladora y quiso matar al ruso. “Abofeteé a uno de ellos y luego al otro. Nuestras piernas estaban cubiertas de sangre”, recordó. “La sangre estaba mezclada”.

Esta era una guerra de la que nunca había oído hablar. La guerra de una mujer. No se trataba de héroes. No se trataba de un grupo de personas que matan heroicamente a otro grupo de personas. Recuerdo un lamento femenino frecuente: “Después de la batalla, caminas por el campo. Yacen sobre sus espaldas. Todos jóvenes, tan guapos. Están allí, mirando al cielo. Sientes lástima por todos ellos, de ambos lados”. Fue esta actitud: “Todos ellos, de ambos lados”, la que me dio la idea sobre lo que trataría en mi libro: la guerra no es más que matar. Así es como se ha registrado en la memoria de las mujeres.

Esta persona justo ha estado sonriendo, fumando y ahora ya no está. Sobre las desapariciones es sobre lo que las mujeres hablaban más, sobre cómo todo puede, súbitamente, convertirse en nada durante la guerra. Tanto los seres humanos como el tiempo.

Sí, se habían ofrecido voluntariamente para ir al frente a los 17 o 18 años, pero no querían matar. Sin embargo, estaban prestos a morir. Morir por la patria. Morir por Stalin. No puedes borrar esas palabras de la historia.

El libro no fue publicado por dos años, no antes de la perestroika y Gorbachov. “Luego de leer tu libro, nadie más peleará”, me sermoneó un censor. “Tu guerra es aterradora. ¿Por qué no tienes ningún héroe?”. ¡Yo no estaba buscando héroes! Estaba escribiendo la historia a través de las historias de testigos y participantes inadvertidos.

Nunca les consultaron nada, ¿Qué es lo que la gente piensa? En realidad desconocemos qué opina la gente sobre las grandes ideas. Justo después de la guerra, una persona te contará una versión sobre ella; unas décadas después, será una guerra distinta, por supuesto. Algo va a cambiar en él, porque él ha replegado toda su vida en sus memorias. Todo su ser. Cómo vivió durante esos años, lo que leyó, lo que vio, a quién conoció. En lo que cree. Por último, si es feliz o no. Los documentos son criaturas vivas que cambian a medida que cambiamos.

Estoy convencida de que nunca más habrá mujeres jóvenes como aquellas de la guerra de 1941. Este fue el punto culminante de la idea ‘Roja’, incluso más alto que durante la Revolución y Lenin. Su victoria todavía eclipsa el Gulag1. Quiero mucho a estas mujeres. Pero no se podía hablar con ellas acerca de Stalin, o sobre el hecho de que después de la guerra, trenes enteros cargados de los vencedores más audaces y francos fueron enviados directamente a Siberia. El resto volvió a casa y se mantuvo en silencio.

Una vez escuché: “La única vez que fuimos libres fue durante la guerra. En el frente”. El sufrimiento es nuestro capital, nuestro recurso natural. No el crudo o el gas, sino el sufrimiento. Es lo único que somos capaces de producir constantemente. Siempre estoy buscando la respuesta: ¿por qué no convertir nuestro sufrimiento en libertad? ¿Realmente fue todo en vano? Chaadayev tenía razón: Rusia es un país sin memoria, es un espacio de amnesia total, una conciencia virgen para la crítica y la reflexión.

Pero los grandes libros se amontonan bajo nuestros pies.

1989

Estoy en Kabul. No quiero escribir más sobre la guerra. Pero aquí estoy en una guerra real. El periódico Pravda dice: “Estamos ayudando al fraterno pueblo afgano a construir el socialismo”. Gente de guerra y objetos de guerra están en todas partes. Tiempo de guerra.

No iban a llevarme a la batalla de ayer: “Quédate en el hotel, jovencita. Tendremos que responder por ti después”. Estoy sentada en el hotel, pensando: Hay algo inmoral en el control de la valentía de los demás y los riesgos que asumen. He estado aquí por dos semanas y no puedo evitar la sensación de que la guerra es un producto de la naturaleza masculina, que es incomprensible para mí. Pero los accesorios cotidianos de la guerra son grandiosos. Descubrí por mí misma que las armas son hermosas: ametralladoras, minas, tanques. El hombre ha pensado mucho en la mejor manera de matar a otros hombres. La eterna disputa entre la verdad y la belleza. Me mostraron una nueva mina italiana y mi reacción ‘femenina’ fue: “Es hermosa. ¿Por qué es hermosa?”. Me lo explicaron exactamente, en términos militares: Si alguien conduce o camina sobre esta mina en un cierto ángulo… no quedaría nada más que media cubeta de carne. La gente habla de cosas anormales aquí como si fueran normales, las dan por sentadas. Bueno, es la guerra… Nadie está volviéndose loco por estas imágenes; por ejemplo, hay un hombre tendido en el suelo, no fue asesinado por los elementos [naturales], no por el destino, sino por otro hombre.

Vi cómo cargaban un ‘tulipán negro’ (el avión que lleva a las bajas de vuelta a casa en ataúdes de zinc). Los muertos son a menudo vestidos con viejos uniformes militares de los años cuarenta, con pantalones de montar; a veces incluso no hay suficientes para todos. Unos soldados estaban charlando: “Acaban de entregar algunos nuevos cuerpos a los frigoríficos. Huelen como a jabalí en descomposición”. Voy a escribir sobre esto. Temo que nadie en casa me creerá. Nuestros periódicos simplemente escriben sobre lazos de amistad instaurados por los soldados soviéticos.

Hablo con los chicos. Muchos han venido voluntariamente. Pidieron venir aquí. Noto que la mayoría de ellos son de familias educadas, intelectuales: maestros, médicos, bibliotecarios… gente de libros. Ellos sinceramente soñaban con ayudar al pueblo afgano a construir el socialismo. Ahora se ríen de sí mismos. Vi un lugar en el aeropuerto donde cientos de ataúdes de zinc brillan misteriosamente al sol. El oficial que me acompañaba no podía ayudarse a sí mismo: “¿Quién sabe… mi ataúd podría estar allí… Me colocarán en ellos… ¿Para qué estoy luchando aquí?”. Sus propias palabras lo asustaron y enseguida dijo: “No escriba eso.”

Por la noche sueño con los muertos, todos tienen miradas de sorpresa en sus rostros: “¿Qué? ¿Dices que fui asesinado? ¿Realmente me han matado?”.

Conduje a un hospital para civiles afganos con un grupo de enfermeras, trajimos regalos para los niños. Juguetes, dulces, galletas. Yo tenía unos cinco osos de peluche. Llegamos al hospital, unos largos cuarteles. Nadie tiene más que una manta por cama. Una joven mujer afgana se acercó a mí, con un niño en los brazos. Quería decirme algo —en los últimos diez años casi todo el mundo aquí ha aprendido a hablar un poco de ruso— y le entregué al niño un juguete, que tomó con los dientes. “¿Por qué los dientes?”, pregunté sorprendida. Ella retiró la manta de su pequeño cuerpo; el niño había perdido ambos brazos. “Fue cuando los rusos bombardearon”. Alguien me levantó cuando empecé a caer.

Vi a nuestros cohetes Grad2 convertir aldeas en campos devastados. Visité un cementerio afgano que tenía más o menos la extensión de una aldea. En algún lugar en medio del cementerio, una vieja mujer afgana estaba gritando. Recordé el aullido de una madre en un pueblo cerca de Minsk cuando llevaron un ataúd de zinc a la casa. El grito no era humano o animal… Se parecía a lo que escuché en el cementerio de Kabul…

Tengo que admitir que no me liberé de una vez. Yo era sincera con mis temas, y ellos [los entrevistado] confiaban en mí. Cada uno de nosotros tiene su propio camino hacia la libertad. Antes de Afganistán yo creía en el socialismo con rostro humano. Volví de Afganistán libre de todas las ilusiones. “Perdóname, padre”, le dije cuando lo vi. “Me educaste para creer en los ideales comunistas, pero al ver a aquellos hombres jóvenes, colegiales soviéticos como a los que tú y mamá enseñaban (mis padres eran maestros de la escuela del pueblo), matar a gente que no conocen, en territorio extranjero, fue suficiente para convertir todas tus palabras en cenizas. Somos asesinos, papá, ¡¿lo entiendes?!”. Mi padre lloró.

