Sōseki y Tanizaki: un Japón entre la luz, las sombras y el color

Este artículo fue originalmente publicado en el N° 181 de la revista CartóNPiedra

Por Andrea Torres Armas, correctora de textos y poeta.

“Cuando sostengo en el hueco de mi mano un cuenco de sopa, nada me resulta más agradable que la sensación de pesadez líquida, de vívida tibieza que experimenta mi palma […] Y sobre todo porque, en cuanto levantas la tapa el líquido encerrado en cerámica te revela inmediatamente su cuerpo y su color. En cambio, desde que destapas un cuenco de laca […] experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color a penas se distingue”.

Tanizaki (2006: p. 37-38).

“No hay ni un solo plato occidental cuyos colores merezcan la pena. Si acaso, los de la ensalada y el rábano rojo. Ignoro su valor nutricional, pero vista con los ojos de un artista, la occidental no es una cocina muy avanzada. La belleza de un plato japonés en cambio, se aprecia en las sopas y en el sashimi, incluso en los entremeces”.

Sōseki (2004: p. 870).

Cuando uno lee estos fragmentos de las obras de Sōseki y Tanizaki podría tener la impresión de que están haciendo ensayos sobre gastronomía japonesa —y no estaría tan errado—; sin embargo, no se trata de la comida en sí misma sino de la experiencia estética que yace en la contemplación de su servicio, en la disposición de los elementos y la luz que se refleja (o en la que falta) en los recipientes que la contienen. La experiencia gastronómica japonesa relatada por ambos autores implica la delectación de todos los sentidos.

Natsume Sōseki(1) y Junichirō Tanizaki(2)  son seguramente dos de los novelistas japoneses más importantes de la Modernidad. Su obra literaria nos permite hacer un acercamiento a la cultura del Japón de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, con guiños desde el contacto que ambos mantuvieron con la cultura occidental; pero ¿qué sucede cuando encontramos que esa noción de Modernidad de la que hablamos está construida casi en su totalidad desde ese mismo Occidente al que los autores se contraponen?

¿Cuáles son, entonces, los parámetros con que contamos para aproximarnos a un mundo que se halla a medio camino entre lo desconocido y lo exótico, lo anacrónico y hasta cursi?

Leonard Koren, en su obra Wabi-Sabi for Artists, Designers, Poets and Philosophers(3)nos dice que la estética japonesa es un conjunto de ideales antiguos que abarcan wabi (belleza austera y transitoria), sabi(la belleza de la pátina natural y el envejecimiento) y yūgen (dependiendo del contexto hace alusión a un estilo de poesía, a la “sutil profundidad” de las cosas que pueden ser referidas en esos poemas); o, en el teatro , la “elegancia refinada” en la actuación, “un profundo y misterioso sentido de la belleza del universo y la triste belleza del sufrimiento humano” (Ortolani, 1995: p. 325)(4). Estos ideales, y otros, se apuntalan mucho de las normas culturales y estéticas japonesas en lo que se considera de buen gusto o bello. Así, mientras que en Occidente el concepto de la estética es visto como una filosofía, en Japón es visto como una parte integral de la vida diaria.

Al borde entre la novela poética y el ensayo estético se sitúa Almohada de hierba (2014)(5), quizá una de las menos conocidas obras de Sōseki, pero que nos abre una posibilidad de aproximación a este mundo mediante las reflexiones que sobre la filosofía, el arte, la belleza y la vida hace el autor a través del protagonista: un pintor treintañero de la era Meiji(6) que se vuelca a la introspección durante su estancia en un aislado balneario, donde se da a la tarea de justificar la realidad por su sentido estético, asegurando que vivir es menos importante que pensar, crear o contemplar.

Por su parte, Tanizaki, en su El elogio de la sombra(7), presenta un juego de contrastes entre luz y oscuridad, matices de claroscuros,  que creó en Occidente la noción de oscuro/deslucido en contraposición a Oriente,  donde lo luminoso/brillante impide apreciar bajo la semipenumbra lo delicado de un cuenco de sopa o la gracia detrás de un shōji(8) levemente iluminado por el reflejo de un candil.

La belleza y la contemplación

Varias anécdotas dan cuenta del choque cultural que hubo de atravesar Sōseki durante la época que residió en Reino Unido y las burlas de las que fue objeto cuando, por ejemplo, invitó a alguno de sus conocidos a admirar la caída de la nieve, a contemplar la luna, o el malentendido que ocurrió cuando, paseando por una mansión en Escocia, mencionó la sutileza del musgo creciente y el propietario del sitio, en lugar de aceptar el comentario como un halago, lo tomó como una crítica al mantenimiento del jardín.

En Almohada de hierba, fiel a la tradición japonesa, es posible hallar el concepto fūryū (noción con la que se designa una elegante y armónica apreciación de la naturaleza, expresada a través del refinamiento de las artes como caligrafía, poesía y pintura), así como profusas referencias al mundo occidental (es interesante la reflexión sobre los trenes, no como lugares en los que viajamos sino en los que somos deliberadamente transportados).

