las fauces de Cronos

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Me impresionó siempre el mito de Cronos comiéndose a sus hijos. El tiempo es implacable, lo devora todo, nada perdona -decía mi profesor-. Poco después leí a Cortázar y supe que despiadadamente y sin advertirlo uno se converte en esclavo y obsequio para el reloj de pulsera. Yo soy temporalmente relajada, es decir que hace unos seis años no uso reloj, no me hace falta ni me apetece.

Hace pocos días reseñando un libro, sentí una afección increíble por la palabra crónica y por el género como tal; es como si en él acechara Cronos, ese dios implacable que no perdona nada y se esfuerza por engullir inmisericordemente lo que está a su paso. Luego, en un intento falliudo por retener al tiempo, viene la palabra, el verbo, el universo se salva, se plasma y se rehace; es como si se obligara a la historia a auto-engendrarse en la boca de su verdugo para confirmar que ha pasado, que por un instante ha sido. No importa que todo termine en un ocaso divino-estomacal, lo que importa es que la palabra lo perpetúa, en tal caso podría decir que la palabra somete al tiempo, mientras haya libros las fauces de Cronos no se abrirán.

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