Muchas personas regresaron libres de Afganistán. Pero hay otros ejemplos también. Había un joven en Afganistán que me gritó: “Eres una mujer, ¿qué puedes entender tú acerca de la guerra? ¿Crees que la gente muere una muerte bonita en la guerra, como lo hacen en los libros y películas? Mi amigo fue asesinado ayer, recibió un balazo en la cabeza y siguió corriendo otros diez metros, tratando de recuperar sus propios sesos…”. Siete años después, el mismo sujeto es un exitoso hombre de negocios a quien le gusta contar historias sobre Afganistán. Él me llamó: “¿Para qué sirven tus libros? Son demasiado miedosos”. Era una persona diferente, ya no es el joven que había conocido en medio de la muerte, que no quería morir a los veinte años…

Me pregunto: ¿Qué clase de libro quiero escribir sobre la guerra? Me gustaría escribir un libro sobre una persona que no dispare, que no pueda abrir fuego contra otro ser humano, que sufre con la mera idea de la guerra. Pero ¿dónde está? No la he encontrado.

1990-1997

La literatura rusa es interesante, pues es la única para contar la historia de un experimento llevado a cabo en un país enorme. A menudo me preguntan: “¿Por qué siempre escribes sobre la tragedia?”. Porque así es como vivimos. Vivimos en diferentes países ahora, pero la gente ‘roja’ está en todas partes. Salen de esa misma vida y tienen los mismos recuerdos.

Me resistí a escribir sobre Chernóbil durante mucho tiempo. Yo no sabía cómo escribir sobre ello, qué instrumento utilizar, cómo abordar el tema. El mundo apenas había escuchado algo sobre mi pequeño país, escondido en un rincón de Europa, pero ahora su nombre estaba en boca de todos. Nosotros, los bielorrusos, nos convertimos en la gente de Chernóbil. Los primeros en enfrentarse a lo desconocido. Ahora estaba claro: más allá de los nuevos retos religiosos, los étnicos y aquellos planteados por el comunismo, retos globales más violentos, que antes eran invisibles, estaban reservados para nosotros. Algo se abrió un poco después de Chernóbil…

Recuerdo un taxista de edad desesperarse cuando una paloma golpeó el parabrisas: “Cada día, dos o tres pájaros se estrellan contra el coche, pero los periódicos dicen que la situación está bajo control”.

Las hojas en los parques de la ciudad fueron rastrilladas, llevadas fuera de la ciudad y enterradas. La tierra de las áreas contaminadas también fue extraída y enterrada: tierra sepultada bajo tierra. La leña fue soterrada y también la hierba. Todo el mundo parecía un poco loco. Un viejo apicultor me dijo: “Salí al jardín aquella mañana pero le faltaba algo, un sonido familiar. No había abejas. No pude oír una sola abeja. ¡Ni siquiera una! ¿Qué estaba pasando? Tampoco volaron el segundo día o el tercero… Entonces nos dijeron que había ocurrido un accidente en la central nuclear y no mucho más. No supimos nada durante mucho tiempo. Las abejas sabían, pero nosotros no”. Toda la información sobre Chernóbil en los periódicos estaba en lenguaje militar: explosión, héroes, soldados, evacuación… La KGB trabajaba justo en la estación. Estaban buscando espías y saboteadores. Circularon rumores de que el accidente fue planeado por los servicios de inteligencia occidentales con el fin de socavar el área socialista. Equipo militar estaba camino a Chernóbil y los soldados venían. Como de costumbre, el sistema funcionaba como en tiempos de guerra, pero en este nuevo mundo, un soldado con una nueva y reluciente arma era una figura trágica. Lo único que podía hacer era absorber grandes dosis de radiación y morir cuando regresara a casa.

Ante mis ojos, la gente pre-Chernóbil se convirtió en la gente de Chernóbil.

No se podía ver la radiación, ni tocar, ni oler… El mundo alrededor era a la vez familiar y desconocido. Cuando viajé a la zona, me dijeron de inmediato: no recojas flores, no te sientes en la hierba, ni bebas agua de pozo… La muerte se escondía en todas partes, pero ahora era una especie distinta de muerte. Llevaba una nueva máscara; un disfraz desconocido. Las personas mayores que habían vivido la guerra estaban siendo evacuadas nuevamente. Miraban al cielo: “¿Cómo puede esto ser la guerra? El sol está brillando… no hay humo, no hay gas, nadie dispara. Pero tenemos que convertirnos en refugiados”.

Por las mañanas, todos se aferraban a los diarios, ávidos de noticias y, a continuación, los dejaban, decepcionados. No se habían encontrado espías. Nadie escribía sobre los enemigos del pueblo. Un mundo sin espías y sin enemigos también era extraño. Ese fue el comienzo de algo nuevo. Tras Afganistán, Chernóbil nos convirtió en gente libre.

Para mí, el mundo se separó: dentro de la zona no me sentía bielorrusa o rusa o ucraniana, sino una representante de una especie biológica que podía ser destruida. Dos catástrofes coincidieron: en el ámbito social, la Atlantis socialista se hundía; y en la cósmica, estaba Chernóbil. El colapso del imperio trastornó a todos. La gente estaba preocupada por la vida cotidiana. ¿Cómo y con qué comprar cosas? ¿Cómo sobrevivir? ¿En qué creer? ¿Qué consignas seguir en este tiempo? ¿O tenemos que aprender a vivir sin ninguna gran idea? Esto último era desconocido también, ya que nadie había vivido de esa manera. Cientos de preguntas confrontaron al ‘hombre rojo’, pero él se quedó solo. Nunca había estado tan solo como en los primeros días de libertad. Estaba rodeada de gente en estado de shock y los escuché.

Cierro mi diario.

¿Qué nos sucedió cuando el imperio se derrumbó? Anteriormente, el mundo estaba dividido: había verdugos y víctimas —eso fue el Gulag; hermanos y hermanas— era la guerra; el electorado —parte de la tecnología y el mundo contemporáneo—. Nuestro mundo también se había dividido entre quienes fueron encarcelados y los que fueron carceleros; hoy hay una división entre eslavófilos y occidentalistas, ‘fascistas-traidores’ y patriotas. Y entre los que pueden comprar cosas y los que no. Esto último, yo diría, era la más cruel de las pruebas luego del socialismo, porque no hace tanto tiempo que todos habían sido iguales. El ‘hombre rojo’ no fue capaz de entrar en el reino de la libertad que había soñado alrededor de su mesa de la cocina. Rusia se dividió sin él, y él se quedó sin nada. Humillado y robado. Agresivo y peligroso.

Estos son algunos de los comentarios que he escuchado mientras recorría Rusia:

“La modernización solo ocurrirá aquí con sharashkas, esas prisiones para científicos, y con pelotones de fusilamiento”.

“Los rusos realmente no quieren ser ricos, eso incluso los atemoriza. ¿Qué quiere un ruso? Solo una cosa: que nadie más se haga rico. No más que él”.

“No hay gente honesta aquí, pero están los santos”.

“Nunca veremos una generación que no haya sido azotada; los rusos no entienden la libertad, necesitan al cosaco y el látigo”.

“Las dos palabras más importantes en Rusia son ‘guerra’ y ‘prisión’. Usted roba algo, se divierte, lo encierran, sale y luego termina de vuelta en la cárcel”.

“La vida rusa necesita ser viciosa y despreciable. Entonces, el alma se eleva, se da cuenta de que no es de este mundo… Mientras más sucias y sangrientas son las cosas, más espacio hay para el alma…”.

“Nadie tiene la energía para una nueva revolución, o la locura. Ningún espíritu. Los rusos necesitan el tipo de idea que cause escalofríos en la espalda…”.

“Así que nuestra vida se debate entre caos y cuarteles. El comunismo no ha muerto, su cadáver todavía está vivo”.