La cultura no es algo que pueda ser importado, dice Yoshida Kenjirö (2001: p. 242)(9), sino que es un conjunto armónico que nace por sí mismo gracias a los esfuerzos de todos en busca de alguna ganancia, y que el contacto entre culturas heterogéneas no es el simple choque de fuerzas materiales, sino entre los espíritus que forman esas culturas.

Poniendo aparte la realidad de la alienación cultural que actualmente experimentamos, el mérito de Sōseki radica no en el regreso al Japón antiguo o en el culto hacia un nuevo Occidente, sino en hallar un punto de encuentro entre ambas visiones, a veces antagónicas.

Dado que el arte y la cultura son en realidad la transformación de contenido en forma —dice Kenjirö—, encontramos difícil crear belleza y arte cuando contenido y forma están fragmentados. Al mismo tiempo debemos recordar —continúa— que el arte siente la tensión en su esfuerzo de juntar contenido y forma y que eso cobra vida como existencia.

En la obra de Sōseki y Tanizaki, la belleza, su forma de manifestarse, se expresa mediante la luz o, en realidad, la luz velada, la penumbra, y su influencia en los detalles de la vida cotidiana (la mencionada sopa servida en un cuenco oscuro; la diferencia entre un espacio iluminado con una lámpara eléctrica o un candil). Cosas que en el mundo occidental pasan desapercibidas a causa de los destellos (pensemos en los flashes de las cámaras que pueden arruinar una hermosa foto, en las luces de neón, en la limpieza y brillantez sinónimos de nuevo, que, paradójicamente, no permiten que veamos la belleza que han adquirido las cosas con el paso del tiempo). “Siempre hemos preferido los reflejos profundos, algo velados, al brillo superficial y gélido…”, dice Tanizaki (2006: p. 30).

Oscuridad y luz, la realidad simultánea

En Historia de la Belleza(10), Umberto Eco nos habla sobre la importancia de la luz en el mundo de Occidente: “Uno de los orígenes de la estética de la claritas deriva sin duda del hecho de que en numerosas civilizaciones se identificaba a Dios con la luz: el Baal semítico, el Ra egipcio, el Aura Mazda iranio son todos ellos personificaciones del sol o de la benéfica acción de la luz…” (Eco, 2004: p. 102)

En Occidente, la más poderosa aliada de la belleza siempre fue la luz; por el contrario, en la estética tradicional japonesa, lo bello está en captar el enigma de la sombra.

Nosotros los orientales creamos belleza haciendo nacer sombras en lugares que en sí mismos son insignificantes […] Nuestro pensamiento, en definitiva, procede análogamente: creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo entre sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra (Tanizaki, 2006: p. 69).

Tanizaki se muestra más conservador de la tradición en su obra que, como su nombre indica, es un elogio a la sombra que resalta la belleza y hasta llega a renegar por momentos del derroche de luz que experimenta el Japón tras la guerra con Rusia, aunque no de los beneficios que en sí mismo encierra el avance de la Modernidad.

Sōseki, por otro lado, no desprecia lo que Occidente ha traído consigo, lo elude, porque, de cierta manera, parece ser incomprensible.

Y parece que una frase sintetizara lo mejor de ambos mundos y su belleza: “A los 25 supe que luz y oscuridad caminan juntas de la mano, y que en los lugares bañados por la luz del sol se proyectan las sombras” (2014: p. 243).

Notas:

1.- Natsume Sōseki es el pseudónimo bajo el cual escribía Natsume Kin’nosuke (Tokio 1867-1916). Fue profesor de literatura inglesa, escritor de haikus y de poesía china.

2.- Junichirō Tanizaki (Tokio 1886- Kanagawa 1965). Considerado la piedra angular de la novela contemporánea japonesa. Contrario al naturalismo, su obra se concentra en la evocación de ambientes y estados de ánimo. En 1964 fue elegido miembro honorario por la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, fue el primer escritor japonés en recibir ese honor.

3.- Koren, Leonard (1994). Wabi-Sabi for Artists, Designers, Poets and Philosophers. Stone Bridge Press

4.- Ortolani, Benito (1995). The Japanese Theatre. Princeton:  Princeton University Press.

5.- Sōseki, Natsume (2014). Almohada de hierba. Valencia: Chidori Books (e-book).

6.- Como es bien sabido, en la época de la restauración Meiji (1866-1869) la mirada de Japón se tornó hacia Europa y EE. UU. —a los que veía como países avanzados—luchaba por entender la cultura occidental. La cultura japonesa, hasta entonces ensimismada, tenía una propia noción de elegancia y refinamiento por lo que el choque con Occidente y el cambio de referentes estéticos removió sus más sensibles fibras.

7.- Tanizaki, Junichirō (2006). El elogio de la sombra. Madrid: Siruela.

8.- Tabique móvil de armazón de madera y papel antiguamente utilizado en las casas tradicionales japonesas como cerramiento. Permite pasar la luz, pero no la vista.

9.- Yoshida, Kenjirö (2001). ‘Thought and Times of Fukada Yasukazu’. En M. Farra (Ed.) A History of Modern Japanese Aesthetics. Hawái: University of Hawai’i Press.

10.- Eco, Umberto (2004). Historia de la belleza. Milán: Lumen.

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