Me tomaré la libertad de decir que nos perdimos la oportunidad que tuvimos en la década de 1990. La pregunta fue planteada: ¿qué tipo de país deberíamos tener?, ¿un país fuerte, o uno digno donde la gente pueda vivir decentemente? Elegimos el primero: un país fuerte. Una vez más estamos viviendo en una era de poder. Los rusos hacen la guerra a los ucranianos. Sus hermanos. Mi padre es bielorruso, mi madre, ucraniana. Hay muchos en la misma situación. Aviones rusos están bombardeando Siria.

Una época llena de esperanza ha sido sustituida por una de miedo. El tiempo ha dado marcha atrás. El tiempo en que vivimos ahora es de segunda mano…

A veces no estoy segura de que he terminado de escribir la historia del ‘hombre rojo’.

Tengo tres hogares: mi tierra bielorrusa, la patria de mi padre, donde he vivido toda mi vida; Ucrania, la patria de mi madre, donde nací; y la gran cultura rusa, sin la cual no me puedo imaginar a mí misma. Todos son muy queridos para mí. Pero en los tiempos que corren es difícil hablar de amor.

Notas

  1. El Gulag, por sus siglas en ruso (Glávnoie upravlenie ispravítelno-trudovyj lagueréi i koloni) era la Dirección General de Campos de Trabajo, una la rama del NKVD que dirigía el sistema penal de campos de trabajos forzados y otras funciones de policía en la Unión Soviética. Aunque los campos de trabajos forzados operaron en Rusia antes de esa fecha y del establecimiento de la Unión Soviética, el Gulag fue oficialmente creado el 25 de abril de 1930, y disuelto el 13 de enero de 1960.
  2. El BM-21, apodado grad (granizo), es un sistema múltiple de lanzamiento de cohetes soviéticos.

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 217de la revista CartóNPiedra

Diploma_Alexiévich
Diploma de adjudicación del Premio Nobel de Literatura. Ilustración Jens Fänge. Tomado de Nobelprize.org

Nueva Orleans, el sitio donde el alma canta

 

Violín de Clarence 'Gatemouth' Brown en el U.S. and Mint Museum_Andrea Torres Armas

Violín de Clarence ‘Gatemouth’ Brown. La imaginería popular lo muestra como uno de los músicos legendarios que hizo un pacto con el diablo.

This time I’m walkin’ to New Orleans
I’m walkin’ to New Orleans
I’m going to need two pair of shoes…

Fats Domino, ‘Walking To New Orleans’

Es cierto, uno nunca puede estar seguro de haber estado ahí, pero tiene fe en lo que muestran las fotos. He dicho que Nueva Orleans es el sitio en el que el alma canta, pero debí haber dicho que es el sitio en donde las almas cantan. Si de algo se puede jactar esta ciudad es de tener música en cada esquina y de ser ‘el sitio más embrujado de los Estados Unidos’; está habitada por fantasmas y por el blues. Se dice que en Nueva Orleans hay tres tipos de personas: los músicos, las meseras y los guías turísticos; habría pensado en incluir un cuarto grupo: los bebedores alegres, pero este no excluye a los tres anteriores, entonces, dejémoslo así.

Nueva Orleans, hace diez años, se hizo tristemente famosa (no es que antes no lo fuera, pero la televisión y los desastres se llevan bien) por la devastación causada por el huracán Katrina, considerado el más destructivo y que más víctimas cobró en la temporada de huracanes del Atlántico en 2005. Entre paréntesis quedó la idea que nos remitía a Nueva Orleans como la cuna del jazz, del Mardi Gras, del Zulu King, Louis Armstrong, Lestat, John Kennedy Tool y una interminable lista de etcéteras. Incluso las historias de terror que alguna vez protagonizara Delphine Lalaurie (socialité y asesina en serie) en su mansión en Royal Street, quedaron sepultadas bajo una tumba de agua.

La muerte silba un blues, dice la escritora Gabriela Alemán, y quizá sea cierto, pero por un momento, al adentrarse por las callejas de esta ciudad, la gente local nos recuerda que la vida también silba y que se vale, para hacer su música, de descendientes creoles empuñando saxofones y trompetas y de un montón de gente de todos los colores que ama el rock ’n’ roll. Caminar por Nueva Orleans requiere bastante agua, días más largos, un oído aguzado y, como dice Fats Domino, dos pares de zapatos.

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La historia dice que el French Quarter fue el lugar de Nueva Orleans donde todo comenzó, así que se lo conoce también como Vieux Carré (el barrio antiguo). La ciudad fue fundada en 1718 por Jean-Baptiste Le Moyne —señor de— de Bienville, un hombre que supuestamente fue enviado a buscar un enclave para comerciar con los nativos americanos que se asentaban entre el río Mississippi y el lago Pontchartrain, así que esta planicie en la delta del Mississippi era el lugar adecuado. Se supone también que fundó la que en 1722 sería la capital de la Luisiana francesa, justamente donde había un asentamiento de nativos, porque —claro— estando el sitio entre el río, los pantanos y con la mayoría del territorio por debajo del nivel del mar (-2 m s.n.m.), parecía lógico quedarse donde ya había una base. Si De Bienville hubiese tenido el don de la clarividencia, se habría sentido orgulloso de sí mismo por ese acierto fundacional: fue el French Quarter el sitio que menos daños tuvo luego del paso de Katrina.

Tras ser la capital de la Luisiana Francesa, Nueva Orleans pasó a ser un corregimiento español y un importante puerto comercial, hasta que, en 1803, con la escisión del pacto borbónico entre España y Francia, el próspero puerto pasó a formar parte de la naciente república norteamericana con la famosa venta de Luisiana. Desde su fundación, y precisamente por esta ‘superposición’ de culturas (franceses, españoles, criollos americanos, esclavos africanos traídos por sus amos tras la revuelta independentista de Haití), Nueva Orleans se convirtió en un mosaico multicultural que la hacen ser lo que ahora es: una de las pocas ciudades con alma que quedan es Estados Unidos. El Barrio Francés es donde se conjugan todos los elementos de su herencia histórica: el arte, la cocina creole, la arquitectura, la música y los vestigios de varias religiones. Usualmente se identifica al Barrio Francés con la famosa Bourbon Street, la sede del Mardi Gras, el sitio donde cada año la fiesta de la carne cobra nuevas dimensiones cuando las mujeres —entre cócteles como el Hurricane y el Gin fizz— muestran los senos para recolectar el mayor número de collares.

Luego de la devastación del Katrina, la ciudad fue reconstruida, la ayuda humanitaria llegó del planeta entero y, según dicen los locales, incluso algunas de las casas coloniales que pasaron años abandonadas por estar ‘embrujadas’, fueron levantadas nuevamente. Capitales de famosos como Brad Pitt y Angelina Jolie fueron inyectados a la ciudad y el flujo turístico se revitalizó. No fue solamente la infraestructura de la ciudad la que tuvo que reedificarse sino también el imaginario colectivo. Nueva Orleans, diez años después del huracán es el símbolo de la unión y el tesón de la nación norteamericana, es la ciudad que tras la destrucción se erigió como lo que siempre ha sido: el alma de la fiesta.

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El desayuno del Café Beignet en el New Orleans Jazz Music Legends Walk incluye huevos, tocino, pan tostado y la música en vivo de Steamboat Willie. Dixieland1, jazz y ragtime. “La música alimenta el alma y alegra la vida”. Cerca de ahí, en la esquina de Dauphine y Franklin, pasa un hombre con botas, sombrero y un hermoso tutú azul; me mira, sonríe y sigue su camino. Por la noche, en uno de los especiales que las televisoras locales han organizado a propósito del renacimiento de la ciudad tras el huracán, vuelve a aparecer aquel hombre tan peculiar. Tiene nombre: es Jack ‘the tutu man’. Jack mira a la cámara con desparpajo y responde las preguntas sobre su apariencia: “Soy hétero, nacido y criado en Nueva Orleans. He conocido a algunas mujeres a las que incluso les gusta el tutú y me he acostado con ellas. Yo, a diferencia de los turistas que vienen solo al Mardi Gras, puedo emborracharme todos los días”. Jack, ‘The tutu man’, un respetable trabajador social, es el sacerdote del extraño ritual del sacrificio de la sandía que tiene lugar durante el carnaval. Incluso tiene su propia canción: “Meet Jack the Tutu Man./ He is the Tutu Man/ for all of New Orleans,/ and if you see him dance,/ and if you see him shake,/ he is the greatest sight you’ve ever seen./ And everybody knows,/ when Jack is back in town,/ it’s time to party down…” (Conoce a Jack the tutu man./ Él es el hombre del tutú/ para toda Nueva Orleans./ Y si lo ves danzar,/ y si lo ves menearse,/ es la mejor imagen que verás./ Y todo el mundo sabe/ que cuando Jack está de vuelta,/ es hora de irse de fiesta). Es como si los ingleses The Smiths se hubiesen inspirado en él para su tema: It was worthwhile living a laughable life/ just to set my eyes on the/ blistering sight/ of a vicar in a tutu/ he’s not strange/ he just wants to live his life this way” (Valió la pena vivir una vida ridícula/ solo para fijar mis ojos en la/ cálida imagen/ de un vicario en tutú./ Él no es extraño,/ sólo quiere vivir su vida a su manera).

¿Y no es eso lo que queremos todos?

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En The Crescent City (‘la ciudad creciente’, como se conoce a Nueva Orleans) nacieron músicos de jazz como Louis Armstrong, Wynton Marsalis y Fats Domino, el vocalista de heavy metal Phil Anselmo y el rapero Lil Wayne. También es la cuna de los escritores Tennesse Williams, Anne Rice y John Kennedy Toole. William Faulkner vivió por mucho tiempo en la ciudad, en Pirat’s Alley, y la que fuera su casa ha sido convertida en una pequeña pero maravillosa librería. Justo al lado del callejón están la catedral y el Cabildo, ubicados, como en cualquier ciudad de planta española, frente a la plaza de armas: Jackson Square. Frente a Jackson Square hay un pequeño cruce de caminos por donde pasan los tranvías y unas gradas, y tras ese breve trayecto está, como lo describiría Dean Moriarty, el río Mississippi “seco en la bruma veraniega, bajo el agua, con su rancio y poderoso olor que huele como esa América en carne viva a la que lava”2.

Siguiendo el curso del río está el Moon Walk, el camino que conduce al mercado francés y hacia el Old U. S. Mint y Jazz Museum, el único edificio que sirvió como casa de moneda tanto de los Estados Unidos como de los Estados Confederados. Aparte de ser un museo numismático, el Mint está dedicado a guardar los tesoros musicales de algunos de sus ciudadanos más ilustres; lo mismo se encuentra una galería fotográfica sobre ‘Satchmo’ Armstrong que el piano Steinway de Fats Domino que fue restaurado gracias a generosas donaciones de gente alrededor del mundo, incluyendo a sir Paul McCartney.

En el tercer piso del museo hay un teatro para conciertos en vivo y una sala de grabación. Un quinteto (The DotLO) toca con tanto entusiasmo que la gente se queda. Hacen chistes, improvisan, pasan por varios estilos de jazz, blues, bossa nova y le explican al público las diferencias entre uno y otro. Cuando se acaba la función y los músicos dejan sus instrumentos, dos de los cinco intérpretes regresan a sus labores como guardias del museo. El ranger Matt Hampsey (guitarra) baja al primer piso y recuerda a los visitantes que pronto es hora de cerrar.

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La vida de neón

Todos, invariablemente, llegan al French Quarter y solo esperan la noche para instalarse en Bourbon Street, y si queda tiempo, quizá, llegar hasta Frenchmen Street, pero el recorrido debería ser al revés. En Bourbon St. hay miles de locales con letreros de neón que ofrecen el paraíso, restaurantes de comida ‘al paso’, rock y pop en los bares, músicos callejeros, alcohol al granel (incluyendo cócteles nativos de NOLA —Nueva Orleans-Luisiana— servidos en vasos de todos los colores, formas y tamaños)… en fin, fiesta a morir; pero para quien quieren una noche con gente de Nueva Orleans, es mejor empezar en Frenchmen Street, la calle adonde han migrado el jazz y el blues escapando de la saturada Bourbon. Dibujantes y poetas en la acera, bluegrass y jazz gitano, bandas que han encontrado su nido en la esquina de Chartres y Frenchmen. Diversidad de estilos en distintos bares con shows en vivo, no cover. Es un ambiente movido donde es posible asistir a espectáculos de calidad y ver luego a los músicos pasar el sombrero para que la gente —como diríamos en Ecuador— les dé ‘algún cariñito’.

No hay nada mejor que escuchar unas voces ya aterciopeladas, ya otras desgarradas, que tomándose un French 75 (champaña, gin Hendricks, azúcar y jugo de limón), reír hasta llorar y salir del bar con la música metida en los pies, ir bailando por las calles hasta dar de nuevo con las luces de neón, entrar con tu compañero de baile a un local de esos que suelen ser para caballeros (aunque la verdad es que en las mesas parecen ser las clientas las que más disfrutan) y quedarse con la boca abierta preguntándose si aquella mujer que baila en el tubo tiene huesos —porque está claro que articulaciones tiene demasiadas— y luego pedir un show privado.

—Por solidaridad de género —me dijo ella— exijo que te quites la blusa.

Obedecí. Luego de eso, es imposible pensar en Nueva Orleans sin recordar a Leonardo Favio: “la rubia del cabaret, qué lindo fue, qué lindo fue…”.

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No todo en Nueva Orleans es una fiesta. Si bien la ciudad se ha puesto de pie, las cifras humanas y económicas que arrojó la tragedia del huracán dieron cuenta de una desigualdad enorme y de la incapacidad del Gobierno de responder ante el colapso de los diques que rodean la ciudad y la inundación. Se estima que 250 000 viviendas fueron destruidas, que hubo 1 800 víctimas y unos 300 000 desplazados. “La mayoría de los afectados por el Katrina fueron negros, por razones económicas. Los que tenían dinero y transporte, mayoritariamente blancos, pudieron irse antes”, dijo, en una entrevista con Efe, Ernest Johnson, el presidente de la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NAACP) en el estado de Luisiana, donde se ubica Nueva Orleans3. En 2006, un año después de la catástrofe, alrededor de la mitad de la mano de obra para reconstruir la ciudad era latina y el 54% de ellos indocumentados, según un estudio de la Universidad Tulane y la Universidad de California en Berkeley. La población blanca (en esta categoría quedan excluidos únicamente los afroamericanos y los nativos americanos) de Nueva Orleans pasó en los diez años posteriores al Katrina de representar el 26,5% al 31%.

Inmigrantes latinos, muchos de ellos indocumentados, ayudaron en las labores de reconstrucción. “Esta nueva generación de inmigrantes en Nueva Orleans no vino solo a ayudar a esta ciudad con su trabajo, sino también a revitalizarla económica y culturalmente. Sin embargo, aún sigue enfrentando grandes retos como la explotación laboral continua y la discriminación racial por parte de varias agencias gubernamentales”, denunció Fernando López, organizador comunitario con el Congreso de Jornaleros4. Aún es posible encontrar casas en proceso de reconstrucción y calles sin asfalto. En los mismos parques llenos de turistas, cuando cae la noche, se puede ver a varios indigentes durmiendo a la intemperie y a las afueras de la ciudad, debajo de los anillos viales, viviendas ya no improvisadas sino pequeños campamentos que se han construido con desechos y restos de lo que alguna vez fueron casas.

Años atrás, en Valdivia, Chile, me sorprendió ver en distintos sitios de la ciudad varias anclas gigantescas; cuando pregunté qué significaban, una amiga me respondió que las habían puesto ahí para que la ciudad no se fuera nuevamente con el agua o con los terremotos. Eso es algo que le vendría bien a Nueva Orleans: quedar anclada, poner áncoras por la ciudad entera y recordarle a su gente que si bien Katrina (considerada como una tormenta del tipo “una en cada cuatrocientos años”) sirvió para generar una nueva forma de integración social a partir de la reconstrucción, también fue la que puso a todo un país a tocar, al estilo de los funerales del Second Line “When the saints go marching in”.

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¿Qué fue lo que hizo posible la rehabilitación de la ciudad? El experto en estudios urbanos Richard Florida, autor de The rise of the creative class5 dice que en el último decenio cambiaron las condiciones que hacen que una ciudad, zona o país se desarrollen económicamente. Las ciudades que atraen talentos (artistas, intelectuales, científicos) no solo lo hacen porque tengan grandes infraestructuras o numerosas empresas, sino porque son lugares en los que se puede vivir una vida de experiencias reales y donde conviven estilos de vida diversos. Son ciudades abiertas y tolerantes que combinan tecnología (empresas hi-tech), talento (buenas universidades) y tolerancia (aceptación de la diversidad).

Quien es capaz de vivir su creatividad es también capaz de generar nuevas respuestas frente a los requerimientos de la vida práctica. Esta nueva ‘clase creativa’ redefine su tiempo, sus períodos de ocio y trabajo se entremezclan y se crea una nueva relación trabajador-empresa y por lo tanto, en la productividad. Nueva Orleans cuenta con todas estas características: el sector turístico asociado al ocio, la recreación y el turismo gastronómico y cultural es el que mayor capital mueve. Además, es una ciudad con una variada herencia cultural que reúne a grupos con factores de cohesión social que ya no se ven en las grandes ciudades estadounidenses. Latinos, afroamericanos, descendientes de italianos, irlandeses y franceses son algunos de los conglomerados que pueblan la ciudad. Todos tienen rasgos comunes: la forma en que disfrutan de su tiempo libre, sus nexos familiares, son más descomplicados y hasta ruidosos. Se genera eso que Emilio Durkheim definiera como solidaridad orgánica. Para reconstruir la ciudad fue necesaria una sinergia en la que todos dependen de todos.

Después del huracán, el Mardi Gras de 2006 estuvo en duda. En la ciudad había personas que no estaban de acuerdo con celebrar tan poco tiempo después de la tragedia. Pero el Mardi Gras ocurrió, y en agosto, el trompetista Wynton Marsalis promovía una ‘celebración cultural’ por el primer aniversario de Katrina. En una entrevista para la revista Where, le preguntaron por qué celebrar algo que causó tanta destrucción y angustia, y él contestó que “en Nueva Orleans, lamentarse es una forma de celebración. […] En nuestros funerales nos lamentamos, luego celebramos. Muchas veces cuando eres despojado de todo, tienes la oportunidad de ver quién eres en realidad. Y en los momentos más dolorosos, es cuando debes celebrar, porque te afirmas a ti mismo y te levantas aún más fuerte”6.

Nueva Orleans debe seguir celebrando.

Fragmento de 'Bellongins Immortelle' de Krista Jurisich

Fragmento de ‘Bellongins Immortelle’ de Krista Jurisich (2005). CAC Nueva Orleans.

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 205 de la revista CartóNPiedra

Notas

1. Dixieland es un tipo de jazz temprano típico del sur de EE.UU. Una teoría sobre su etimología dice que el término proviene de la palabra francesa dix (diez) impresa en los billetes de diez dólares. Luisiana, el estado al que pertenece la ciudad se convirtió en la tierra (land) de dix.

2. Kerouac, Jack (1989). En el camino. Barcelona: Anagrama, p. 26.

3. Fernández, Cristina (2010, 29 de agosto). Las cicatrices de Nueva Orleans. El Confidencial (Crónicas del Imperio). Recuperado de http://blogs.elconfidencial.com/mundo/cronicas-del-imperio/2010-08-29/las-cicatrices-de-nueva-orleans_437911/.

4. García Casado, Cristina (2015, 28 de agosto). Una Nueva Orleans más hispana tras el Katrina. El Día.es. Recuperado de http://eldia.es/agencias/8272388-KATRINA-ANIVERSARIO-Cronica-Nueva-Orleans-hispana-Katrina.

5. Florida, Richard (2002, mayo). The Rise of the Creative Class. Why cities without gays and rock bands are losing the economic development race. Washington Monthly. Recuperado de http://www.washingtonmonthly.com/features/2001/0205.florida.html.

6. Marsalis, Wynton en Douglas Brantley (2015, 21 de septiembre). New Orleans, Hurricane Katrina and the Rise of Voluntourism. Recuperado de http://www.wheretraveler.com/.

Weltschmerz, el espejismo de la literatura infantil ecuatoriana

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 188 de la revista CartóNPiedra

Por Andrea Torres Armas, correctora de textos y poeta.

Jimmy Liao (2008). 'Esconderse en un lugar del mundo'.

Jimmy Liao (2008). ‘Esconderse en un lugar del mundo’.

Supongamos que hay un espacio en blanco, un cuarto vacío, entra en él un ser X con unos requerimientos determinados que se hacen visibles según su antojadiza voluntad. Aparecen entonces una mesa con un tablero inclinado, una lámpara, reglas, escuadras, lápices, quizá una computadora, no, mejor, una supercomputadora y una silla muy cómoda. X quisiera algo de decoración en las paredes, pero se decanta por el blanco —¿vacío?—, eso le da la posibilidad de poner lo que él/ella/eso quiera donde se le antoje, después.

¿Se imaginó usted en algún momento que la mesa podía ocupar un lugar en una de las paredes laterales de manera que quede en posición perpendicular, o que la lámpara sirve para volver oscuro el entorno, no iluminarlo? ¿Qué pasaría si en la habitación no existe un piso, o donde se supone que debe estar el cielorraso hay una bóveda, si las escuadras, esas herramientas de usos limitados, sirvieran con propósitos distintos a los que usted conoce?

Ahora imagine que entra en una casa llena de cuartos, todos idénticos, vacíos y listos para adecuarse a los requerimientos de quien los ocupa. Suponga también que lo que sucede en uno de estos no pasa en el otro; agreguemos otra variable: X es arquitecto, un dios, por decir algo; lo que sea que X quiera se hace, según sus normas y antojos.

Hagamos otro ejercicio: regrese en el tiempo y piense en el primer libro que leyó en su infancia, mejor aún, piense en el último libro que leyó que lo haya hecho sentir como si fuera una niño, ese que le dio la posibilidad de pensar que las vacas eran verdes sin que importe la negación impetuosa de cualquier profesora que dice que no, que las vacas son blancas, y el colorido, un disparate; piense en lo fácil que se le hizo pensar en un universo donde todo era posible, uno en el que los esquemas de lo que pasa “porque así es el mundo”, se trastocan.

X, para los fines que nos atañen, es un escritor. Y usted, lector, un demiurgo, un cómplice.

La música, el Nautilus y los Multiversos

It begins, as most things begin, with a song.

In the beginning, after all, were the words, and they came with a tune. That was how the world was made, how the void was divided, how the land and the stars and the dreams and the little gods and the animals, how all of them came into the word.

They were sung(1).

 (Gaiman, 2005, p. 1-2)

En este principio no fue el verbo el nudo primigenio, sino el sonido lo que permitió la creación y la existencia. “Hacíamos música antes de conocer el fuego”, dice una canción, pero en este particular universo que nos propone Neil Gaiman fuimos hechos de la música, por la música. Esta novela será la primera puerta que escojamos de los cuartos de la casa vacía. En este cuarto, en el que música y creación son lo mismo, se aplican unas leyes de existencia distintas: una sola persona puede ser dos simultáneamente, caminan ente nosotros dioses americanos anteriores al canto; y la muerte, esa es también simultánea (aquí, en la paradoja de Schrödinger, el gato está vivo y muerto).

Igual que la idea de cuarto/habitación está contenida en la idea casa, así mismo los mundos literarios están inmersos en el concepto de universo literario, que no es otra cosa que un sistema de ideas, conceptos y representaciones sobre la materia circundante, abarca el conjunto de todas las concepciones sobre la realidad en torno a concepciones filosóficas, políticas, sociales, éticas, estéticas, y las leyes naturales que la rigen(2). Ahora, piense que así como tenemos una casa llena de cuartos, que es nuestro universo, existe una casa adosada (idéntica a la primera) de la que muchas veces no tenemos noción. A esta teoría, según la que existen varios universos simultáneos, los científicos la han denominado de los Multiversos. Según esta, cada uno de los mundos constituye un sistema de realidad diferente. La literatura fantástica, la ciencia ficción, el cómic y la literatura infantil son, probablemente, los géneros literarios que más han explorado esta teoría; de igual manera, son también quizá los que se han constituido así mismos como multiversos.

Cuando era niña estaba convencida de que necesitaba tener la biblioteca del capitán Nemo, y que el Nautilus entero podía caber en mi habitación, que eso sucediera en la vida real no me parecía improbable —aunque claro, ni la palabra ni la noción ‘improbale’ existían—. Si el submarino, para cuando Verne lo describió no se había inventado —según me dijo entonces mi papá—, la dilatación del espacio físico para que el gigantesco Nautilus cupiera en mi cuartito estaba también por inventarse. Un libro me había enseñado que la realidad estaba por suceder (ser en acto y ser en potencia, para ponernos tomistas o aristotélicos).

Para un asiduo lector de literatura infantil, literatura fantástica y de ciencia ficción, los libros para niños suelen ser una gran posibilidad de acceso a mundos diversos, pero, sobre todo, la plataforma para ser X, el creador, y por supuesto, su propia versión de Shiva, el dios destructor de lo creado —eso incluye los propios esquemas mentales—.

Salvo las recientes publicaciones de Ciudad diamantina: El tatuador de Andrés Paredes (ganador del Premio Darío Guevara Mayorga 2014) y Para guardarlo en secreto, de Carlos Arcos Cabrera —ambos dirigidos más hacia un público juvenil que infantil— es posible que la literatura ecuatoriana de los últimos años no haya apoyado a los niños en ser creadores y espectadores de universos probables.

Es cierto que actualmente la literatura infantil ecuatoriana atraviesa un gran momento, un denominado boom, y que hay iniciativas que promueven la lectura desde temprana edad. Ciertamente, mientras antes adquiera una persona el hábito lector, mayores probabilidades hay de que esta se convierta en un adulto lector. De igual manera, es acertado decir que mientras más variadas sean las lecturas y mayor cantidad de temas abarquen, más amplios se vuelven los criterios con los que ese lector se desenvuelve y mayores serán los parámetros de comparación que tenga para escoger nuevas lecturas.

Continuamente se ha caído en el error de pensar que presentar temas a un público infantil de manera fácil y comprensible es volver simplón a un tema, se usa para ello un lenguaje edulcorado, que lejos de ser una oportunidad se constituye como una zona de confort que es difícil abandonar.

Si bien hay autores ecuatorianos ya consagrados cuya calidad creadora es indiscutible, también vemos que hay un continuo aparecimiento de literatura infantil que hace que nos cuestionemos si su éxito de ventas se debe a su gran contenido o a un muy buen marketing.

¿Cuál es el papel de la literatura dirigida al público infantil? ¿Cómo un libro que subestima a sus lectores puede ayudar a facilitar los procesos cognitivos? ¿Qué función social cumple la literatura infantil, cuando no aporta y solo ‘entretiene’?

Weltschmerz, la magia y la creación

Giorgio Agamben, en Profanaciones(3), nos recuerda que Walter Benjamin dijo una vez que la primera experiencia que el niño tiene del mundo no es que “los adultos son más fuertes, sino su incapacidad de hacer magia” (Agamben, 2005: p. 21).

¿Ha sentido alguna vez cierta desazón porque las expectativas que tiene sobre el mundo son distintas a la realidad? Recuerde que quizá, en su infancia, tuvo ganas de volar como alguno de sus superhéroes favoritos y no logró pasar del tercer escalón sin que la implacable gravedad lo sorprendiera, o que ha querido siempre entender lo que las aves dicen, como si le hablaran, cuando solo escucha trinos.

Es probable, dice Agamben, que “la invencible tristeza en la cual se sumergen cada tanto los niños provenga precisamente de esa conciencia de no ser capaces de hacer magia” (2005, p. 21). Digamos, entonces, que por fines prácticos llamaremos a esta tristeza, weltschmerz —que sería la desilusión que experimentan los niños cuando encuentran que el mundo que quisieran, el universo que construyen, no se adapta a la realidad en la que viven—. Pero ¿qué pasa cuando parte de lo que podría ayudar a los niños a crear los universos que desean —lo que leen, en este caso— les presenta algo que es incluso menor que sus propias expectativas, cuando lo que leen no crea ni universos ni sentidos ni posibilidades, sino que los adapta, adoctrina, limita? O peor aún, ¿qué pasa si lo que los libros ofrecen son pastiches de todo lo fantástico-mágico-colorido-surreal-disparatado-tierno porque eso es para niños?

Sin buena literatura, ha muerto la magia.

Matty Rodgers (2009). 'Kidzilla'.

Matty Rodgers (2009). ‘Kidzilla’.

Notas:

1.- Gaiman, Neil (2005). Anansy Boys. Nueva York: Harper Collins.

“Comienza, como comienzan la mayoría de las cosas: con una canción./ En el principio, después de todo, fueron las palabras, y vinieron con una melodía. Así fue como se hizo el mundo, cómo se dividió el vacío, cómo la tierra y las estrellas y los sueños y los pequeños dioses y los animales, cómo todos ellos vinieron al mundo./ Fueron cantados. Traducción propia.

2.- Rosental, M. y Iudin, P. (1965). Diccionario soviético de filosofía, en Rodríguez, Nelson. Universo literario: mundos y aldeas literarias, retos y desafíos en el siglo XXI.

3.- Agamben, Giorgio (2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

4.- ‘Weltschmerz’ es, precisamente, un término acuñado por el autor alemán Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter, 1763-1825) para expresar la sensación que una persona experimenta al entender que el mundo físico real nunca podrá equipararse al mundo deseado como uno lo imagina.

Sōseki y Tanizaki: un Japón entre la luz, las sombras y el color

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 181 de la revista CartóNPiedra

Por Andrea Torres Armas, correctora de textos y poeta.

“Cuando sostengo en el hueco de mi mano un cuenco de sopa, nada me resulta más agradable que la sensación de pesadez líquida, de vívida tibieza que experimenta mi palma […] Y sobre todo porque, en cuanto levantas la tapa el líquido encerrado en cerámica te revela inmediatamente su cuerpo y su color. En cambio, desde que destapas un cuenco de laca […] experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color a penas se distingue”.

Tanizaki (2006: p. 37-38).

“No hay ni un solo plato occidental cuyos colores merezcan la pena. Si acaso, los de la ensalada y el rábano rojo. Ignoro su valor nutricional, pero vista con los ojos de un artista, la occidental no es una cocina muy avanzada. La belleza de un plato japonés en cambio, se aprecia en las sopas y en el sashimi, incluso en los entremeces”.

Sōseki (2004: p. 870).

Cuando uno lee estos fragmentos de las obras de Sōseki y Tanizaki podría tener la impresión de que están haciendo ensayos sobre gastronomía japonesa —y no estaría tan errado—; sin embargo, no se trata de la comida en sí misma sino de la experiencia estética que yace en la contemplación de su servicio, en la disposición de los elementos y la luz que se refleja (o en la que falta) en los recipientes que la contienen. La experiencia gastronómica japonesa relatada por ambos autores implica la delectación de todos los sentidos.

Natsume Sōseki(1) y Junichirō Tanizaki(2)  son seguramente dos de los novelistas japoneses más importantes de la Modernidad. Su obra literaria nos permite hacer un acercamiento a la cultura del Japón de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, con guiños desde el contacto que ambos mantuvieron con la cultura occidental; pero ¿qué sucede cuando encontramos que esa noción de Modernidad de la que hablamos está construida casi en su totalidad desde ese mismo Occidente al que los autores se contraponen?

¿Cuáles son, entonces, los parámetros con que contamos para aproximarnos a un mundo que se halla a medio camino entre lo desconocido y lo exótico, lo anacrónico y hasta cursi?

Leonard Koren, en su obra Wabi-Sabi for Artists, Designers, Poets and Philosophers(3)nos dice que la estética japonesa es un conjunto de ideales antiguos que abarcan wabi (belleza austera y transitoria), sabi(la belleza de la pátina natural y el envejecimiento) y yūgen (dependiendo del contexto hace alusión a un estilo de poesía, a la “sutil profundidad” de las cosas que pueden ser referidas en esos poemas); o, en el teatro , la “elegancia refinada” en la actuación, “un profundo y misterioso sentido de la belleza del universo y la triste belleza del sufrimiento humano” (Ortolani, 1995: p. 325)(4). Estos ideales, y otros, se apuntalan mucho de las normas culturales y estéticas japonesas en lo que se considera de buen gusto o bello. Así, mientras que en Occidente el concepto de la estética es visto como una filosofía, en Japón es visto como una parte integral de la vida diaria.

Al borde entre la novela poética y el ensayo estético se sitúa Almohada de hierba (2014)(5), quizá una de las menos conocidas obras de Sōseki, pero que nos abre una posibilidad de aproximación a este mundo mediante las reflexiones que sobre la filosofía, el arte, la belleza y la vida hace el autor a través del protagonista: un pintor treintañero de la era Meiji(6) que se vuelca a la introspección durante su estancia en un aislado balneario, donde se da a la tarea de justificar la realidad por su sentido estético, asegurando que vivir es menos importante que pensar, crear o contemplar.

Por su parte, Tanizaki, en su El elogio de la sombra(7), presenta un juego de contrastes entre luz y oscuridad, matices de claroscuros,  que creó en Occidente la noción de oscuro/deslucido en contraposición a Oriente,  donde lo luminoso/brillante impide apreciar bajo la semipenumbra lo delicado de un cuenco de sopa o la gracia detrás de un shōji(8) levemente iluminado por el reflejo de un candil.

La belleza y la contemplación

Varias anécdotas dan cuenta del choque cultural que hubo de atravesar Sōseki durante la época que residió en Reino Unido y las burlas de las que fue objeto cuando, por ejemplo, invitó a alguno de sus conocidos a admirar la caída de la nieve, a contemplar la luna, o el malentendido que ocurrió cuando, paseando por una mansión en Escocia, mencionó la sutileza del musgo creciente y el propietario del sitio, en lugar de aceptar el comentario como un halago, lo tomó como una crítica al mantenimiento del jardín.

En Almohada de hierba, fiel a la tradición japonesa, es posible hallar el concepto fūryū (noción con la que se designa una elegante y armónica apreciación de la naturaleza, expresada a través del refinamiento de las artes como caligrafía, poesía y pintura), así como profusas referencias al mundo occidental (es interesante la reflexión sobre los trenes, no como lugares en los que viajamos sino en los que somos deliberadamente transportados).

La cultura no es algo que pueda ser importado, dice Yoshida Kenjirö (2001: p. 242)(9), sino que es un conjunto armónico que nace por sí mismo gracias a los esfuerzos de todos en busca de alguna ganancia, y que el contacto entre culturas heterogéneas no es el simple choque de fuerzas materiales, sino entre los espíritus que forman esas culturas.

Poniendo aparte la realidad de la alienación cultural que actualmente experimentamos, el mérito de Sōseki radica no en el regreso al Japón antiguo o en el culto hacia un nuevo Occidente, sino en hallar un punto de encuentro entre ambas visiones, a veces antagónicas.

Dado que el arte y la cultura son en realidad la transformación de contenido en forma —dice Kenjirö—, encontramos difícil crear belleza y arte cuando contenido y forma están fragmentados. Al mismo tiempo debemos recordar —continúa— que el arte siente la tensión en su esfuerzo de juntar contenido y forma y que eso cobra vida como existencia.

En la obra de Sōseki y Tanizaki, la belleza, su forma de manifestarse, se expresa mediante la luz o, en realidad, la luz velada, la penumbra, y su influencia en los detalles de la vida cotidiana (la mencionada sopa servida en un cuenco oscuro; la diferencia entre un espacio iluminado con una lámpara eléctrica o un candil). Cosas que en el mundo occidental pasan desapercibidas a causa de los destellos (pensemos en los flashes de las cámaras que pueden arruinar una hermosa foto, en las luces de neón, en la limpieza y brillantez sinónimos de nuevo, que, paradójicamente, no permiten que veamos la belleza que han adquirido las cosas con el paso del tiempo). “Siempre hemos preferido los reflejos profundos, algo velados, al brillo superficial y gélido…”, dice Tanizaki (2006: p. 30).

Oscuridad y luz, la realidad simultánea

En Historia de la Belleza(10), Umberto Eco nos habla sobre la importancia de la luz en el mundo de Occidente: “Uno de los orígenes de la estética de la claritas deriva sin duda del hecho de que en numerosas civilizaciones se identificaba a Dios con la luz: el Baal semítico, el Ra egipcio, el Aura Mazda iranio son todos ellos personificaciones del sol o de la benéfica acción de la luz…” (Eco, 2004: p. 102)

En Occidente, la más poderosa aliada de la belleza siempre fue la luz; por el contrario, en la estética tradicional japonesa, lo bello está en captar el enigma de la sombra.

Nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes […] Nuestro pensamiento, en definitiva, procede análogamente: creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo entre sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra (Tanizaki, 2006: p. 69).

Tanizaki se muestra más conservador de la tradición en su obra que, como su nombre indica, es un elogio a la sombra que resalta la belleza y hasta llega a renegar por momentos del derroche de luz que experimenta el Japón tras la guerra con Rusia, aunque no de los beneficios que en sí mismo encierra el avance de la Modernidad.

Sōseki, por otro lado, no desprecia lo que Occidente ha traído consigo, lo elude, porque, de cierta manera, parece ser incomprensible.

Y parece que una frase sintetizara lo mejor de ambos mundos y su belleza: “A los 25 supe que luz y oscuridad caminan juntas de la mano, y que en los lugares bañados por la luz del sol se proyectan las sombras” (2014: p. 243).

Notas:

1.- Natsume Sōseki es el pseudónimo bajo el cual escribía Natsume Kin’nosuke (Tokio 1867-1916). Fue profesor de literatura inglesa, escritor de haikus y de poesía china.

2.- Junichirō Tanizaki (Tokio 1886- Kanagawa 1965). Considerado la piedra angular de la novela contemporánea japonesa. Contrario al naturalismo, su obra se concentra en la evocación de ambientes y estados de ánimo. En 1964 fue elegido miembro honorario por la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, fue el primer escritor japonés en recibir ese honor.

3.- Koren, Leonard (1994). Wabi-Sabi for Artists, Designers, Poets and Philosophers. Stone Bridge Press

4.- Ortolani, Benito (1995). The Japanese Theatre. Princeton:  Princeton University Press.

5.- Sōseki, Natsume (2014). Almohada de hierba. Valencia: Chidori Books (e-book).

6.- Como es bien sabido, en la época de la restauración Meiji (1866-1869) la mirada de Japón se tornó hacia Europa y EE. UU. —a los que veía como países avanzados—luchaba por entender la cultura occidental. La cultura japonesa, hasta entonces ensimismada, tenía una propia noción de elegancia y refinamiento por lo que el choque con Occidente y el cambio de referentes estéticos removió sus más sensibles fibras.

7.- Tanizaki, Junichirō (2006). El elogio de la sombra. Madrid: Siruela.

8.- Tabique móvil de armazón de madera y papel antiguamente utilizado en las casas tradicionales japonesas como cerramiento. Permite pasar la luz, pero no la vista.

9.- Yoshida, Kenjirö (2001). ‘Thought and Times of Fukada Yasukazu’. En M. Farra (Ed.) A History of Modern Japanese Aesthetics. Hawái: University of Hawai’i Press.

10.- Eco, Umberto (2004). Historia de la belleza. Milán: Lumen.

A Luján (una novela peregrina) | Reseña

Sobre A Luján (una novela peregrina),  de Ariel Magnus (Interzona, 2014).

—¿Usted cree en lo que está diciendo?

—No, pero tampoco es mi tarea, yo me limito a exponer.


Querido lector: ¿Sabe usted que hay libros que muestran el camino? Mejor aún, ¿sabe usted que hay libros que son caminos? En esta novela usted puede ser un peregrino más —«ingenuamente el peregrino piensa que antes se acabará el camino que su energía y sus ganas de caminarlo»—.

A Luján (una novela peregrina), de Ariel Magnus (Interzona, 2013), está dividida en cinco trayectos: de Liniers a Morón, de Morón a Merlo, de Merlo a La Reja, de La Reja a General Rodríguez y desde allí, finalmente, a Luján. Cada trayecto consta de largos párrafos sin punto y aparte (en realidad, sin ningún tipo de punto), que se suceden como los pensamientos y cavilaciones que se tienen mientras uno, pie tras pie, sigue adelante: caminar y peregrinar no son lo mismo; las oraciones se interrumpen con fragmentos de diálogos cortos oídos al pasar durante la peregrinación:

—¿Se puede ser de dos Iglesias a la vez?, pregunta uno de los fieles.

—Tanto como de dos equipos de fútbol, pero uno de la A y otro de la B, sentencia el confesor.

Novela coral llena de humor y de comentarios políticamente incorrectos, en ella el narrador habla sin filtros y arrastra al lector junto a la multitud de caminantes por los casi setenta kilómetros que separan el tradicional barrio porteño con la basílica en la que en octubre de 2012, el arzobispo de Buenos Aires, un tal Jorge Bergoglio, dio su última homilía antes de ser nombrado papa «…sale Benedicto entra Francisco, a ver si con este jesuita tribunero y de buena llegada el Deportivo Eclesiástico logra revertir el resultado contra el Combinado Evangelista».

El narrador es una voz que va enlazando un tema con otro, a veces, incluso, temas que parecen no tener nada que ver entre sí. Mezcla cosas que les pasan a los peregrinos con hechos que ocurrieron alguna vez en esta o aquella esquina por la que pasan, con noticias del momento, reflexiones religiosas (y no tanto) y consejos para caminar mejor. La voz va de una cuadra a otra, de un personaje a otro y de un tema a otro como si lo que se escuchara fuese la narración de un partido de fútbol en postas y línea recta:

son las trece horas y dos minutos la temperatura es de veinticuatro grados y tres décimas la humedad es del sesenta y cuatro por ciento el cielo está despejado vientos moderados del sector sudoeste lo que se dice un día ideal para peregrinar.

—Y para escuchar Radio Camino, la radio del peregrino.

—Mueva su cuerpo pero no su día.

Magnus llega a conclusiones teológicas insólitas que funden, dentro de un humor inteligente, lo popular con lo culto, lo controvertido con la moral en turno, lo mordaz y lo sutil. Explora lo mismo el pavimento que lo intrínseco del ser humano (en una multiplicidad de seres); se cuestiona con la misma intensidad si es pecado bañarse desnudo que si el hueso sacro debería cambiar de nombre para ser menos herético.

Una de las particularidades de este libro es que el protagonista no es un héroe o antihéroe tradicional, sino la misma multitud. La voz narradora hace un movimiento de zapping que va de personaje en personaje, de una conciencia a otra, hasta que ese rumor toma cuerpo en el texto —mediante un uso singular de la ortografía, por ejemplo— y en la imaginación del lector.

Cirilo Sánchez camina a Luján con zapatillas robadas y Juan Manuel Baigorria camina con las nuevas zapatillas que se compró luego de que Cirilo le robara las suyas, en cambio Eustaquio Comodoro Álvez marcha descalzo y Herminio Piccio marcha doblemente calzado, en los pies lleva unas 43 y el cinto una 38.

David Voloj le preguntó a Magnus para Ciudad Equis:

A Luján está atravesada por un tipo de humor que roza con lo patético e inclusive se tiñe de cierta inocencia grotesca.

¿Cómo te vinculás con el universo de la risa?

El humor es el lugar hacia el que derrapo con naturalidad, la solución a todos los problemas (o el primero de todos ellos, sin solución a la vista). A veces trato de ser serio, pero dura poco. Quizá por eso elijo temas no humorísticos, como para lograr un equilibrio (y tal vez porque suelen estar menos explorados en ese tono). Creo en el humor sutil, en la fina ironía, pero también en la risotada, y por eso no me amilano ante el chiste tonto. Si es un error, es deliberado. Igual, siempre me prometo subsanarlo. Hasta que aparece el primer juego de palabras y chau, no puedo resistirme. Su propia novela podría aportar a la respuesta:

—¿Es pecado jugar con las palabras?

—Tanto como jugar con la comida.

—¿Y tanto como jugar con el pito?

—Más vale.

Ariel Magnus Buenos Aires (1975). Descendiente de inmigrantes alemanes, estudió becado por la fundación Friedrich Ebert Stiftung literatura española y filosofía en Alemania, país donde residió entre 1999 y 2005. Ha colaborado con las revistas SoHo, Gatopardo, el suplemento Radar de Página/12y actualmente con el suplemento El Ángel de La Reforma (México) y ocasionalmente con la revista cultural La mujer de mi vida y el diario Die Tageszeitung (Taz) de Alemania. Ha publicado las novelas Sandra (2005); La abuela (2006); Un chino en bicicleta (2007) —Premio de novela La otra orilla, traducido al alemán, italiano, rumano, croata y hebreo—; Muñecas (2008)—Premio de Novela Breve Juan de Castellanos—; Ganar es de perdedores (2010); Doble Crimen (2010) y El hombre sentado(2010). Trabaja como periodista cultural y traductor literario

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 168 de la revista CartóNPiedra

De epitafios y marionetas / Reseña de Toque de queda

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 152 de la revista CartóNPiedra

Sobre Toque de Queda (La Bestia Equilátera, 2014) de Jesse Ball
Por Andrea Torres Armas.

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“La tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción
en el cual vivimos es la regla. Debemos adherir a un concepto de
historia que se corresponda con este hecho”.
Walter Benjamin

Está bien, lo admito, hasta que descubrí los libros de Neil Gaiman me saltaba los prólogos —aunque eso es otra historia—. Si uno va a leer un libro no necesita saber qué piensa otro sobre él. Corremos siempre el riesgo de que los prólogos busquen emparentar escrituras, comparen autores, creen herederos innecesariamente, anuncien fábulas y paratextos… Sin embargo, cuando abrí Toque de Queda, el prólogo de Luis Chitarroni (Editor del Año de la Fundación El Libro) me atrapó —tengo una debilidad por los textos que inician con epígrafes de temas de Radiohead—, pero lo fundamental es que allí se plantea si luego de monstruos de la literatura vale la pena seguir escribiendo.

En la contratapa se nombra a Kafka, Murakami y Miyazaki. Como si cuando uno se enfrenta a un autor nuevo tiene que sí o sí meterlo en alguno de los cajones preexistentes, no importa si nos gustan o no.

La distopía: una niña muda, inteligente e intrépida. Un padre exviolinista que trabaja redactando epitafios de esos que uno quisiera tener en su lápida al morir. Una vida de pequeñas alegrías y grandes privaciones. Una madre desaparecida. Un gobierno totalitario, un asesino difuso que todo lo alcanza. Una pareja de ancianos titiriteros. Un disimulado teatro de marionetas en el que termina de cobrar forma la historia que el narrador no quiere contar.

“Uno recordaba que el mundo había sido distinto, y hasta hacía poco tiempo. ¿Pero en qué? Esta era la pregunta que carcomía a los que no podían evitar hacerse preguntas”.

Estos pocos elementos le bastan a Jesse Ball, narrador, poeta e ilustrador (Nueva York, 1978) para ofrecernos una novela profundamente conmovedora (la tercera a su haber, primera en ser traducida al español).
Esta es una obra engañosa, se lee con facilidad pero a ratos es hermética, casi como un voto de silencio que guarda todo el dolor y la extrañeza y la perplejidad que conlleva estar vivos.

Gracias a una serie de ardides tipográficos, diálogos y pausas, Ball logra presentarnos, muy a su manera —con una prosa sobria y exacta—, una especie de teatro aleatorio en cada página en el que bien podríamos ser los lectores sus marionetas y plantear con su obra, no si vale la pena seguir escribiendo, sino una nueva forma de leer, de experimentar la lectura.
Quid rides?, mutato nomine de te fabula narratur (Vos, ¿de qué te ríes, si cambiaras el nombre sería tu historia?) —dice una cita de Horacio.

Es cierto y Jesse Ball nos lo recuerda.

En este enlace de la editorial pueden leer el primer capítulo de la novela.